Diario de India – 2015

Mumbai

Día 01 – Mumbai

Mi primera toma de contacto fue dura, no lo voy a negar.

Me encuentro completamente desubicada en una ciudad con pulso caótico, asfixiada por una ropa larga y un calor insoportable.

Incienso, claxon, coches suicidas, indios ricos, indios pobres, pocas indias y casi ningún turista.

Bajo hacia Colaba por ser la zona más turística entre coches en dirección contraria y ningún respeto a los semáforos. Avanzo y avanzo sin detenerme entre ojos que se te clavan en la cara y en la espalda. Más ojos, ojos marrones intensos.

Llego al lugar en el que contaba parar y descansar, algo que resulta imposible. En el momento en que te detienes te abordan ofreciéndote servicios.

De nuevo en movimiento, callejeo por inercia hasta que decido ir al hostel a parar, respirar y asimilar.

En la terraza me siento al fin sola y ahí, escuchando mis propios pensamientos lo entiendo. Asimilo el primer objetivo que India preparaba para mi: IMPRIMIR MÁS CARÁCTER.

Sabiendo esto recalculo ruta, aprendo para evitar mapa y me dirijo al norte, por los alrededores de Victoria Terminus.

Me sorprendo a mi misma callejeando por zonas donde esa misma mañana seguramente hubiera evitado. Me siento más decidida y confiada, con un ‘No thanks, I’m not interested’ más autoritario que ahora funciona.

Con esa sensación vuelvo al hostel, con la metamorfosis iniciada por unas calles que ya reconozco y unos pasos de peatones que ya entiendo.

Mumbai es caótico y hasta el momento poco amable, pero para empezar ya he aprendido una lección para conmigo misma 😊


Elephanta Island

Día 02 – Elephanta Island

Algo está cambiando en mi.

Hoy volví a Colaba, al lugar donde me bloqueé ayer, decidida a superar esa fase.

Es una zona conquistada por turistas indios, de todas partes del país, matices de un pueblo muy grande reunidos con sus mejores galas para conocer Puerta de la India y Elephanta island.

Y yo con ellos.

Hoy sí me detengo, contemplo y recibo. Estoy centrada y gestiono bien los abordajes entablando conversación con algunos. Me siento cómoda porque cuando considero que es suficiente me despido amablemente, apretón de manos y hasta ahí el intercambio cultural.

Me doy cuenta de que la gente al disimulo me hace fotos (con flash). No me molesta. Solo es extraño. Y recíproco. Pero extraño.

Tras una hora en ferry llego a Elephanta island con 5 cuevas templo e invadida por monos y cuervos. Es ahí donde me piden la primera foto. Y la segunda. Y tantas otras.

Una niña a la hora de la comida, acepto encantada, nerviosa se arregla el pelo y la ropa, se sienta a mi lado y nos hacemos 2 selfies, uno para ella, otro para mi. Su familia se suma y van rotando por mi banco, siendo interrogada y flasheada mientras la comida enfriaba. Que sensación! Que extraño! Que bonito!!!

Busco el atardecer en Marine Drive y vuelta al Café Universal mientras cae la noche para hacer repaso.

Observo que los indios son muy invasivos con ellos mismos (hombres van de la mano, hablan muy muy de cerca,…) y me doy cuenta de lo mucho que respetan mi espacio personal.

Al robarme una foto, lo hacen por no acercarse a preguntar; y los que lo hacen, de que acepto se aseguran una, dos y tres veces “Is not a problem?” “Really?” “No problem?” “Thank you!”

Aprendo al fin que tras esos intensos ojos marrones se encuentra (en el mayor de los casos) una persona curiosa, respetuosa y amable.

Y así empieza una constante aceptación de que mientras yo fotografío India, India me fotografía a mi.


Dharavi Slum

Día 03 – Dharavi Slum

Hoy conocí mejor las luces y las sombras de esta gigantesca ciudad. Quise cambiar el enfoque y decidí apuntarme a un pequeño tour de 5 personas: recorrer el segundo barrio bajo más grande de Asia: el Dharavi slum de Slumdog millionaire donde viven y trabajan más de un millón de personas.

No está bien visto hacer fotos. Solo sacaba el móvil en las calles principales o en la zona industrial, y no, por respeto a su intimidad, en la zona residencial.

Apenas tengo fotos. No puedo enseñar lo que sentí. Ni siquiera contarlo. No puedo. Pero me llevo tatuada en la retina una batería de imágenes…

Calles muy estrechas y bajas con cables sobre tu cabeza

Barberías en la calle

Moscas en pescado

Un río de mierda

Un baño para cada 2000 habitantes

El cómo trocean y clasifican por colores plásticos usados para exportar y usar como moneda de cambio

Un hombre en cuclillas sobre un bidón de aguarrás limpiando botes de pintura durante horas descalzo y sin guantes

Una mujer clasificando botes de helado con restos en descomposición

Gente descalza

Un niño deforme

Caras tristes…

… Caras alegres

Niños saliendo del colegio

Casas abiertas, humildes y muy limpias

Gente jugando a las cartas, canicas, pelotas y muñecas

Madres cocinando

Ancianas muy arregladas

Gente bailando

Riendo

Abrazando

..

