Diario de California – 2017

La Jolla

Primeros seis días en La Jolla

Llevo tres días atascada sin saber qué empezar a escribir.

Quería hablar de los seis primeros días, lo que hice y cómo afronté el rodaje. Lo que vi y lo que conseguí. Hablar de los compañeros que me hicieron el trabajo tan fácil, de cómo conseguí escaparme del rodaje y hacer de las mías, el cómo me emocioné con lo que estábamos haciendo. Pero me cuesta.

Estuvimos en La Jolla, al norte de San Diego, y poco tengo que contar de este sitio. Las calles demasiado ordenadas y los setos bien cortados. Parece una escena sacada del Show de Truman. Al pasear por sus calles ves periódicos enfundados en plástico que esperan en las puertas a ser recogidos, algo que no ocurre. Porque todo es perfecto e inerte. Y eso… me pone nerviosa.

Vinimos a rodar el campeonato del mundo de surf adaptado donde ciegos, paralíticos y amputados luchaban como titanes por el título de campeón del mundo contra el agua y contra sus propios cuerpos.
Sus historias, su valor y el que no hubiese en el aire ni rastro de rivalidad te encogía el alma. La batalla que están librando está muy por encima de un título temporal, ellos lo saben y por eso todos se alegran por todos, incluso cuando las victorias supongan sus propias derrotas.

Inspirador.

Los conocí y me dejé llevar por los sentimientos. Bebí de emoción en los ojos orgullosos de padres, parejas e hijos y lloré al oír sus himnos en el podio. Admiré a esos semidioses que me hicieron ver que concluí y también vencí.

Esos días me escapé a San Diego y llevé conmigo a un ruso tímido y frío, el sonidista que nos acompañó en el rodaje que nos teme por latinos, ir en el coche con cuatro españoles riendo y cantando simplemente le hacía sudar. Fui a un festival inesperado y difícil de encontrar. Descubrí pelícanos surfeando las olas y la posibilidad de tiburones. Visité Encinitas con los compañeros, descubrimos artistas locales y abusamos del Jose´s. Conocí a gente nueva y descifré a la que ya conocía. Escuché e hice caso. Oí recomendaciones y las seguí, los seguí.

A pesar de La Jolla ser un escenario poco original y sin carácter pude exprimirla y vivirla, ahora me doy cuenta.

Pero lo que sí me sale escribir es a partir del último día de rodaje, cuando sale quien de verdad soy. Me da la impresión de que es ahí cuando me doy a conocer a mis compañeros.

Dejo atrás la Sara que se preocupa, que duda, que tiene inseguridades y miedos. La Sara que titubea y la que se siente mal por no poder conducir. Aparece la Sara que se arriesga y se va. La que se aleja y experimenta. La Sara que vive y a la que no le importa que así sea.
La que no puede reprimir las ganas de bañarse en el Pacífico, la que mira a la gente con otros ojos, la que se abre y abraza. La que pide favores y acepta regalos.

La Sara que se deja llevar a ciegas por la noche para agazaparse en la arena, en una esquina en silencio e inmóvil y respirar a dos metros de cientos de focas.

La Sara que no tiene frío en este invierno en California

La que se demuestra a sí misma que podía hacer el trabajo y mantenerse fiel a su naturaleza. La que explora, sabe y puede, aunque tuviese todo en contra.

Por lo que lo mejor de la primera mitad de este viaje fue sin duda ver cómo caían uno a uno mis miedos y a partir de ahí empezar a caminar en libertad.

De nuevo esa Sara.

Otra vez.

SARA HORTA. Los Ángeles, 7-12-17


Hollywood

Día 07 – Hollywood

Sinceramente nunca había soñado venir a Hollywood. No estaba en mis planes. No sé si por falta de interés o si en realidad mi mente adulta y con falta de imaginación me empieza a jugar malas pasadas.

