Diario de Madagascar – 2018

Llegada a Antananarivo

Día 01: de Antananarivo a Antsirabe

Madagascar es justo lo que venía buscando… el choque, lo diferente, lo auténtico… Pero llegué tan cansada y desubicada… que ni me había parado a pensar que sería tan duro.

Fue un exceso.

Después de 27 horas de viaje la llegada a un nuevo país siempre es difícil. Más si es una capital. Más si es otro continente. Y más si ese continente es África.

Todo es tan estimulante que te bloquea. Aquí la gente es dura y demasiado insistente, si no tienes las ideas claras es fácil dejarse amedrentar. 

Así que en vez de reponer fuerzas, llego a la capital y cambio de ciudad. En transporte local. En África.

Un casi suicidio.

Me daba el pálpito que no debía quedarme en la capital. Tras la primera ronda de votaciones a las elecciones presidenciales, temía que el resultado alterara los ánimos de la tranquila Antananarivo. Además sabía que tenía que llegar a Antsirabe.

Y el casi suicidio…

Funcionó.

Al llegar al aeropuerto empiezan a romperse la espalda (y a mí la paciencia) para intentar hacer negocios con lo que sea. Su sistema consiste en evitar que te escuches a ti misma y que aceptes de pura insistencia. 

Pero vengo preparada: NO NO NO NO.

Aún así reconozco que es complicado no dejarse llevar. A veces es más fácil decir que sí que decir que no, como en otros aspectos de la vida. Así de triste.

Pero a pesar de mi poca energía intento no decaer y me hago dueña y señora de mis propias decisiones. No soy elegida. Yo aquí soy la que elijo. Siempre.

Visado, cajero, tarjeta sim, taxi… 

– Dirección Fasan’ny Karana. Lo antes posible, por favor.

La estación de taxi-brousse (el transporte local) sé que posiblemente sea una de las peores pruebas que voy a afrontar aquí. Sé lo que me espera. Pago al taxista en ruta, porque no puedo explicar lo tan intimidante que es una cartera abierta en un lugar como al que me estoy dirigiendo. 

Y efectivamente, al llegar apenas puedo abrir la puerta del taxi porque se agolpan vendiendo, pidiendo que los elija a ellos. Me quieren llevar la mochila, me quieren convencer y conducir…

Y aunque es una de esas situaciones en las que tienes que pensar y actuar rápido, empleo el tiempo que sea necesario en valorar todas mis opciones. Hay 7 taxis-brousses que van a mi destino, descarto los más antiguos. Después examino a los conductores y ayudantes, descarto de los que no me fío. Por último, examino a los pasajeros que van dentro y ahí lo tengo claro: elijo el que va lleno de señores, niñas y un bebé en brazos; si esa madre confía en este taxi-brousse, yo también.

4 horas de un trayecto durísimo, incómoda, lloviendo, de noche y sin beber gota de agua porque las paradas para ir al baño son en la cuneta. Si con suerte hay un árbol las mujeres pueden resguardarse, pero por nada quiero bajar, sé que mi piel de “vazah” (persona blanca, de las primeras palabras que se aprenden en África) sería lo más comentado del viaje. En malgache. Sin entenderles lo que hablan de mi.

Pero a pesar de lo incómodo, todo transcurre sin problema y entre gente amable. Me ayudan, se presentan, hablamos y me dejan (excepcionalmente) en la puerta del hostel.

Hostel que al verlo me entran ganas de llorar.

Pero a esto vine: a experimentar África en mi piel. Por mi misma.

Necesito resolver de una vez por todas este mal que hay en mi y dejarme llevar por su luz. La luz maravillosa de África que me tiene enamorada.

Desde Tanzania, África seguía en mi cabeza, en mi pulso, en mi retina. Vuelvo a por esta droga para que mis venas me dejen en paz, en un necesario paréntesis.