.

Noqueada vuelvo con los demás en el tren salvaje hacia el centro. Comida, gestión del billete de mañana y me apunto con dos compañeros del tour al Cine Regal en Colaba a ver la opulencia de una gran producción de Bollywood (Prem Ratan Dhan Payo).

Sobre esta experiencia también tengo mis propias conclusiones, pero serán para otro día.

Mi cerebro sigue procesando imágenes y en mi retina se tatúan nuevas imágenes…

… de gente intentando ser feliz en una muy bien bautizada como “Ciudad de la alegre miseria”.

Microcosmos donde al fondo, donde se deja ver el horizonte, se intuye un skyline de una realidad paralela, o quizás de un tiempo futuro.


de Mumbai a Panjim

Noche 04 – de Mumbai a Panjim

Siempre le tuve miedo a este día. Por muchos motivos: recorrer 800km en un bus nocturno.

Me acomodo en mi litera enana mientras se va llenando el autobús de gente, de unos 30 compañerxs de cuarto por una noche.

Todo lo vivido estos 4 días fue para afrontar este momento con seguridad y confianza. Así lo hago. No me siento incómoda en ningún momento (si no fuese por el calor y la litera estrecha). Ahora entiendo qué hay detrás de esos ojos marrones intensos y tengo el carácter suficiente como para notar (en muchos casos) que intimido yo mas a ellxs que ellxs a mi. Estoy preparada y ya no hay miedos.

Al rato de arrancar sorprendo al encargado cerrándome la cortina, aislandome. No lo entiendo, me muero de calor pero la mantengo cerrada. A los pocos minutos el autobús se para y sube un batallón de vendedores ambulantes ofreciendo entre gritos agua, sandwiches, chicken roll,… Estoy demasiado drogada de biodraminas como para reaccionar y ahí me quedo recluida en mi improvisado convento. Intentó evitar que me convirtiese en atracción de feria, aun así alguno que abría la cortina se quedaba mirando como si tuviese tres ojos: “lady?, water?, chicken roll?” Y tras el los demás. Sonrío al encargado y me gano un cómplice de viaje. Sigo estando cómoda.

Y así 14 largas horas. Duermo, despierto, duermo, parada en medio de ninguna parte, despierto, sudo, pienso, duermo, duermo.

Hago repaso de Mumbai. Nunca vi tal cantidad de personas. Nunca. Demasiada gente, demasiado tráfico, ruído, animales, olores. Demasiados retos. Demasiada energía.

Hace tiempo fui un fantasma, pasaban a través de mi sensaciones, lugares y personas. Nada sucedía dentro. Hasta que en su momento fui zarandeada lo suficientemente fuerte como para quitar telarañas y empezar a sentir.

Mumbai tiene ese “demasiado” capaz de resetear cualquier máquina fantasma.

Gracias por recordarme esa lección, pero ahora tengo ganas de empezar nueva fase en nuevo estado: Goa, donde a través de la ventana del bus, con los primeros rayos de sol, intuyo palmeras y colores que para mi significa haber elegido el camino correcto.


Panjim

Día 05 – Panjim

Bajo del autobús y lo siento. Esa sensación que tienes al llegar a casa, a conectar de repente con un difícil equilibrio entre confort y novedad.

En el rickshaw hacia el hostel cruzamos un puente y por primera vez veo un mar azul, el mar Arábigo (lo visto en Mumbai no era ni azul, ni mar) y lo siento. Conecto. Sonrío. Respiro. Primera conexión.

La segunda ocurre en el barrio de Fontainhas, un barrio portugués en el corazón de Panjim, en el medio de Asia. Los edificios, los colores, los nombres de las calles, busco el hostel en el centro del barrio, en la llamada “Rua 31 de Janeiro”. De repente me llega un aroma a Paraty en Brasil, un destino que en principio no me identificaba demasiado y en el que acabé estando tan cómoda.

La tercera conexión fue el propio hostel. En todas las ciudades de India busqué sitios como este pero solo encontré aquí el espíritu que busco. Es perfecto. Comparto cuarto, zonas comunes agradables, buena comida, acogedor, música, actividades diarias,… El perfecto sitio al que va alguien como yo, una solitaria que quiere sentirse parte de un todo.

Al planificar el viaje nada apuntaba a Panjim como un gran destino (comparado con otras partes de Goa), por lo que tenía pensado hacer escala de un solo día. Al intuir estas 3 conexiones y por coincidir en fechas con uno de los festivales internacionales de cine más importantes de Asia (www.iffi.nic.in), decidí en su momento alargar la estancia de 1 a 3 noches.

Callejeo encantada por unas calles que me hacen sentir más cómoda. El tráfico más relajado, la gente más destapada, la estructura de una ciudad humilde, un aroma de colonia portuguesa, una aparente mayor igualdad social y un Hotel Fidalgo!

