Kendwa, Tanzania 10

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Día 14 y 15: Kendwa y traslado a Paje

Hoy debiera hablar de mi amor a Kendwa. Acabamos de irnos y ya la echo de menos. Día y medio fue suficiente para sentirnos como en casa, fue suficiente para encontrar una necesaria pausa en este viaje increíble. Nunca jamás me hubiese imaginado un final como este. Un final que me está costando reflexionar, sintetizar y plasmar en frases coherentes. Supongo que todo cogerá sentido al volver a España.

Hemos pasado de ser meros observadores en el corazón de Africa, a sentirnos extraños ante un montón de gente que vende droga en el paraíso hasta por fin encontrar nuestro lugar al fin en esta isla. De todas las playas de Zanzíbar, la gente es unánime, Kendwa es la mejor. Así lo sabe el mundo capitalista y llena su arena de resorts. Es una zona cara y nunca pensamos en poder estar aquí. Investigando y preguntando encontramos una opción que se ajusta a nuestro presupuesto pudiendo disfrutar de un lugar privilegiado. Me paso dos noches por primera vez en mi vida (que recuerde) en un resort con pulsera, tumbonas privadas, restaurante en la playa y una barrera invisible a beach-boys, que en esta zona no molestan, no venden droga.
Solo quería arena, agua, sol y paz.  
Lo obtuvimos, y conseguí además en un lugar a priori sin personalidad, expandirme, abrirme más a la gente. Acabo siendo integrada por los locales, conozco gente, conozco el otro lado de Kendwa, el real, el que no sale en las fotos.
Recorro sus calles por la noche, me mancho y me quemo las manos comiendo ugali con anchoas de pie sobre un barreño cinco personas, bebo coñac con soda de jenjibre mientras la gente ve una película en una tele comunitaria, acabo sobornando a un local, escucho historias a la luz de una hoguera que se enciende cada noche en la playa para reunir a quien quiera participar, me balanceo sobre hamacas, paseo bajo las estrellas y callejeo confiada los barrios nunca transitados por turistas más allá de las inmensas murallas que custodian los resorts, alejándolos de una realidad que intenta mantenerse al margen de grandes construcciones, una realidad que lucha por no ser fagocitada. 
Al abandonar el sitio nos despedimos de mucha gente. La sensación de dejar un hogar, un hogar que no nos representa pero que para ambos, para cada uno con su propio significado, tanto necesitábamos.
Más que echar de menos Kendwa, echaré de menos lo que hice y quien fui. Playa en la que me sentí muy libre, muy cerca de quien realmente me siento que soy, con mis estrenados 30 años. Echaré de menos Kendwa, durante demasiado tiempo, pero siempre al sentir esa sensación de apego mejor moverse, sobre todo si el lugar te llama tanto como Paje me llamaba a mí.
Todo un día para llegar hasta aquí, duros viajes en dalla-dalla y taxis, luchas y regateos pero tan auténtico como siempre. Me intento camuflar en mi medio asiento entre miradas de mujeres que repudian a esta occidental que a pesar de vestir pantalón largo y fular sobre los hombros con un calor insoportable en un autobús que duplica su capacidad real, sigue siendo demasiado indecente. Me abstraigo y solo pienso en el próximo destino, sabiendo que no va a poder superar lo ya vivido.
Me sorprende al llegar. Remanso de vida local, salvaje y ventoso donde los que aprenden a hacer kitesurf se mezclan con rastafaris, musulmanes y recogedores de alga y almejas en una armonía difícil de replicar en otra parte del planeta. Me siento bien, siento que hicimos bien en movernos de ese gran hogar durante dos noches. Siento que Paje es donde debo dejar salir esta melancolía por fin de ruta, y donde exprimir las últimas experiencias con mi gran compañero en este viaje.
Lugar donde ese viento salvaje te sacuda y limpie las ideas para volver, sanada y despejada a esa realidad que me espera a pocos días de aquí.
Lugar donde reprimir las ganas de llorar.

 SARA HORTA. Paje, 19-05-16

 

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