El Nido, Filipinas 13

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Día 25, 26 y 27 – El Nido

Cuando pienso en esta última parada del viaje siento una extraña felicidad.

Fue fácil. Me lo pasé bien. Estuve con gente buena en un sitio precioso. Ya había conquistado Filipinas hacía tiempo y era una más, en su comida y con su gente. Sentía que los conocía, los conocía de verdad. Me hice al país, a su cultura y a mi soledad; encontré a gente buena y a gente no tan buena, a tóxicos y a hechiceros, a hadas y mesías. Y todos y cada uno de ellos me enseñaron a ser un poco más libre.

Y como buen alma y aunque no de forma consciente, sí fui suficientemente intuitiva como para respetar la lección, el destino se reservó un truco final y tuve durante unos días una familia aquí: Laura, Cris, Xabat y Víctor. Cada uno de una ciudad aterrizamos en Filipinas en diferentes puntos con diferentes trayectos. Nos conocimos en Port Barton, lugar que abandonamos juntos y por algún motivo convergimos en El Nido.

Aquí fui feliz desde el primer atardecer, al llegar, cuando creía que este lugar no me aportaría nada nuevo, y vi en esa puesta de sol en Cabanas que estaba equivocada. El Nido es hermoso y punto. Es posiblemente de lo más bonito que vi en este viaje, y por suerte (o por búsqueda) conseguimos explorar su punto fuerte en un tour privado unos siete amigos con un capitán dispuesto a escucharnos. Me entendí con él, y respetando nuestras súplicas de alterar el itinerario evitando masas de turistas, su intuición y su conocimiento (a pesar de ser tan joven) nos dio un increíble viaje recorriendo el archipiélago de Bacuit.

Perfecto. Incluso el tiempo… ese clima que me respetó tanto en Filipinas, lo hizo también aquí. Un sol radiante, haciendo más hermoso lo sublime, haciendo más transparente esas aguas claras; y algo de viento en algunos puntos, que era entre molesto y bromista. Por su culpa nos reímos, y nos mojamos, pero sobre todo nos reímos

Fui feliz al no planear salir de fiesta y acabar cerrando locales; y al pretender salir y acabar ofreciendo clínex por los callejones. Fui feliz en locales con gente extraña, también yo; sentirme abierta, social y sin prejuicios, hablar con todos, por igual, durante mucho tiempo. Nadar entre medusas e ir en kakay de cinco. Abusar en desayunos y compartir cuarto. Encontrarme por azar y sin buscarlo a la única persona con la que tenía una conversación pendiente. Y también dejé pasar personas por delante, sin más.

Pero… ya me había divertido en Filipinas, había visto atardeceres bonitos, había estado en sitios hermosos, había conocido a gente en otros lugares… Entonces… ¿Por qué esta extraña felicidad?

En el tan melancólico último día en este lugar con esta familia, Xabat y yo exploramos el pueblo perdido y prohibido de Nacpan Beach mientras los demás descansaban en la playa. Caminamos sin propósito y suspirando hasta que unas niñas nos detienen. Están dentro de unas murallas (no muy altas) en el recreo del colegio y una de ellas se acerca para decirme: “You are beautiful!”, para al momento entregarme una flor.

Me paraliza. Ella sí es hermosa, no yo, pero quizás, a su manera quiso darme otro mensaje. Al regalarme esas flores, al bendecirme, interpreto que es una recompensa, que el universo quiere decirme realmente: “You are free!”

Libre, libre al fin de mi misma y de mis juicios, y estoy segura de que esa niña pudo verlo.

Por lo que ahora, con el tiempo y en la distancia concluyo y extrapolo a otros momentos de mi vida que la felicidad es directamente proporcional a la libertad… pero a la de verdad, la que asusta, la que no siempre estamos dispuestos a enfrentarnos.

Tras esa niña, muchas otras, revoloteaban por el jardín y se acercaban hasta construirme un ramillete, sin más pretensión que hacerme feliz con ese simple gesto. Una despedida en manos de unas niñas que ojalá algún día puedan sentirse así y alguien al verlas en ese estado pleno, les regale flores, flores que digan: “lo conseguiste! eres libre, por tanto eres feliz”.

Y aunque sé que es un estado imposible de mantener en el tiempo, esas flores se marchitaron y me sumí en mil y un estados de ánimo desde ese momento, pero ocurrió y fue real. Por ello me siento agradecida.

Toca disolver esta burbuja. Apuro a respirar todo lo fuerte que puedo, a retener toda la emoción posible y nos despedimos uno a uno los miembros de esta familia, ya que todos, con unas horas de diferencia llegamos y nos vamos a la vez, dejando para siempre el recuerdo de El Nido vinculado, los unos a los otros.

Entre vosotros me sentí respetada, valorada y arropada. No me conocíais y no me juzgasteis, me abristeis los brazos y me incluisteis. Trasnoché y hablaba poco, pero me sentía libre de no hacerlo. Me sentí libre de ir o no ir. De seguiros o no, pero ante la decisión de cada uno de nosotros, fuese la que fuese, estabais ahí, en cada momento.

Sin apenas abrir la boca sentí que me conocíais y yo a vosotros, me sentí tan querida con tan pocas explicaciones, me lo pasé tan bien en un sitio tan precioso, y a la vez ser… libre total y absolutamente de pensar o hacer… Que me hizo reflexionar para entender por primera vez lo que es el amor no dependiente, o lo que puede llegar a ser.

Conté en otros momentos que en el viaje me sentí creyente, poderosa, hermosa y al fin, gracias a vosotros, libre en Filipinas.

Como la belleza que hay en un animal, cuando salvaje, decide entrar en una casa y quedarse o irse, libre. Y con esa libertad, volver… Y aquí, gracias a vosotros, me sentí gato y me sentí salvaje, sentí que tenía una casa a la que podría volver, a cada instante si quisiese.

Sin preguntas – sin porqués.

Simplemente una puerta abierta.

Gracias. De corazón, porque no fueron solo risas, no para mí.

SARA HORTA. A Coruña 19-03-2017

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