Sonrío y voy decidida a retirar mi acreditación para el festival. Conectada con Panjim descanso y me tomo la tarde para acomodarme y hacer recados. Me siento como cuando vuelves a casa después de haber estado tiempo fuera. Me reconozco en mi nuevo barrio con nuevos compañeros de viaje. Comida en un restaurante familiar, voy al super, gestión en bancos y me encuentro a última hora junto a una señora regateando para que me cosa el saree que compré inacabado en Mumbai. Compré el material al que le falta el remate final por ser mucho más barato y me gustaba el reto de tener que acabarlo y vestirlo antes de irme de India.

Mañana a la mañana se lo dejo a coser a mi costurera de un barrio portugués en esta esquina del mundo, que me hace ver que las conexiones ocurren cuando menos te esperas.


Panjim

Días 06 y 07 – Panjim

Llevo retraso al escribir. Me cuesta sintetizar qué dos cosas contar para no hacer biblias y me cuesta asimilar lo que estoy recibiendo como para poder transmitirlo.

Podría contaros acerca de lo que vi en Panjim y alrededores (Old Goa y Anjuna), podría contaros acerca de la gente que conocí, podría hablaros de masterclass y películas, podría hablaros de costumbres, el clima, el funcionamiento diario, los mosquitos y demás problemas…

Pero hoy, sentada en la zona común del hostel, a las 2:45am del 23 de noviembre solo me apetece hablar (sin síntesis) de la segunda lección que India guardaba para mi.

Hoy hice una escapada a Anjuna, y lo que iba a ser un día en la playa se convirtió en algo más difícil. Alquilo de forma casi obligada y por primera vez en mi vida una tumbona de playa. A la sombra y rodeada de otros “raritos” en bikini hace que cada viaje al agua sea menos reto.

Vendedores y miradas, empiezo a sentirme incómoda, me visto. Y ahí estoy vestida en la playa, lo más frustrante para mi, el peor de los infiernos (por definición personal).

Fotos, se me sientan al lado, a la sombra de la misma sombrilla, blablabla… A LA MIERDA! “I prefer to stay alone”, “please, keep away”

Entiendo que soy extraña, pero ellos no entienden que para mi la playa es un santuario, un templo donde refugiarme incluso de mi misma, un lugar al que vengo cuando necesito conectar y/o olvidar. Y está siendo profanado por interrupciones constantes que me hacen estar en guardia hasta el punto de irme antes de tiempo…de la playa… mi templo…

Y así, fruto de la frustración y con un ángel canadiense como mensajero, recibo la segunda lección: sé menos políticamente correcta.

Pues sí, tuve que venir a India para aprenderla.

Es una verdad inherente a mi, soy políticamente correcta y muy diplomática (aunque intransigente con mis convicciones). Estas características (defectos o virtudes) en España las gestiono como una profesional. Siempre me consideré empática (posiblemente mi única y más real fuerza) y con retórica suficiente como para llevar las cosas a mi terreno.

Ahora bien, no estoy en España. Estoy en una cultura diferente en la que la retórica me es muy limitada por el idioma y la cortesía aquí se entiende de forma diferente.

No tengo por qué ser amable si no quiero, no tengo que ser políticamente correcta si no quiero, no tengo que hacerme fotos si no quiero, no tengo siquiera que contestar si no quiero. Y aquí es una práctica habitual.

Así descubro que algo que siempre estuvo en mi hoy lo señalo como defecto a corregir o por lo menos recalibrar. Tengo que mirar más hacia dentro y no hacia fuera, empatizar conmigo misma antes que con el resto del mundo y decidir que si para mi es importante defender mi santuario, lo haré. Vestiré una armadura cosida con amor propio y no dudaré, siempre me pondré a mí misma por delante de la cortesía

Gracias Dawne

(Suena en un hostel indio – https://m.youtube.com/watch?v=Oy53EDitfxU )


de Panjim a Palolem

Día 08 – De Panjim a Palolem Beach

Cambio, movimiento, biodraminas, ciudades, transbordos, nostalgia temprana de Panjim, sudores, hambre, ganas de explorar, novedades, estímulos, viento y sol en la cara en el autobús.

Voy hacia el sur, mi próximo destino: Palolem beach. En el momento de plantearme comprar el billete a India, el descubrir que hay un paraíso al sur de Goa fue decisivo. Me dije: tengo que ir. Fue instantáneo, un flechazo.

Llego a Palolem. No sufro flechazo. El hotel no es todo lo cómodo que me esperaba y ahora me acuerdo de Dawne. Ella es ese angel canadiense con la que compartí cuarto y proyecciones en Panjim y vive 9 meses al año en Goa. Desde el primer día y de forma muy generosa me ofreció su apartamento para pasar estos 4 días mientras ella está en el festival. Conviviría con su hijo. Me lo pienso. Sería una experiencia increíble la verdad, y si fuese cualquier otro destino aceptaría sin pensar, pero para mi Palolem significaba algo más… Algo que no se está cumpliendo. Espero no arrepentirme de la decisión.