Necesitaba parar el mundo para tomar distancia y conciencia de tantos cambios y emociones que se suceden sin dejarme asimilar. Y aunque todavía estoy agitada por el sobreestímulo, sé que estoy en camino de abrirme en canal y vomitarme en lo que llevo dentro.

Vengo en esta huída a escuchar la única voz que importa, la mía, cuando vive en un mundo que va a demasiada velocidad. Escucharme cuando me despojo de todo lo que me rodea y me distrae. Mi voz, esa que habla cuando aparece quien de verdad llevo por dentro.

Me veré con ella, ya era hora, la echaba de menos.

Miandrivazo, 11-11-18


Antsirabe

Día 02: Antsirabe

“Oh Sara! Welcome to Antsirabe!“ me dice Billy en cuanto llego al hostel agotada en ese primer día.

Nos saludamos como si fuésemos amigos y así lo siento tras cruzar con él más de una veintena de correos. Billy, toda una institución aquí, sabe lo que busco, conoce mis limitaciones y sé que hará lo posible por hacerme encajar.

Tras dejar la mochila en la habitación cierro un trato para un tour que aunque sé que con más energía lo hubiese sacado más barato, me hacen muy buen precio.

“Cuidaremos bien de ti, Sara”.

Y yo lo creo.

Madagascar ofrece demasiado que ver y hasta aquí traje conmigo todas las dudas. Los desplazamientos por este país tan grande (y pobre) y orográficamente complejo son durísimos. Sé que no podría ver ni un 1% pero aún así tengo que decidir… y elijo naturaleza. Aunque sea impersonal y en un odioso tour, para la primera fase del viaje no estará de más que, mientras me adapto al clima y a lo diferente, alguien piense por mí.

Salimos al día siguiente a mediodía. Antes tengo que aprovisionarme de víveres para 6 días y pagar, por lo que el primer pie que pongo por mi cuenta en Antsirabe es para ir a un cajero. Y esta frase que no parece tener ningún misterio, aquí… es una historia diferente.

Hay muy pocos bancos y entre los que hay prefiero los que tienen guardias armados en la puerta. Otra cosa es que tenga cajero, que éste funcione o que te den el efectivo que necesitas. Así que por todo ello, salgo con tiempo.

Recorro las calles y quisiera fotografiarlo todo, pero no soy capaz. El cómo te miran, el cómo madre e hija salen de la peluquería (el único negocio abierto en domingo en Antsirabe), el cómo van personas en pousse-pousse (carro tirado también por otras personas) o el cómo quien los remolca (seguro que su propio vecino) va descalzo y corriendo hacia la iglesia. Una señora que vende jeringuillas y tubos médicos en la calle, un cine de madera del que escucho salir risas y voces, personas que te quieren vender de de todo (piedras, rastrillos o instrumentos) y gente que te pide (más bien te suplica) una ayuda para comer.

Fotografiaría todas estas situaciones que me son fascinantes u horribles (a veces todo al mismo tiempo) pero siento que con cada foto me llevaría algo de sus vidas y todavía no soy capaz. 

Pensaba que estaba acostumbrada, y reconozco que aunque cada vez me cuesta menos, aún me es difícil aguantarles la mirada, sobre todo cuando estás comiendo y alguien con hambre te está mirando…

Algo que vivo en mi primer desayuno. Una mujer se planta frente a mi y me mira a los ojos, ojos que me desaprueban, mientras me hace gesto de comida señalando a su hijo pequeño. Niego con la cabeza, no quiero abrir mi cartera recién llegada del cajero ni tampoco soy partidaria de dar dinero por extender una mano. Porque hay blancos y blancos, como también hay pobres y pobres.

Ella, que es bastante ruda, no se rinde y yo me quedo inmóvil, incapaz de darle un bocado a lo que queda en el plato.

Esto es lo primero con lo que tengo que lidiar en África: no puedes acabar con el hambre en Madagascar. No puedo siquiera pretenderlo. Pero seguir con tu vida… sencillamente es muy difícil.