Llego a Hollywood con el equipo de rodaje con quien ya me siento tan cómoda, nos reímos de los mismos chistes y tenemos cosas en común. Uno de ellos, Jon, vive en Hollywood, trabaja en el cine y sé que no puede haber un anfitrión mejor para tomar contacto con esta parte de Los Angeles.

Jon nos llevó a su casa (su increíble casa) para acogernos y cuidarnos. A ella llegamos caminando por el paseo de la fama, el teatro Kodak (ahora Dolby Theatre) y el teatro Chino. Nos enseña con indiferencia todos los iconos, los enseña sin ganas como si fuese algo de lo que avergonzarse. Y en cierto modo los que viven el LA así lo sienten.

La gente tiene las expectativas altas sobre lo que es Hollywood, y al ver la realidad, lugar donde se respira un cierto aire de decadencia, aparecen las decepciones. Esas que siempre duelen.

Las estrellas del paseo no siguen un orden ni un patrón, ni siquiera están colocadas en la misma dirección. “Son un desastre, como todo LA”, bromea Jon. Salpican las aceras casi por casualidad, pero están y existen. Me parece la forma perfecta de enmarcar esa avenida, haciendo tan fuerte el símbolo de la capital de una industria que fabrica sueños, y de la que en ocasiones me enorgullece decir que formo parte.

Esas estrellas son pisadas a diario por turistas, buscavidas y travestis. “Aquí hay mucho colgado” apunta Jon a quien no parece no importarle demasiado. Sé a qué se refiere. Lejos están sus calles de destilar glamour. Al estar cerca te das cuenta de lo efímero y falso que es todo. Como la naturaleza del propio cine. No puedo pensar en un homenaje mejor que ese bulevar abarrotado de una falsa realidad y auténtica decadencia.

Y por ello, me encanta.

La esencia de Hollywood es lo invisible, lo que no tiene luces y que Jon me enseña a ver. Estudios de cine que se camuflan y salpican toda la ciudad, camiones de rodaje que ya reconozco por las calles, gente con walkie talkies,… ellos son el pulso que sigue haciendo funcionar todo. Y no los neones o baldosas.

Jon, como director de fotografía que es, sabe cuándo enseñarte cada cosa para que la luz que le corresponda sea lo más hermosa posible. Así ocurre al final de la ruta, en el observatorio astronómico (sí, tiene gracia el destino) a la altura del letrero de Hollywood. A los pies, la ciudad y en las montañas, coyotes. Cae la luz mientras me abrigo del frío. Me arropan los amigos y observo esas letras como símbolo de mi profesión, mientras a mi espalda la sombra de un sueño que nunca se irá.

En ese matrimonio de caminos inicio mi transición. Me desvinculo del equipo. Empiezo sola otra vez en un autobús por la noche. Me despido en silencio de Hollywood, porque aunque volveré a LA no sé si vendré por estas calles. Tengo miedo de convivir demasiado en ellas y que el sueño se convierta en pesadilla.

Así que con respeto y prudencia me despido de otra vida y otra realidad. Entre el ramen, las cenas con amigos y el calor de una casa, abandono mi mochila llena de ropa de rodaje y trajes de baño. Queda ahí, a buen recaudo en una casa en Hollywood mientras sigo un camino diferente.

SARA HORTA. Santiago de Compostela, 10-12-17


San Francisco

Día 08 – San Francisco

Este San Fransisco es así” – dice risueña una mujer latina que pasea a su perro cuando me pierdo en la zona más alta de la ciudad, y bromeo con las cuestas, esas que parecen querer romperme las piernas.

Esa frase tan sencilla encierra toda la verdad. San Francisco es así. Todo lo que crees conocer de él, todo lo que está en tu subconsciente, todo lo que te imaginas. Es así. Piensas en cuestas, casas victorianas, un puente rojo, la isla de Alcatraz, bahías con brumas y cables de tranvía por toda la ciudad. Es-así.

Y a pesar de ello… me sorprendió.

