Stone Town, Tanzania 07

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Día 08 y 09: Stone Town

Siempre que llega este punto me bloqueo. Me pasó en India. Los días que más cosas podría contar y aquí estoy saltándome capítulos. Estos textos, a la vez de contar lo que hacemos, cada coma y expresión, encierra para mí una sensación condensada a la que volver en un futuro si quiero recordarla.

Quizás otro día vuelva a alguna de las muchas conclusiones que voy sacando, a la gente que nos encontramos en el camino, a la noche de Tanzania que ya empiezo a conocer, a este clima imprevisible o a cómo llegamos al fin a Zanzíbar, isla paraíso que nos morimos por descubrir. Su centro, Stone Town es un entramado de calles imposibles, una trampa donde vendedores, taxistas y guía turísticos intentan que caigas, en esta única ciudad colonial de África del este que me tiene totalmente fascinada.

Principalmente musulmana, es una ciudad que no pretende serlo y se convierte en un gran pueblo con alma, en el que al ver burkas, gatos y puertas talladas hacen sentirte en un país, dentro de otro país. 

Aquí llegamos tras otra pista, un local que habla español llamado Marbella. Pretende apadrinarnos pero tras vernos con él acabamos previendo que acabaremos siendo, a sus ojos, unos turistas más. No lo somos Marbella, no tenemos el dinero de los demás turistas ni tenemos ganas de ver lo mismo que ellos.

– Oíste hablar del Dhow countries music academy? Nos dijeron que hay buena música en directo.

A nuestras preguntas esquivaba la respuesta, una respuesta que no conoce un local sobre un turismo alternativo que a nosotros nos llevó pocos días descubrir.

– Mejor vamos a este sitio que pone música Taarab

– Seguro, Marbella? Es martes, no será mejor ver la actuación en Old fort?

– Oh! No! Mejor aquí!

Y ahí acabamos dos europeos en un hotel caro, sintiéndonos guiris, tomando una cerveza y escuchando a un grupo impostado (algo desafinado) al que han pagado para atraer turistas. Me siento desubicada, y lo siento porque Marbella, nuestros ojos y oídos en Stone Town, claramente no habla nuestro mismo lenguaje.

Hoy quisimos hacer una excursión con él que pintaba muy bien. Fuimos a Prision island para ver tortugas gigantes (una de 192 años!) y luego teníamos pensado ir a un arenal que aparece con la marea baja en el medio del mar, el medio de la nada. Subimos al barco y el mar revuelto me hace cuestionar a mi guía, en quien no confío, con quien no hablo un mismo idioma.

– Marbella, esto es seguro?

Él, hábil, intenta despistarme con temas de conversación que a ninguno interesa; pero yo, hábil en detectar estos trucos, le insisto a unos 20 minutos de llegar al destino final, el arenal, mi paraíso. Le hago ver que sé que la marea está mal, que sé de lo que hablo porque me crié al lado del mar y con casi toda mi familia marinera; que sé que el tiempo en progresión está empeorando así que sea sincero y me diga si cree que podemos avanzar o mejor que demos vuelta. Reconoce que el tiempo está mal y hay una tormenta en Dar es Salaam que podría venir, por lo que es mejor volver a la ciudad.

Ahí estamos, mojados y con las expectativas destrozadas, volviendo a tierra tras una lucha por encontrar la cordura. Nos damos un respiro y tras un tour de guiris por Stone Town con Marbella decidimos por nuestra cuenta, regalarnos el resto de la tarde.

De repente nos vemos a nosotros dos, sin guía, sin padrino en un particular momento de magia: una terraza, un hotel, unas buenas vistas de la ciudad brindando mientras vemos un atardecer oculto tras unas nubes en un mar apacible; una aparente calma en este tiempo que semeja estar burlándose de nosotros.

Igual no hay que forzar tanto la máquina siempre, no exigirnos, ni marcarnos expectativas.  Hoy lo vi claro. El mejor momento de estos dos días fue en el que nos sentimos libres. Libres de perdernos, de hacer, de no hacer, de tenerle miedo al mar, libre de no confiar, libre de tener que mirarle a los ojos a un vendedor y ponerme seria, sin red, sin enlace. Libre de equivocarse y sobre todo, libre de biengastar o malgastar el tiempo a mi antojo, incluso haciendo la nada.

Y ahí, en ese ejercicio de egoísmo personal, nos sumamos en un brindis, sintiéndonos libres y conscientes. Le damos play a un documental que hicimos justo antes de venir que está ahora mismo en posproducción.

Vernos dos socios, pero sobre todo amigos, compartiendo la experiencia personal de viajar y a la vez ver con orgullo como una máquina creada juntos funciona gracias a una gran familia que hay detrás…

Hoy mis lágrimas cayeron en honor a Manuel María y Saleta Goi, escuchando sus voces por un solo auricular, mientras en mi otro oído vacío entraban sonidos de una conversación en swahili y de la llamada a la oración viendo un tiempo gris que encierra un calor tropical.

Una emoción que llegó sin avisar a esta mente saturada. 

Bienvenida emoción, si vienes para tocar tan hondo serás bienvenida siempre

* A tí, que leíste hasta aquí, GRACIAS por permitirme el no sintetizar esta vez, en este post que encierra para mí demasiadas sensaciones.

* Thanks Ceyda, for this magic moment

SARA HORTA. 11-5-16, Stone Town

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