Ante la negación de ambas a rendirnos aparece un malgache de dentro del local, le da 500 ariarys y muy enfadado la echa de allí.

Me consigue una libertad que no pude (o no quise) pagar por mi misma y no sé qué conslusión sacar de todo esto: ¿hice bien? ¿hice mal?… solo sé que fue lo que sentí en ese momento cuando estaba desbordada por demasiadas emociones.

Pero esa mirada… me perseguirá durante días, lo sé. Me remueve todo por dentro y con el paso de los días me daré cuenta de que es algo a lo que tengo que acostumbrarme.

Sara, ¿no querías ver África? Pues aquí la tienes, frente a ti y mirándote a los ojos. Afróntalo y hazte más fuerte.

Escrito en el Tsiribihina river el 13-11-2018

Sobre experiencia en Antsirabe el 11-11-2018


Miandrivazo

Día 03: Miandrivazo

Empieza, ahora sí, la aventura.

Mi idea con este tour es llegar al Tsingy de Bemaraha. Es un lugar poco accesible al que se puede llegar de dos formas: en 4×4 o descendiendo el río Tsiribihina. Tengo suerte de encontrar en Antsirabe a un grupo que quiere ir (por supuesto con descenso en canoa) en mis mismas condiciones.

Bernis será nuestro guía durante los próximos cinco días. Él cuida de esta extranjera agotada y sobrepasada, ayudándola a afrontar una aventura que será dura física y mentalmente. Bernis me ofrece ese tipo de ayuda no evidente de quien al preguntar “¿Puedo ir de nuevo delante contigo?” en vez de contestar con un “Sí”, me regala un amable “Siempre”.

Esa clase de bondad que habita en esa clase de sonrisa.

En la zona del embarcadero siento por primera vez lo que es llegar a un poblado, la primera vez que (literalmente) somos el centro de un universo.

Bajamos de la furgoneta 10 turistas, 1 guía, 1 cocinero y 5 barqueros y allí, mientras se apilan las mochilas en el carro nos empiezan a rodear los niños. No hablan inglés y muy pocos francés, aunque todos tienen una frase preparada: “¿Puedes darme…?”, seguido por “un bolígrafo”, “una botella de agua” o (en el menor de los casos) “unas monedas”.

Me pilló desprevenida. Mi mochila va en un carro dirección al río y no llevo nada encima, aún así me desprendo de las dos cosas que puedo: mi botella de agua vacía (el plástico lo venderán por unas pocas monedas) y se me rompe el alma -por primera vez- al ver cómo dos niños se pelean por ella.

Lo segundo es la pulsera que llevo en la muñeca. Fue un regalo y aunque en teoría no podía quitarse, se arranca casi por si misma de mi brazo. Me rompe el alma -por segunda vez- el cómo esa niña se la da a su hermana (aún bebé) que lleva en brazos, y sonríe orgullosa mientras ato esa rota pulsera en una muñeca pequeña.

Empezamos a caminar y todos nos acompañan hasta el río. Me pregunto si no deberían estar en el colegio siendo un lunes por la mañana y se me rompe el alma -por tercera vez en 15 minutos- cuando alguien me coge una mano. Y al momento la otra.

A ambos lados las dos niñas a las que les entregué todo lo que llevaba encima me acompañan hasta subir a mi canoa…

Y me vendrá bien esa reclusión durante interminables horas, necesito reponer los pedazos de esta alma descompuesta.

Pero es difícil…

Porque el sol abrasador quema todas y cada una de las partes de mi piel, piel que ya pertenecía al invierno.

Quise morir hasta que montamos las tiendas en el lugar donde pasaremos la noche.

