Llegada a Antananarivo, Madagascar 01

Día 01: de Antananarivo a Antsirabe

Madagascar es justo lo que venía buscando… el choque, lo diferente, lo auténtico… Pero llegué tan cansada y desubicada… que ni me había parado a pensar que sería tan duro.

Fue un exceso.

Después de 27 horas de viaje la llegada a un nuevo país siempre es difícil. Más si es una capital. Más si es otro continente. Y más si ese continente es África.

Todo es tan estimulante que te bloquea. Aquí la gente es dura y demasiado insistente, si no tienes las ideas claras es fácil dejarse amedrentar. 

Así que en vez de reponer fuerzas, llego a la capital y cambio de ciudad. En transporte local. En África.

Un casi suicidio.

Me daba el pálpito que no debía quedarme en la capital. Tras la primera ronda de votaciones a las elecciones presidenciales, temía que el resultado alterara los ánimos de la tranquila Antananarivo. Además sabía que tenía que llegar a Antsirabe.

Y el casi suicidio…

Funcionó.

Al llegar al aeropuerto empiezan a romperse la espalda (y a mí la paciencia) para intentar hacer negocios con lo que sea. Su sistema consiste en evitar que te escuches a ti misma y que aceptes de pura insistencia. 

Pero vengo preparada: NO NO NO NO NO.

Aún así reconozco que es complicado no dejarse llevar. A veces es más fácil decir que sí que decir que no, como en otros aspectos de la vida. Así de triste.

Pero a pesar de mi poca energía intento no decaer y me hago dueña y señora de mis propias decisiones. No soy elegida. Yo aquí soy la que elijo. SIEMPRE.

Visado, cajero, tarjeta sim, taxi… 

– Dirección Fasan’ny Karana. Lo antes posible, por favor.

La estación de taxi-brousse (el transporte local) sé que posiblemente sea una de las peores pruebas que voy a afrontar aquí. Sé lo que me espera. Pago al taxista en ruta, porque no puedo explicar lo tan intimidante que es una cartera abierta en un lugar como al que me estoy dirigiendo. 

Y efectivamente, al llegar apenas puedo abrir la puerta del taxi porque se agolpan vendiendo, pidiendo que los elija a ellos. Me quieren llevar la mochila, me quieren convencer y conducir…

Y aunque es una de esas situaciones en las que tienes que pensar y actuar rápido, empleo el tiempo que sea necesario en valorar todas mis opciones. Hay 7 taxis-brousses que van a mi destino, descarto los más antiguos. Después examino a los conductores y ayudantes, descarto de los que no me fío. Por último, examino a los pasajeros que van dentro y ahí lo tengo claro: elijo el que va lleno de señores, niñas y un bebé en brazos; si esa madre confía en este taxi-brousse, yo también.

4 horas de un trayecto durísimo, incómoda, lloviendo, de noche y sin beber gota de agua porque las paradas para ir al baño son en la cuneta. Si con suerte hay un árbol las mujeres pueden resguardarse, pero por nada quiero bajar, sé que mi piel de “vazah” (persona blanca, de las primeras palabras que se aprenden en África) sería lo más comentado del viaje. En malgache. Sin entenderles lo que hablan de mi.

Pero a pesar de lo incómodo, todo transcurre sin problema y entre gente amable. Me ayudan, se presentan, hablamos y me dejan (excepcionalmente) en la puerta del hostel.

Hostel que al verlo me entran ganas de llorar.

Pero a esto vine: a experimentar África en mi piel. Por mi misma.

Necesito resolver de una vez por todas este mal que hay en mi y dejarme llevar por su luz. La luz maravillosa de África que me tiene enamorada.

Desde Tanzania, África seguía en mi cabeza, en mi pulso, en mi retina. Vuelvo a por esta droga para que mis venas me dejen en paz, en un necesario paréntesis.

Necesitaba parar el mundo para tomar distancia y conciencia de tantos cambios y emociones que se suceden sin dejarme asimilar. Y aunque todavía estoy agitada por el sobreestímulo, sé que estoy en camino de abrirme en canal y vomitarme en lo que llevo dentro.

Vengo en esta huída a escuchar la única voz que importa, la mía, cuando vive en un mundo que va a demasiada velocidad. Escucharme cuando me despojo de todo lo que me rodea y me distrae. Mi voz, esa que habla cuando aparece quien de verdad llevo por dentro.

Me veré con ella, ya era hora, la echaba de menos.

Miandrivazo, 11-11-18

Sara Horta

Sara Horta

De pequeña soñaba con ser astrónoma y ahora el cine es mi medio de vida. Me encanta el agua y estoy segura que en otra vida viví en un país tropical. Soy ese tipo de persona que habla con los perros y dice “¡mira la luna!”.
Soy una adicta a viajar sola y a la búsqueda de veranos interminables.

sarahortacrugeiras@gmail.com

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