De todas formas estoy expectante, igual Palolem no me tiene reservada esa paz y personalidad que esperaba pero es posible que tenga otra cosa que ofrecerme. De entrada mañana quedo a comer con Josh, el hijo de Dawne, y a la noche llega Giuditta, italiana que conocí en Panjim y quedamos en coincidir aquí.

Palolem: tiendas, pescadores, restaurantes a pie de playa, hoteles, perros, turistas e indios. Una mezcla alrededor de una playa conectada por un entramado de caminos rojizos cubierto con palmeras y cocoteros.

A priori mi paraíso. No entiendo por qué no estoy conectando. Igual las expectativas, igual mi primera experiencia en la playa me está condicionando, no lo se. Quizás solo la falta de sueño y el cansancio y sudor del viaje.

Voy a dormir todo lo posible y mañana tener los sentidos alerta, algo me está esperando en este lugar, lo presiento.

Suena en un café más macarra – http://youtu.be/bucy8-uKiy8


Palolem

Día 09 – Palolem Beach

Definitivamente necesitaba dormir. Lo hice. Mucho.

Despertar tarde, sin reloj, tomar un increíble desayuno tropical, subir un post con calma. Bajar a la playa, caminar, encontrar un buen sitio. Sentarme, quitar la ropa, bañarme, tomar el sol, estar tranquila,… Es posible, es real! Olvido ya mi primera experiencia en Anjuna.

Al mediodía quedo con Josh y me encanta tener un contacto aquí. Buena comida, cervezas sobre la arena y retomo por mi cuenta una pequeña sesión de playa.

Comparo esta playa con las nuestras y me entra morriña. Echo en falta el color del mar, aquí el agua está turbia impidiendo ver el fondo, cosa que me pone muy nerviosa, bucear y no ver nada al abrir los ojos.

Pero sí me ofrece otras cosas como el poder estar durante horas en la orilla, sumergida hasta los hombros contando las olas y observando palmeras, gente y costumbres hasta aburrirme o quedar arrugada. Poder estar en el agua hasta el anochecer y al salir ir mojada para el hotel, pues la temperatura no solo lo permite, sino que lo agradece.

Hoy consigo relajarme. Poco por estar poco tiempo en la playa, pero suficiente como para recordar el por qué, sobre el papel, coloqué este sitio en el mapa. Ayer incluso pensaba en acortar mi estancia, pero creo que no, seguramente me quede aquí los 4 días haciendo absolutamente NADA. Y qué felicidad… 😊

Me siento libre al fin vistiendo por primera vez y durante todo el día pantalón corto y tirantes. Realmente lo peor de vestir ropa larga no es el calor (que también) pero lo más frustrante es no tener libertad de vestir lo que quiera. El precio de pasar desapercibida se paga aprisionándome en una ropa que me asfixia, a mí, a alguien muy acostumbrada a vestir según mi estado de ánimo y no según convenciones sociales. El poder liberar mis piernas fue algo increíble, volver a encontrarse de nuevo con unos tímidos rayos de sol y poner en off ese botón de la frustración.

Vuelve a mi piel un leve brillo, un recuerdo de un verano no muy lejano, verano al que creo que vengo a despedir, a mi manera, a este lugar.

Suena en la cena – http://youtu.be/u7K72X4eo_s


Palolem

Día 10 – Palolem Beach

Solo la nada. La brisa. El sonido de las olas, un idioma que no entiendo y el graznido de los cuervos; alguna música y ecos de una paz que cada uno gestiona a su manera.

Me relajo, me expando y cuando creo, ocurre: conecto.

Llega a mis manos un folleto de un concierto esta noche. Me gustaría ir. Quiero ir. Voy a ir. Al decidirlo recibo aviso de que 2 chicas que conocí en Panjim acaban de llegar (cada una por su cuenta) a Palolem.

Me veo a mediodía intentando conectar a una italiana, una bolviana y un canadiense conmigo, con un plan en el que creo.

Giuditta, con la que más relación tengo, llega a Palolem y la acompaño a buscar alojamiento. Nos ponemos al día, se ubica y nos damos un baño al anochecer, mientras la luna asoma entre las palmeras todavía baja, roja y enorme. Desde el agua la veo, me emociono y lo comparto:

– Giuditta! Mira la luna!!!

– Oh!! Es la primera vez que siento que estoy de vacaciones! – dice cuando lleva más de dos semanas viajando por el norte de India.

No se lo digo, pero yo siento lo mismo. Conecto con ese estado que venía buscando y al parecer, ella también. Ahí me doy cuenta de que podremos ser dos buenas compañeras solitarias por un par de días.

Cenamos entre cervezas y piñas coladas en un restaurante en la arena. Escuchamos temazos en acústico y vemos fuegos artificiales. La marea, salvaje, nos moja los pies al subir sin control, influenciada por esa luna gigante que atrae hacia ella el mar y algunas almas, una de ellas, la mía.

De repente ese momento no es solo ese momento. Ahí estamos una italiana, un sudafricano y una española, 3 extraños que comparten soledad y disfrutan juntos de sus propios silencios, la música y el sonido del mar, en un rincón perdido de este enorme universo.