Al acabar nos tumbamos en la duna del banco de arena a orillas del Tsiribihina mientras se cocina nuestra cena en una canoa. El ron de fresa y jengibre corre de vaso en vaso mientras nos presentamos, nos conocemos e intercambiamos canciones. Estoy descalza, bajo un cielo que se enciende y nos acompañan, al fondo, luces rojas de una tormenta en Morondava.

Es verano y eso siempre llama a la magia.

Miro al suelo y veo sombras en la noche dibujadas por una pequeña luna menguante; y miro al cielo para reconocer a Casiopea como una M en el sur y no una W como en el norte. 

Si Madagascar tiene la fuerza de invertir constelaciones o de devolverme mi sombra en la noche; sin duda podrá darme el vuelco que necesito, algo que sé ocurrirá en estos 15 días o en los meses posteriores.

Absorbo. Entiendo. No asimilo todavía pero el conectar con el lado más primario y salvaje (de lo natural, de lo animal y de lo humano) me fija los pies en el suelo.

Me trae de vuelta a la tierra.

Escrito en Bekopaka el 15-11-18

Sobre experiencia en Miandrivazo el 12-11-18


Tsiribihina River

Día 04: Tsiribihina River

Seguimos el descenso del río Tsiribihina, 130 km en canoa de madera. 

Me despierto en esa primera mañana sin baño y no puedo describir hasta qué parte de mi cuerpo tiene arena, arena de esa duna que se revuelve cuando llega la ventisca de la tarde. Desde el lagrimal hasta el último pliegue de mi piel, tierra en las uñas y toda mi ropa sucia. Y esto, que solo acaba de empezar, es lo que me espera durante día y medio más, algo que semeja interminable.

A las 9 de la mañana el sol es tan fuerte que ya vuelvo a querer morir. No perdona, parece querer vengarse por haberlo abandonado viviendo el invierno en Compostela. Y a pesar de ser buena amante del verano, deseé durante horas que lloviese, para limpiarme y calmarme.

Y lo hizo, claro que lo hizo. Pero con demasiada dureza, como todo en esta isla.

Cada vez que paramos en un poblado a orillas del río, los niños se pelean por ser los primeros en cogernos las manos mientras compadezco a quienes me eligen a mi, porque soy… una auténtica inútil.

Solo puedo ofrecerles el dejarme hacer trenzas en el pelo, algo que aquí, y el estar sentada en calma junto a ellas, sí parece ser suficiente. 

Por lo que en cada parada, un nuevo recuerdo y con ello (con su forma sobre mi cabeza) me subo a la canoa con mi bolsa más ligera. Dejo atrás alguna de las muchas absurdeces que traje, sabiendo que aquí harían feliz a otro ser humano. 

En algunos poblados dejábamos medicinas a embarazadas o señoras mayores y en otros vimos como toda la comunidad se reúne para buscar el cuerpo de un vecino epiléptico. Examinan sin éxito cada punto del fangoso fondo, entre esas aguas de ocre opaco que tantos secretos guardan.

O en otros poblados la gente se acerca simplemente para vernos comer. Amar es el primero y le da sus sobras, algo que por supuesto estoy dispuesta a darles, pero me parecía tan infrahumano dar espinas y arroz en blanco a otra persona, que nunca se me había pasado por la cabeza.

Sin embargo, Amar, coge un plato de sobras y se lo pone delante. Como hacemos en casa con los perros.

Se me quebró el corazón en mil astillas al ver que se abalanzaban al plato y lo devolvían pulcro, sin espinas y con el tenedor y cuchillo ordenados a un lado.

No sé qué me duele más, el verme en este estado de bloqueo (o shock emocional) o verme a mí misma dándole las sobras a otras personas. Cuando pude haberles dado el plato entero.

Se lo acerco y miro para otro lado, mientras me odio a mí misma por comportarme así.

Justo tras ese momento llegó la lluvia, casi como un reflejo anímico o como un castigo divino. Cayeron gotas de agua desde el momento en que pusimos el primer pie en la canoa. Gotas que se fueron haciendo violentas y salvajes. Gotas que llamaron al viento y nos obligaron a recalcular la ruta. Viento que nos hizo recordar que si pedíamos agua, tendríamos agua. 