Lo di por hecho, creí que lo conocía, es más creía que no me gustaría. Pues bien, me arropó y acogió durante 24 horas en cuanto bajé del autobús al amanecer, después de apenas dormir nada. Pero esa luz… la luz de la ciudad que se despierta a la vez que yo lo hago, me enamoró. En un instante.

Tenía dudas si venir a San Francisco. En solo cinco días libres en California, cuatro de ellos por mi cuenta, no sabía hasta qué punto era una pérdida de tiempo desplazarme 600km al norte para volver a bajarlos al día siguiente, solo para conocer una ciudad. Una ciudad que nunca me llamó demasiado.

Me habían hablado de ella, me la habían recomendado, me habían insistido en que fuese a conocerla. Conocí gente de allí, gente que me puso planes y personas sobre el mapa y me abrió las puertas de sus casas.

Pero siendo sincera conmigo misma confieso que no fueron los cruces del destino lo que puso a San Francisco en mi ruta. Creo (ahora en la distancia lo sé) que fue el simple hambre de escapar y alejarme. Y el miedo, como siempre. En Los Ángeles quedaban los compañeros y necesité huir, no de ellos, pero sí de mí misma.

Desde mayo de este año cuando tuve que tomar una de las decisiones más difíciles de mi vida, no tuve ni un solo día para frenar. Siempre había algo que pensar o sobre lo que decidir. Siempre había alguien a quien atender o con quien disfrutar. Y mi subconsciente, siempre más sabio que mi propia conciencia, me presionó hasta que me compré un billete en un bus nocturno solo para poner kilómetros entre un yo que no sabe escucharse en el medio del ruido; a pesar de estar bien en Los Ángeles. A pesar de tener planes allí.

San Fransisco es así. Acogedor. Me arropó con esa belleza y con esa familiaridad que me hacía sentir que estaba en casa, tan lejos y tan sola, en esas 24 horas. Me mantuvo en paz y pude pensar. Me dejé embobar por sus calles y su luz.

Tenía la imagen de una ciudad de niebla y frío, pero San Francisco acudió a nuestra cita soleado y brillante, y vistió por la noche luces y árboles de navidad, como si quisiese darle sentido a todo.

Creo que fue ahí, cuando desperté y bajé del bus, cuando ya sentí todo esto.

Tras darme una ducha aún sin tener cama, y después del desayuno sin aún hacer el check-in estaba preparada para romperme las piernas. Las cuestas, las casas, el ver el Golden Gate a lo lejos por primera vez. El perderte y encontrarte a personas amables que pasean a perros. El hablar con esa conexión tuya de San Francisco y que te guíe. El descubrir rincones, sentarte y hablar por teléfono con tu hermana, durante mucho tiempo, con mucha nostalgia. El escribir, el ir de compras, el comer bien. El no tenerle miedo a la noche por primera vez

Esa noche en la que haces de nuevo la maleta, porque esa cita de un día fue suficiente.

Tengo que seguir, sé que también estaba huyendo o posponiendo el conocer LA por algún motivo, y toca enfrontarlo, sea lo que sea. San Francisco me dio lo que necesitaba: un oasis, una pausa, una perspectiva. Energía. Voz

Aprecié su luz, su gente, su arquitectura. Aprecié su energía y que me arropase con las mismas fuerzas que con las que me dejó marchar.

Agradecí que asistieses a nuestra cita vestido de dorado, y no de gris, cuando más te necesitaba.

SARA HORTA. Santiago de Compostela, 13-12-2017

Sin tener demasiado que ver, esta fue mi banda sonora en la ciudad – Daryl Hall & John Oates – Rich Girl


Tren Coast Starlight

Día 09 – Tren Coast Starlight de San Francisco a Los Ángeles

Estoy en la estación de Oakland después de madrugar demasiado esperando a un tren que llega con hora y media de retraso. Un tren en el que volver de San Francisco a Los Ángeles, tren del que no pude investigar lo que quisiera, pero intuía que si había la mínima posibilidad de que se hiciesen realidad esas imágenes que tenía en mi subconsciente de vagones acristalados con los asientos móviles recorriendo la costa californiana, tenía que intentarlo. Quería que fuese el tren al que estoy esperando.

