Antananarivo, Madagascar 08

Parte día 10 y día 11: Antananarivo

Al llegar a Antananarivo todo cambia. Todo.

Aterrizo en la capital por una escala de 24 horas y a pesar de que en el vuelo me abrieron la maleta robándome cosas relativamente importantes, no le dedico ni medio minuto, porque no tengo tiempo de enfurecerme. Cierro la mochila ultrajada, la cargo a mi espalda y negocio un taxi.

En ese viaje hacia el hostel se produce el cambio. Noto que queda atrás el cansancio y la excusa del idioma, el shock por lo extraño y también… el miedo. Como si todo se hubiese quedado en Morondava o como si en esa última comida, Djaolyn hubiese roto el maleficio que me mantenía inerte ante la belleza de este país.

¡JODER ESTOY EN MADAGASCAR!

Es absurdo, lo sé, pero pareciese que hasta ahora viajase en piloto automático (el de la supervivencia) y aunque todo trascendía en mí, no lo estaba digiriendo. Siempre me pasa, al puntual décimo día conecto, y empiezo a sentir un lugar. Cuando lo entiendo, cuando ya empiezo a mimetizarme en él. Pena que me queden 5 días nada más…

Y una vez en ese estado, todo parece increíble: el taxista es además cantante de ópera y detallista, por la ventana solo veo belleza cuando días atrás me generaba otras emociones, en el hostel puedo al fin hablar inglés y estar cómoda. Por lo que apenas secarme al salir de la ducha bajo corriendo las escaleras para disfrutar de esta paz con una merecida THB y una cena.

Y hace… fresco. No me reconozco al decirlo, pero lo echaba de menos.

Me siento ya en Madagascar y aquí, en su capital, se produce un punto de inflexión importante, aunque este país seguirá sorprendiéndome dudo mucho que vuelva a dejarme K.O.

Vencí.

Y la sensación es tan embriagadora que a pesar del dinero, el cansancio, las marcas de dureza en mi piel, sé que quiero repetir de esta droga. Pronto.  Y eso que aún estoy… aquí. Una yonki, una adicta a la adrenalina de superar todos tus miedos y demostrarte una vez más que puedes, aunque seas de carne y hueso.

Y claro que puedes. Cada día.

Pero si por algo recordaré Tana es por tropezar con la inmensidad de su mercado a la mañana siguiente, y a los pocos minutos, me localiza y se pega a mí, Lila, una niña de unos nosecuantos pocos años.

Me conozco a esta clase de buscavidas. Ella no es más que una Tom Sawyer creyéndose más lista que cualquier blanco. Y ahora, con distancia y reposo, quisiera escribirle todo lo que me guardé de decirle por no hablar un mismo idioma:

“Somos extranjeros Lila, no estúpidos.

Sé de tus artimañas, sé que tus bromas y carantoñas son prefabricadas, sistemáticas y carentes de toda emoción y sentido. Aún así, a pesar de querer evitarte y alejarte de mi camino te mantuviste a mi lado. Supiste leer lo que me incomodaba y alejabas a otros niños, a otros Tom Sawyers que, a pesar de no entenderte, seguro les decías frases tipo “alejaos, esta vahaz es mía”.

Hasta que finalmente empecé a confiar en ti. Sabía que no ibas a robarme y vi que sí intentabas guiar a esta blanca cabezota por las mejores zonas del mercado. Me protegías de vendedores y ya decías tú por mí que no.

Y empecé a querer agarrar tu mano, después de habértela rechazado tantas veces.

No iba a darte dinero y creo que tú ya lo viste en mis ojos, pero aún así confiabas en sacar algo más de mí. Y en eso sí podía conceder. Empiezo comprando un puñado de lychees para aprender de ti el cómo comerlos. Te los di, pidiéndote permiso cada vez que quería uno, haciéndote entender que eran tuyos. Atesoraste ese racimo con obediencia y responsabilidad, como guardiana de algo importante que no es suyo. Pero sí, eran tuyos. Y cuando lo entendiste me arañaste el corazón al verte regalar la fruta a otras personas que te tendían una mano.

– Lila, dame lychees – estoy segura que te decían

– Te doy dos, pero uno es para ti y el otro apara ella –  creo que decías señalando con pulso firme al bebé que llevaba en brazos.

Y me fascinó la forma de relacionarte con los que son como tú.

Después compré una ensalada de fruta por pura curiosidad de probar el mango en vinagre, y te entregué la bandeja con prácticamente todo su contenido.

En cuanto se acercaron 3 niños pequeños, me miraste, y entendiste que te autorizaba a repartir entre nosotros cinco el contenido de ese recipiente de plástico.

Me estrangulaste el alma con tu generosidad y cariño.

Es cierto que posiblemente no sea puro altruismo, un buen amigo al comentar con él esta historia, me hacía ver que posiblemente fuese un acuerdo no escrito donde impera el “hoy por ti, mañana por mí”.

Pero me daba igual.

Me fascinaba nombrarte la tesorera de mi no fortuna, administradora de mis limosnas, para transformarte a mis ojos de una Tom Saywer a una Robin Hood en madurez.

Y al despedirme, cedí. Contribuí en algo en lo que no creo y te di un billete de 2.000 Ariarys (cuando las limosnas rondan los 100, 200 o 500 MGA).

2.000 MGA. Y tú, creyendo que no ibas a conseguir nada de mí, me demostraste en esa sonrisa y al enseñarme toda esa humedad en tus ojos, que había sido extremadamente generosa… por haberte dado al cambio 50 céntimos.

Acto seguido te hice esta foto, te di algo mío y te abracé. No quisiste soltarme.

Y ahí, en ese abrazo, te quise.

Y no sabes pequeña Lila, lo difícil que es conseguir que yo empiece a querer a un nuevo ser humano.”

Escrito en Santiago de Compostela el 29-11-18 

Sobre experiencia en Antananarivo el 20-11-18

Sara Horta

Sara Horta

De pequeña soñaba con ser astrónoma y ahora el cine es mi medio de vida. Me encanta el agua y estoy segura que en otra vida viví en un país tropical. Soy ese tipo de persona que habla con los perros y dice “¡mira la luna!”.
Soy una adicta a viajar sola y a la búsqueda de veranos interminables.

sarahortacrugeiras@gmail.com

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