Me voy a dormir feliz al ver que sigue intacta mi intuición de interpretar señales y ser sensible de localizar eses pedacitos de pan que me van llevando por mi camino.

Así, con esta feliz melancolía, paso el ecuador de mi viaje. Justo en el centro: este precioso punto de inflexión que inicia una cuenta atrás hacia una realidad que me está esperando, observando en este momento una misma luna llena, en la otra punta del planeta.

Suena entre aullidos de perros-lobo: http://youtu.be/jGqrvn3q1oo


Palolem

Día 11 y parte día 12 – Palolem Beach

Última hora en Palolem, posiblemente la última de un verano a mi manera.

Apuro esta hora con la ansiedad con la que apuro los últimos días de septiembre y octubre, pensando que pueda ser el último día del año en pisar la playa y sumergirme en el mar.

Estos dos días no fue más que eso, una larga despedida.

Dos chicas en la playa, solas pero unidas, apoyándonos la una en la otra para hacer equipo, olvidándonos del reloj y hasta de la hora de comer. Acordarnos que tenemos hambre al caer el sol y cenar en la playa. Pasear de noche y dejarnos llevar probando alguna cerveza o licor de aquí como el Fenny.

Hacer amigos, enemigos y cómplices. Regatear, negociar y conseguir gratis viajes en barco con los locales de Palolem. Ir a buscar delfines, encontrarlos. Visitar Butterfly island y rodearte de mariposas, incluso sobre el mar. Ver monos, vacas y libélulas por todas partes, extraños cangrejos y extraños peces blancos de rayas negras. Explorar playas vírgenes y escapar durante unas horas del bullicio de Palolem.

Suena idílico, pero así fue mi despedida del verano 2015…

No sé qué originó esta conexión que tengo con la playa. Quizás porque la mayoría de mis muchos buenos recuerdos de infancia son rodeada de familia en la playa. Quizás porque crecí, viví y sigo evolucionando al lado del mar. Quizás porque desarrollé un vínculo emocional de bienestar al entrar en el agua un día de sol,… No lo se. Sea lo que sea es una conexión muy fuerte capaz de que independientemente en qué punto del planeta este, me sumerjo en el mar y lo siento: estoy en casa.

Pasaron finalmente demasiado rápido los días menos provechosos. Corre el reloj sin detenerse. Me despido en silencio del capitano e indiano, me despido en silencio de la playa y me despido entre abrazos de Giuditta, mi gran apoyo estos días.

Gracias Giuditta por ser cómplice, gracias a ti pude relajarme. Gracias Palolem por regalarme 4 atardeceres mágicos de luna llena y gracias India por darme esta paz.

Me despido de esta sensación con un último bautismo en este estado, con un precioso atardecer en esta playa goanesa.

Toca moverse. Allá voy!


de Palolem a Alleppey

Noche 12 y día 13 – De Palolem a Alleppey

Voy a intentar escribir. Voy a intentarlo aunque lo más seguro es que empiece a marearme. Estoy en el tren nocturno Kochuveli express recorriendo unos 900km para cambiar de estado, de Goa a Kerala.

Posiblemente este viaje en tren haya sido la mejor experiencia hasta ahora, o por lo menos la vivida con más verdad.

Me sentí muy cómoda desde el primer momento, desde que decidir salir de la “ladies waiting hall” de la estación de tren de Margao y sentarme en el andén a esperar, al fresco de la noche. Ahí conozco a una pareja de argentinos que me demuestran su amor a India y me dan los por qués posiblemente esta no sea mi última visita a este país.

Llega el tren. Subo a mi vagón y localizo la litera. En mi compartimento espera gente durmiendo y un trío despierto que se meten conmigo nada más llegar, desorientada. Un adolescente -el conciliador- , un adulto (algo infantil) -el curioso- y un señor mayor -el gracioso- (me odio a mí misma por no acordarme de los nombres); un interrogatorio en toda regla: de dónde eres? Estás casada? Eres catolica? De qué trabaja tu familia? Como es España? … Me acomodo y disfruto entre risas de este encuentro fortuito mientras me pregunto si no estaremos molestando a los que ya duermen.

Llega un cuarto compañero y me reconoce del festival de Panjim, es operador de cámara y hablamos de cine, Red one y películas. Los demás con su humor y curiosidad preguntan y se unen.

Así pasamos el tiempo bromeando, haciendo el pacto de que ninguno dormiría esa noche. Reímos.

El señor mayor se rinde, y tras él, los demás. Feliz subo a mi litera, me acomodo y duermo segura y en paz mientras mi viaje prosigue.

Duermo mucho, muchísimo. Al despertar ya de día, sonriendo y aprisa me asomo para mirar hacia abajo desde mi litera buscando a mis nuevos compañeros. Pero no están. Ninguno.

En algún punto del trayecto nuestros caminos se separaron y así, sin despedida y sin recuerdo entran a formar parte de mi memoria como unos hilarantes fantasmas. Me arrepiento de no hacer una foto en cuanto llegué, abrumada, a este mi nuevo hogar por una noche.

