Loboc, Filipinas 08

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Día 12 y 13 – Loboc

Llevo unos cuantos días atascada en escribir algo de Bohol, valió la pena en verdad, pero no sé por qué, no me sale…

Escapando de Siquijor me quise refugiar en el interior de la selva, pero por algún motivo esta isla no me daría alojamiento cómodo y constante para el descanso que necesito. La primera noche en el Stefanie Grace, a la mañana siguiente coger maleta, empaquetar de nuevo y moverme; a donde voy solo me dan cama para dos noches, después empaquetar de nuevo esa mochila con ropa sucia y mal doblada de quien hace y deshace la maleta demasiadas veces, demasiado deprisa.

Así que por eso supongo que si Bohol no me quiere allí, yo respondo no sabiendo que decir de el.

Pero a pesar de las prisas, sí tuve mi pequeño momento de magia. Todo empezó una mañana en un trayecto de 10 pesos en un bote viejo de madera, un bote que cruza el gran río que separa el pueblo de Loboc, que separa mi hostel del sendero que me lleva al pueblo por el camino más corto.

El camino trancurre entre palmeras, cocoteros, arrozales y humildes cabañas de nipa, entre tendales y perros guardianes, ríos y caudales. Está muy poco transitado en una mañana de mucho viento. Escucho crujir los troncos y mecer las hojas. Apuro el paso mientras ese sonido me embriaga y me hace mirar hacia arriba, por si cae algun coco.

Cuando llego a la primera zona habitada, me empiezan a ofrecer las omnipresentes motos y triciclos. Aquí la gente nos ve a los extranjeros como gente con mucho dinero. Sí tendremos más que ellos, pero no por eso queremos gastar y gastar y gastar. Y muchos de nosotros (como yo) no tenemos tanto. Cada vez que les digo “no” un leve signo de indignación aparece en su cara, por no querer darle trabajo esta españolita pudiente. Ahora bien, en cuanto ven que efectivamente no vas en taxi porque igual es caro para ti y te metes en transportes públicos, en el mismo que ellos, que prescindes de barreras de privacidad y exclusividad; te fusionas al momento con ellos y esa mirada de indignación se convierte en una de apoyo, y te ayudan… hasta el final.

Así pasó con Joseph, él estaba en su casa y yo al pasar por delante negué su servicio de triciclo. Quince minutos después él se dirigía al centro mientras yo seguía caminando

– Sube, el viaje es gratis – me dice con una sonrisa

Agradecida subo y me deja no en el pueblo, sino en el propio jeepney que tenía que coger.

Agarro mi bolso

– No, mam, es gratis.

– Si Joseph, lo sé. Pero quiero que me des tu teléfono, si necesito triciclo estos días, te llamaré.

Mi primera parada del día es en el santuario de los Tarsiers, ese mono diminuto que solo existe en Filipinas y que es tan sensible que muere si está en cautividad, y que cualquier sobresalto puede hacer que se suiciden.
Al acabar vuelvo a necesitar un autobús. En la parada un grupo insistente ofreciéndome alquiler de moto. De nuevo se indignan con mi negación, no les entiendo, pero sé que en un primer momento se burlan de mí, se creen que estoy perdida. Pero no, sé donde estoy y sé que no quiero pagar por un viaje en moto 10 veces el precio de un jeepney que sé que pasará por ahí.

Así que de que ven que estoy allí, 40 minutos al sol con ellos, mientras juegan a las cartas y paran a comer, es suficiente para que me miren de otra forma y me ofrezcan su sombra, su comida, su agua y acaben haciendo guardia por mí para vigilar de parar el autobús mientras me relajo y escribo.

La última parada del día era en las Chocolate Hills, uno de los puntos más representativos de Bohol que atrae a manadas y manadas de turistas en autobuses.
Todo el mundo me lo decía: la cantidad de gente que hay hará que la experiencia no sea especial. Aun así debieras ir, porque es increíble.

Tenía tiempo, quería intentar conectar con las Chocolate Hills pero al llegar sé que será difícil. Manadas de turistas peleándose por un pedazo de barandilla donde sacarse la mejor foto… pero yo venía preparada.

Decidí venir en autobús para poder quedarme aquí, sin mirar el reloj, incluso hasta que hiciese de noche. Montaré una oficina improvisada en el punto menos bonito (y menos concurrido) de este mirador esperando paciente a tener un cara a cara íntimo con esas montañas.

Ser es un horizonte increíble. A día de hoy no tiene auténtica confirmación científica lo que deja paso a mitos y leyendas. Quizás me quede con la historia de que son las lágrimas de un gigante triste.

Aunque poco me importa cómo se formasen, ahora estan ahí para mi, coronadas con un manto de hierba que el viento al moverlas hace que cobren vida. Parecen sacadas de un cuento, parecen el hogar de un millón de hadas

Lo disfruto y aguardo paciente al atarceder, confiando que temiendo a la noche, los autobueses y la gente fuese desapareciendo. Consigo, no sé cómo, abstraerme de la gente que pasa por delante, y me centro, mientras leo y escribo en lo que es constante frente a mí
cuando alguien me toca en el hombro. Es Niki, con toda su aura, aparece trayendo con ella todo el recuerdo del embrujo de Siquijor. Aquí compartiremos cuarto de nuevo, sin haberlo planeado, como si el destino me quisiese decir que debo aprender la lección de la que quise escapar.

Compartimos ese momento hasta que ella, y el resto de gente, sucumben a mi plan y abanadonan ese lugar, temiéndole a la noche.

Resistiré, hasta que me saquen de allí o hasta que sea hora de mi ultimo autobús de vuelta.

Quedamos poca gente y me impaciento el imaginar lo tan mágico que sería ese sitio en el atardecer, en una luz que no tardará en llegar.

Pero supongo que tendré que volver para saberlo, porque un manto de nubes cubriría ese lugar encantado y aunque frío, gris e incluso algo triste me da el mejor de los regalos, uno que ni yo misma hubiese imaginado: la lluvia. No la temo. Me protejo y resisto, me agacho bajo un saliente y cuando para de llover, siempre para aquí, compruebo que lo conseguí. A poco de hacerse de noche y tras la lluvia, tengo un tiempo de soledad, una cita íntima con ese lugar, con ese mágico campo de montañas redondas.

Un momento donde imagino estar en un cuento… pero un cuento que no me quiere allí, un cuento donde la mochila de nuevo tiene que abrirse y cerrarse en otro lugar, fuera de ese mundo de hadas, mundo de hadas que supongo no es para mí

SARA HORTA. Port Barton 23-02-2017

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