Bekopaka, Madagascar 05

Día 05 y 06: Bekopaka

Se acabó el hablar con frases entrecortadas y emociones contenidas. 

Pasaron muchas cosas desde el día que escribo y sobre el cuál escribo. Pero aunque no sé cuánto de interesante será lo que salga en las próximas líneas, sí quiero retratar, para mi cronología y recuerdo, las mayores emociones posibles.

Que ahora parece que sobran, pero en algún momento seguro que faltan.

Dormí en el suelo y desperté con sonidos de lémures y pájaros; me abrí los nudillos y fui meticulosa en el cuidado de cada herida, de cada corte. Soñé con invasiones y sudé litros sin esperar un baño al acabar el día. Nadé en el agua terrosa del río Tsiribihina y me duché en cascadas (completando así un check de mi bucket list) y empecé a retratar esta vida con cada parada en un poblado…

Atrás quedan todas esas experiencias mientras nos subimos en un jeep dirección Bekopaka.

Bekopaka es la puerta de entrada al Tsingy de Bemaraha que tantos quebraderos de cabeza trae porque condiciona toda tu ruta e hipoteca varios de tus días. Además, nunca hice una via ferrata, dudo de la seguridad (tan relativizada en algunos países) y también… tengo vértigo.

Pero en fotos parecía un escenario tan sobrecogedor y salido de un imaginario tan surrealista que no me perdonaría el pasarlo de largo, estando tan cerca.

Así que, estando en el límite de el poder o no poder ir por culpa de las lluvias, finalmente, espera por mi y como máximo respeto al destino, lo afronto. Al día siguiente estoy con arneses y linternas preparada para entrar en el Tsingy de Benamaha, Patrimonio de la Humanidad.

Recorremos sus 4 km practicables entre lémures, serpientes, insectos, iguanas y árboles que crecen entre pináculos de caliza a 153 metros del nivel del mar.

Fueron 5 horas de ruta. Había leído sobre ella e iba preparada sobre seguridad y vestimenta, pero no sobre la dureza del sol. Es superior a mí. Me salen pecas a pesar de ser esclava del protector solar, y a la vez los ojos se aclaran, acercándome más a quién tanto quiero y que tanto echo de menos.

De entre todos los del grupo, voy con quienes me apadrinaron en esta aventura: las gemelas y Wally, que en un estado de forma envidiable para su edad, reniegan hacer el camino alternativo. Ellas me cuidaron durante todo el descenso así que por nada del mundo no estaría a su lado en este trayecto, por lo que pudiesen necesitar de mí. 

Ahí, en esa tranquila pero segura concentración, seguí cada uno de sus pasos.

Y cuando me di cuenta, todo había terminado. 

Tras dormir dos noches en Bekopaka en un falso lujo con decenas de grillos alrededor (dentro de la habitación) y ducharme sin apartar la mirada a una araña del tamaño de mi mano extendida que me desafiaba, intentando reclamar su cuarto; siento que lo superé todo. Crucé el puente. Sobreviví al calor y al vértigo. Y cuando es la hora de partir, me sentí orgullosa por haber decidido elegir hipotecar mis días.

Y como premio por confiar, en el trayecto de vuelta (en esas 12 horas maltratando cervicales en un 4×4) consigo al fin desbloquearme. 

Dejo de ser de hojalata.

Algo aletargado por el shock, algo empieza a palpitar y me emociono al pasar con el jeep entre los tantos poblados. Pasamos rápidos, abusones, pitando para que la gente se aparte de sus caminos, porque los vahazs tienen prisa… No entiendo cómo no nos odian. Arrasamos sus rutas con nuestros vehículos modernos, no paramos en sus pueblos (como hacíamos en canoa), ni siquiera les dejamos beneficio. Todo lo que se construye es para nosotros y al margen de ellos: buenos hoteles amurallados con piscinas, mientras al otro lado con suerte tendrán una toma de agua corriente para el poblado.

Aún así, cuando por cualquier motivo paramos (principalmente para coger alguno de los “ferrys” que cruzan los coches por los ríos Tsiribihina o Manambolo, nos reciben con sonrisas y bienvenidas.

Pero mis lágrimas llegan, cuando al pasar veloces al lado de unas niñas en una cuneta, éstas nos tiran hojas a través de las ventanas. Sonríen contentas por lo que aunque en mi ventanilla no acertaron, sé por seguro que no era más que un juego.

Hasta que escucho, proveniente de la parte trasera del coche, la voz del fondo quebrado de Bernis:

Come on…

Miro hacia atrás y veo cómo ladea la cabeza. Las gemelas Thelma y Theresa está atónitas y me enseñan boquiabiertas lo que guardaban esas hojas: brazaletes trenzados con hojas de palmera. Un regalo mientras pasamos de largo.

Y sentí toda la espesura en mi estómago, toda esa efervescencia en mi garganta, y sabiendo cómo termina siempre eso, hice una foto rápida para tener el recuerdo (y la prueba de que no fue un sueño) y me pongo las gafas de sol, por primera vez en este viaje.

A pesar de necesitarlas, prefiero mirar directamente, sin tener una barrera entre lo de fuera y mi alma, haciendo sentir bienvenido a quien quiera entrar a conocerla. Pero ahora las necesitaba, porque no quiero que nadie me conozca en ese estado, cuando mis murallas se derrumban y todo se convierte en polvareda… y lágrimas. Lágrimas, que atragantadas desde hace cinco días, se precipitan mientras me refugio tras esas gafas.

Me lo merezco y me felicito porque por fin se desbloquean mis sentidos y todo fluye… la energía, el espíritu o la consciencia en forma de eses cristales salados.

Que me salvan la vida.

Escrito en Antananarivo el 19-11-18

Sobre experiencia en Bekopaka el 14 y 15-11-18

Sara Horta

Sara Horta

De pequeña soñaba con ser astrónoma y ahora el cine es mi medio de vida. Me encanta el agua y estoy segura que en otra vida viví en un país tropical. Soy ese tipo de persona que habla con los perros y dice “¡mira la luna!”.
Soy una adicta a viajar sola y a la búsqueda de veranos interminables.

sarahortacrugeiras@gmail.com

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