Sigo escribiendo, no me mareo.

Este viaje todavía no había acabado. Me quedaba por conocer a Ren Raj, con el que las últimas de las 15 horas pasaron rápido entre bromas, lecciones e intercambio de cultura.

Ahí me veo, a punto de llegar, acompañada por un nuevo conocido y por el revisor del tren, sentado a nuestro lado hojeando mi guía de viaje, leyendo acerca de sitios de su país en los que nunca ha estado. Y yo sin ganas de que este tren se detenga en mi nuevo destino, Alleppey.

Lo hace, se detiene y me bajo. Raj me ayuda a cargar de nuevo con esta mochila que llenaré de nuevo al empezar de cero en este lugar.


Alleppey

Día 14 – Alleppey

Imagina un día caluroso y soleado, precioso. Te encuentras a una hora en ferry de la ciudad más cercana y acabas de tomar un buen desayuno con texturas y sabores que jamás habías probado.

Te diriges a un embarcadero improvisado debajo de unos cocoteros donde todo es verde a tu alrededor. Imagina entrar en una canoa de madera con techado de hojas de palmera que te está esperando. Te sientas delante donde seguro tendrás mejores vistas.

Miras al frente y solo ves kilómetros de una especie de Venecia tropical en el este del mundo. Abstráete. Déjate llevar por la nada, por el simple movimiento lento y constante de quien rema por ti.

La luz se cola entre la mata frondosa y llega a veces a tocar tus pies y manos que escapan de la sombra. Calientes las sumerjes en el agua y …

Si fuiste capaz de sentirlo has estado durante un minuto navegando por los backwaters de Alleppey.

Posiblemente uno de los mayores iconos de Kerala sea eso, sus más de 900km de canales practicabes, aquí la vida se articula en base a ellos. Las casas edificadas en estrechas hileras de terreno que emerge sobre el agua, teniendo por un lado el canal que usan para lavarse y cocinar y por el otro campos de arroz, donde posiblemente trabajen.

Desde un punto de vista bastante intrusivo recorremos durante horas los canales, irrupiendo de forma bienvenida en lo que es su vida una tranquila mañana de domingo. Los veo desperezarse y asearse, hacer la colada golpeando la ropa contra la piedra, los niños jugando, gente viendo la televisión con puertas y ventanas abiertas, mujeres cocinando, hombres preparando la casa para una comida familiar,…

A la vida tranquila de los backwaters solo queda añadir el sonido de los pájaros, el del remo entrando y saliendo del agua y el rugido de algún motor de alguna casa flotante.

Paramos a tomar agua de coco e ir a de nuevo a la casa familiar donde tomamos el desayuno. Comida típica de Kerala servida con cariño sobre hoja de banana por Sandra y su familia. Uso mi recién aprendida “Mera naam Sara hai” al presentarme y “Nandhi”, un agradecimiento tan repetido hoy. Pruebo el tabaco indio y aprendo el significado de la pintura en la frente. Sobremesa regada con té, trucos de magia y Sandra compartiendo las fotos familiares con nosotros. Caminamos entre arrozales y cogemos de nuevo el ferry para volver a la ciudad mientras cae el día.

Hice una escala en mi viaje al sur de la India solo para pasar un día como el de hoy. Ante otros destinos que también me seducían, elegí de forma acertada este enorme entramado de simbiosis entre agua y tierra, una simbiosis entre ser humilde y ser feliz.


De Alleppey a Varkala

Día 15 – Traslado de Alleppey a Varkala

Me despierto con dudas. Ahora tras ver la vida y el mundo que hay en los backwaters el quedarme en la ciudad una noche más no tiene para mí ningún sentido.

Intento encontrar plaza para vivir con una familia en los canales o pasar una noche en una casa flotante pero con tan poca antelación no encuentro una opción clara a un precio razonable. Así que por alguna fuerza que no entiendo (aunque motivada por un problema en mi reserva y el no acabar de conectar con la gente que conocí aquí) algo me pide moverme, y algo me pide improvisar. Cancelo la reserva en Kovalam y hago una en Varkala, pienso en estar un día más y tener más posibilidad de allí ver elefantes en libertad, tarea que llevo buscando desde que llegué y está siendo complicada.

No lo pienso más. Empaqueto mis cosas, busco la mejor forma de llegar hasta allí, compro billete de tren y hago tiempo callejeando y aprovisionándome con naranjas y chips de banana ya que los días de traslado toca comer a deshoras o no comer.

Miro a mi derecha y lo veo. Como un espejismo, un golpe del destino, una señal que solo yo interpreto (o solo me imagino): un elefante, lo que tanto llevo buscando.

Decidida me recompongo y voy a la estación de tren donde encuentro una nueva compañera de viaje con la que empezar una aventura en Varkala.

El trayecto en tren increíble, como siempre. Compartiendo chips con los compañeros de viaje, dejando que el viento y el sol me de en la cara y reflexionando sobre lo que entre tantas dudas saqué en limpio hoy: hoy acepto al fin mi feminidad en un país en el que no está bien visto que te expongas.