No es una opción barata ni rápida, no encontré a nadie que hubiera ido en el y que me dijese si valdría o no la pena. No sé siquiera si ese vagón existe, o en el caso de haberlo, si sería abierto para cualquiera, para alguien que como yo no paga un primera clase en los billetes.

Pero decidí y confié. Y en cuanto aparece en el anden, en cuanto veo llegar al Amtrak Coast Starlight  acompañado de esa sonrisa veo entrar al más majestuoso de los trenes.

Al detenerse el tren bajan dos empleados. Ella revisa que tengamos los billetes para poder subir, y él, por orden de llegada, nos va asignando nuestros asientos aleatoriamente.

– El 23D – dice sin mirarme a los ojos.

No sé qué asiento es, pero le pregunto decidida:

– ¿Es en el piso de arriba? – (sí tiene dos pisos)

– Sí.

– ¿Y es en el sentido de la marcha?

– Sí.

– ¿Ventana?

– Sí

– ¿Y da al oeste?

– Mmm… no.

– Entonces, ¿podrías cambiármelo?

Levanta la vista de su libreta y me mira los ojos, que brillan, lo sé. Baja de nuevo la cabeza, tacha el 23D, levanta la mirada y me entrega un nuevo ticket, el 5A.

– ¡Gracias! – Sonrío, y emito luz, también lo sé.

Subo rápida y feliz a ese asiento que pedí por encargo. Asiento que si no encuentro el vagón de cristal, será mi hogar por 12 horas.

Dejo mi mochila, abandono mi sitio y me marcho, aún con el tren parado a buscar el vagón panorámico.

Y lo encuentro. Y ya no vuelvo más a mi asiento 5A.

Es un vagón que forma parte de la zona comunitaria del restaurante. Cualquiera puede sentarse ahí y por ello me sorprende lo poco concurrido que está. Supongo que la gente estará aburrida del trayecto, de ver siempre los mismos árboles y el mismo color ocre de las montañas. Aburridos de ver esa costa del pacífico, de explotaciones de petróleo, vacas lanudas, pueblos de interior, arrabales que se construyen al lado de las vías, marismas y ese sol que lo tiñe todo de dorado.

Pero yo, que me da la impresión de haber cogido el mejor asiento en ese vagón de ensueño, me acomodo y lo hago mío. Me fascina lo bien que me acogen los trenes a mi mente susceptible de mareo y me dejo llevar por la evolución de la costa californiana desde esa urbe cosmopolita y de edificios grisáceos a esas palmeras y brisas marinas; cómo cruzamos montañas, cómo veo la locomotora de nuestro tren, al fondo, cuando alguna curva me enseña cómo es el Coast Starlight en movimiento.

Ahí me sentí encapsulada y me dejé llevar. Se puso el sol y la luz crepuscular entró por todas las ventanas. Tiñó nuestra piel con colores increíbles y penetró por mis poros hasta lo más profundo de mi cuerpo. Me doy cuenta que es en ese justo momento cuando caigo rendida de amor por la costa oeste.

Ya en la noche nos acercamos a las montañas incendiadas mientras a la derecha intuimos un mar que rompe próximo a nosotros a la altura de Santa Bárbara. El retraso que llevaba el tren era debido al caos que había por los fuegos al norte de Los Ángeles. Hace años que no ocurría algo así. Pienso en quien lucha entre esas montañas.

Se que ahí, cruzando entre las llamas se acerca el momento que tanto temí: conocer LA por mí misma y cara a cara. Al desnudo, durante tiempo. Vernos los ojos. Pero en cuanto llego en la noche a la ciudad me arropa haciéndome sentir segura.