Sigo vistiendo de forma moderada pero por primera vez no miro hacia abajo haciéndome pequeña al recibir miradas, sigo mirando al frente, convencida de lo que soy y de lo que el entorno significa para mí. Les desafío en más de una ocasión devolviéndoles la mirada, retándolos, como un juego. Se acobardan.

Me doy cuenta de que una gran parte de hombres tienen un fuerte rasgo de inocencia, en algunos casos casi infantil, que resulta extraña y a veces tierna. En más de una ocasión, al interactuar con ellos me veo en un viaje al pasado, lidiando con amores adolescentes tan intensos como pasajeros. Fue extraño volver a oír expresiones que solo leías en esos mensajes anónimos de San Valentín en el colegio, cosas como “me robaste el corazón”, “dame tu número please please please please”, “esa es mi moto” (como si fuese objeto de ser impresionable con un vehículo), “te veo luego” y te esperen durante horas más tarde apareciendo peinados y vestidos arreglados,…

Realmente una experiencia que no olvidaré, una hermosa retrospectiva a un tiempo donde el concepto de amor, todavía puro e idílico, te hacía creer en la magia y sirenas.

Y así, dejándome llevar por mis pensamientos, la brisa me azota en la cara para traerme de vuelta a la tierra, a este tren que se detiene en un nuevo destino. Vamos allá.


Varkala Beach

Días 16 y 17: Varkala beach

Desde que llegué a Varkala me debo a la nada.

Llego aquí de noche, una noche muy oscura donde apenas un par de farolas y caminos de tierra muy estrechos me impiden orientarme. No sé dónde está el mar, pero lo escucho rugir, feroz, no muy lejos de mi hostal.

Quedo a cenar con Mandin, callejeamos con la linterna del móvil, vemos el mar en penumbra bajo unos acantilados, nos perdemos y de casualidad llegamos a una guesthouse “On my way”. Al momento, Mandin dice: tengo que venir a dormir aquí.

Al día siguiente pasa como si nada: comprando cosas, conversaciones con taxistas, conocer gente, estar sola, escribir, el mar.

Cae la tarde y pienso: hoy no hice nada interesante…

Y de forma casi instantánea emerge de mi subconsciente una tan repetida frase por una de mis mejores amigas: “enjoy the little things” y lo veo: compartí desayuno con un australiano apasionado de su trabajo, me vi en el suelo en la tienda de Sandisha, descalza regateando con Babú mientras me invita a té, disfruté de perros, de cuervos, de bailar en la ducha y del clima triste pero cálido.

Estos dos días se irán así, con las pequeñas cosas, sin planear, sin reloj y sin expectativas.

Y de nuevo, cuando creo, ocurre la magia. Quedo con Mandin en On my way, una pequeña casa con un porche exterior donde se forma el ojo de una espiral. Conozco a Mari, la dueña bilbaína de la guesthouse que me acoge como una amiga. Encuentro de nuevo a Paula y Phillipe a quienes conocí en Allepey. 5 desconocidos reunidos a la luz de las velas, rodeados de perros y gatos; hablamos, creamos equipo, salimos a cenar y empieza a crecer la espiral haciéndose imparable: tatuajes de henna, conocer a Manuel, momos de queso; Mandalas en el suelo, desayunos, comidas y cenas; conocer a Vanesa, conversaciones de numerología, muertos e inmigración, se va la luz por la tormenta, cerrar locales, caminar sola por la noche,…

Solo eso, la nada que lo es todo.

Veo ya la luz al final del viaje. Intuyo qué es lo que vine a aprender aquí.

Así como Brasil apareció a medio camino para resaltar fortalezas en un momento que necesitaba más confianza, India viene a decirme: muy bien, ya estás en tu camino, ahora mírate, conócete y mejórate.

Me señala errores, defectos y debilidades que siempre tuve y había olvidado. Están ahí y solo los mejoraré al mirarlos de frente, cogerlos de la mano y avanzar con ellos en un nuevo capítulo de mi vida. Aflojaré poco a poco esa mano, hasta dejarlos caer en una lenta pero firme despedida.


Neyyar Dam

Día 18 – Neyyar Dam

Hoy cumplí un sueño que ni sabía que tenía. Pasé una mañana previa a volar, rodeada de elefantes.

Tras mucho informarme encontré un centro de rehabilitación de elefantes dentro del santuario natural Neyyar Dam, a unos 40km del aeropuerto al que tenía que llegar para volver a Mumbai.

Negocié durante mi estancia en Varkala con varios taxistas hasta encontrar a Sanil, que por un buen precio y, tras testearlo, me fío de el, acordamos que me llevaría al centro, esperaría por mí 2 horas y de ahí me llevaría al aeropuerto. Trabajamos en la ruta y en los tiempos pues serían 7 horas y no podía arriesgarme a perder el avión.

Llegamos temprano, no por casualidad sino porque es a la hora que había leído que los lavan y les dan de comer.