Llego al increíble hostel de Downtown, con un bar en la terraza del piso 14 con increíbles vistas y allí no me dejas sola ni un solo segundo, ni lo que dura un viaje en ascensor.

Siempre ocurre, hay un día del viaje en el que conecto, y en California fue allí, en el interior de ese tren de cristal, cuando el sol se estaba escondiendo.

Al bromear sobre ello me responden: “La Costa Oeste también se está enamorando de ti”

Y así lo siento. A dos días de marcharme.

SARA HORTA. 21-diciembre-2017. Santiago de Compostela


Los Ángeles

Día 10 y 11 – Los Ángeles

Me gustaba llamarte “la historia que nunca fue”, pero crucé el Atlántico para ponerte un punto y seguido a pesar de que me seduces y me impones a partes iguales. Pasé por encima tuya y asustada escapé, pero tras rodearte y evitarte, vuelvo a ti, Los Ángeles.

A ti me entrego.

La primera mañana me desperté tarde y desayuné sin prisa. Escribí en silencio en la terraza y dejé pasar la oportunidad de rescatar la maleta todavía en casa de Jon con toda mi ropa. Reconozco que no hice demasiados esfuerzos en quedar con nadie, ni con nuevas almas gemelas. Me siento egoísta y quiero otro día para ir a la playa en este verano de diciembre.

En cuanto llego a Santa Mónica me acuerdo de mi bikini, que duerme tranquilo en el apartamento de Hollywood con el mejor anfitrión del mundo. El calor aprieta y el océano me llama, como siempre; por lo que acabo comprando otro bikini horrible y caro que sé que no me volveré a poner nunca. Compré así la libertad de elegir bañarme o no. Elegí hacerlo y el secarme al sol y al viento me hace estar en paz. Paz que pagué con $33.

Ese primer día acabo reuniéndome en la noche con Jon y mi mochila. Llego con salitre aún en el pelo, sin mapas ni batería a pesar de no querer acercarme a Hollywood. Me gustó la primera vez, no quería acercarme demasiado y acabar descubriendo el truco. Sin embargo me seduce su luz, su color, su vida y su más magia. Hollywood está hecho para brillar más en la noche y agradezco el irme con el recuerdo de música y neones.

En mi último día, ese en el que siempre me aborda una incontrolable melancolía, siento esta vez unos sentimientos diferentes. Y muy fuertes.

Toca dejar de distraerme con trabajo, escapadas y excusas. Unas horas antes de volar vuelvo a ti, LA; y contigo tengo la mejor cita que tuve nunca. Tú y yo. Sin planes.

Al observarte siento como si ya hubiésemos coincidido y me reconcilio con todos mis miedos. Recuerdo emociones y ahogo la melancolía con la gratitud de haber venido, por haber podido vivir esto.

Por fin nos conocemos. Por fin te tengo aquí. Gracias por hacerme sentir cómoda, por recibirme y no arañarme; por esculpir una a una todas las posibilidades y por hacerme creer que todo es posible. Me ciegas con tu luz y no me asustan tus vagabundos. Siento que pertenezco aquí, y siento que merezco todos y cada uno de tus atardeceres

Porque dudo mucho que nadie sepa lo tanto que invoqué este viaje.

Descansé, concluí y aprendí. Me hiciste sentir a salvo y agradecimos juntos al destino este reencuentro.

Forzado. O no.

Predestinado.

Y aunque nos faltaron horas para conocernos bien, vuelvo con miles de rayos de sol, los suficientes para aguantar todo el invierno.

Te espero. Hasta julio.

SARA HORTA. Lisboa, 27-12-17

Sara Horta

Sara Horta

De pequeña soñaba con ser astrónoma y ahora el cine es mi medio de vida. Me encanta el agua y estoy segura que en otra vida viví en un país tropical. Soy ese tipo de persona que habla con los perros y dice “¡mira la luna!”.
Soy una adicta a viajar sola y a la búsqueda de veranos interminables.

sarahortacrugeiras@gmail.com

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