– Sanil, ¿quieres venir conmigo? – le pregunto aún mareada del viaje.

Su expresión feliz hace que invite con gusto a este nuevo compañero.

Caminamos por la reserva y empiezo a ver elefantes, todos y cada uno de ellos con un hombre: su tutor, su cuidador, su amigo. Escucho como se comunican cada pareja de humano-animal en una lengua ininteligible. No se si no lo entiendo por ser extranjera o porque sea un código inventado entre dos almas conectadas.

– Acércate, puedes tocarlo – me dice un señor mayor junto a un elefante de 45 años.

Y ahí, por primera vez toco esa piel rugosa y estriada, extrañamente fría. Podría parecer desagradable tocarlo, pero no. No lo es. Es energía. Es mantener tu mano presionando la piel lo suficientemente fuerte como para que el animal te sienta y te mire con un ojo, un enorme ojo de 45 años de vida con tantos matices en el iris y tanta expresión en la mirada que pareciese querer comunicarse contigo, en un nuevo código inventado.

Una cuidadora muy amable a la que le debo caer bien nos acompaña en la visita, hablándome de cada elefante. Veo como están bañando a uno pequeño.

– ¿Puedo ayudar? – pregunto sin demasiado atrevimiento.

La cuidadora balancea la cabeza en ese movimiento oscilante tan característico indio que significa “de acuerdo” o “está bien”.

Me arremango, le dejo mis cosas al taxista (ahora convertido en fotógrafo) y me sumerjo. Comparto media hora cepillando con fuerza la piel de Amur, pequeña hembra de 7 años.

Tras del baño les dan de comer. Amur y otra cría no paraban de moverse, en un vaivén extraño.

– ¿Qué hacen? – pregunto

– Bailan

– ¿Por qué!??

– Porque están felices

Y ahí me roban el corazón esos dos pequeños elefantes, bailando felices, limpios y cuidados tras haber sido en algún momento de sus vidas abandonados a su suerte.

Paso la mañana en el centro con una sonrisa silenciosa y transparente al disfrutar como una niña de conectar con algo tan enorme y tan salvaje que me hace olvidar que vuelvo a Mumbai, el principio del final.


Mumbai

Día 19 – Mumbai, despedida

Mumbai me recibe con los brazos abiertos para darme la patada hacia casa, la mía, mi hogar con los míos.

La llegada es algo increíble. Estar en el mismo aeropuerto que días atrás, cuando llegué tan perdida, y ahora sentirme arropada con esa opulencia que no me abruma y el suelo enmoquetado, familiar, que me invita a descalzarme. Reconozco las calles desde el taxi e indico al taxista como llevarme al hostel.

Paso el día deambulando, enviando postales, buscando silencios.

El viajar sola provoca que más de una vez hoy diga que no a planes que sí me apetecen: conocer más a Madhu Somaiya jubilado exprofesor en la universidad que me ofrece su casa para mi y mi familia si vuelvo a Mumbai, ir a ver un rodaje en las afueras con un taxista con el que acabo de cerrar la recogida para ir al aeropuerto, o ir a cenar a casa de un nuevo conocido con sus 11 hermanos y 7 hermanas.

La clave de este país está en su gente y por miedos no me abrí lo suficiente como para tener la experiencia completa.

Así que aquí estoy, esperando la puesta del sol en Marine Drive, buscando un silencio tan difícil de encontrar y observando un skyline que no reconozco, de una gigante ciudad de la que solo conozco el latido; símbolo de un gran país del que solo reconozco mis ganas de volver y conocerlo de nuevo. Más abierta, más pausada y más receptiva. India tiene demasiado que ofrecer, mucho más de lo que estuve dispuesta a recibir.

Para acabar el día me doy un homenaje con una buena cena. Me tratan como una reina y noto a mi alrededor un aire de respeto, esa clase de respeto de gente que entiende que no debe ser fácil estar sola, siendo mujer, tan lejos de casa y aún así entrar en un bar lleno solo de hombres y pedir una cerveza.

A la noche voy a las escaleras de la biblioteca pública, lugar en el que siempre encuentro una extraña paz para este cerebro occidental.

No defrauda. Observo bajo mis pies el palpitar de una ciudad en la que se levanta aire, esa familiar brisa cálida que suele aparecer por las noches.

Observo tranquila y sola una India que no me es extraña, ya no la veo con los mismos ojos porque cambió mi forma de mirar. La reconozco ahora familiar y cercana con el cariño de quien te ha ofrecido tanto por tan poco.

Gracias India, por darme lo que yo, sin saberlo, venía a buscar.

Hasta pronto ❤


Sara Horta

Sara Horta

De pequeña soñaba con ser astrónoma y ahora el cine es mi medio de vida. Me encanta el agua y estoy segura que en otra vida viví en un país tropical. Soy ese tipo de persona que habla con los perros y dice “¡mira la luna!”.
Soy una adicta a viajar sola y a la búsqueda de veranos interminables.

sarahortacrugeiras@gmail.com

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