Vamos a tierra y nos resguardamos en cabañas, con madres que dan el pecho a sus bebés y padres que autorizan compartir su refugio con estos vahazs.

En cuanto la lluvia nos da tregua, decidimos ir a acampar lo antes posible, por si la furia vuelve. Pero antes de la cena, esa recompensa tras cada travesía, un temporal nos rodea con dos tormentas en opuestas direcciones. Y el castigo, que continúa, nos hace llegar primero una, y como burla del viento, también la otra.

En todas las tiendas de campaña entró agua. Todas. Los malagasy se repartieron entre nuestras tiendas, y mientas nos ayudaban a mantener secas nuestras cosas y las tiendas ancladas a tierra, aprovechaban y se resguardaban. Porque ahí, me confiesan que ellos duermen bajo la luz de la luna, y cuando hay lluvia, al frío de la noche. Y me pareció barato cada ariary del millón que pagué por este tour.

En esas tormentas eléctricas, donde los vientos y los rayos cargaban contra quienes osaban entrometerse en sus leyes naturales, provocan que Bernis, como un ángel siempre a mi lado, me contase historias de dahalos en la noche. Me confesó sus miedos y lo que sintió cuando le robaron su alianza y su biblia tras apuntarle con tres rifles (uno al frente, dos a los lados), todo después de romperle a cuchillazos su tienda de campaña.

-Madagascar es salvaje – me confesó – por eso disfrutamos de las pequeñas cosas. Cada día. Porque hoy estamos, mañana no estamos. Por el menor motivo.

Y en sus ojos ví que lo decía de verdad. Con el miedo y la honradez de quien confiesa para liberarse.

Así que si quería escapar, lo he conseguido. No puedo estar en un sitio más remoto que en este río al que apenas llegar carreteras y más desconectada que durante dos días y medio sin teléfono y sin luz. Y con tormenta. Y con historias.

Aún así, paró el temporal y llegó la cena. En mi tienda mojada conseguí dormir y despertarme entre pesadillas. 

Siento esa noche cómo mi piel se va despertando y reconciliando con un verano que no debió dejar. Empiezo a conectar con el estado más salvaje de lo que llevo dentro, a sentir emoción viva a flor de piel.

Las que asombran,

las que abruman

y las que aterran.

Escrito en Morondava el 17-11-18

Sobre experiencia en Río Tsiribihina el 13-11-18


Bekopaka

Día 05 y 06: Bekopaka

Se acabó el hablar con frases entrecortadas y emociones contenidas. 

Pasaron muchas cosas desde el día que escribo y sobre el cuál escribo. Pero aunque no sé cuánto de interesante será lo que salga en las próximas líneas, sí quiero retratar, para mi cronología y recuerdo, las mayores emociones posibles.

Que ahora parece que sobran, pero en algún momento seguro que faltan.

Dormí en el suelo y desperté con sonidos de lémures y pájaros; me abrí los nudillos y fui meticulosa en el cuidado de cada herida, de cada corte. Soñé con invasiones y sudé litros sin esperar un baño al acabar el día. Nadé en el agua terrosa del río Tsiribihina y me duché en cascadas (completando así un check de mi bucket list) y empecé a retratar esta vida con cada parada en un poblado…

Atrás quedan todas esas experiencias mientras nos subimos en un jeep dirección Bekopaka.

Bekopaka es la puerta de entrada al Tsingy de Bemaraha que tantos quebraderos de cabeza trae porque condiciona toda tu ruta e hipoteca varios de tus días. Además, nunca hice una via ferrata, dudo de la seguridad (tan relativizada en algunos países) y también… tengo vértigo.

Pero en fotos parecía un escenario tan sobrecogedor y salido de un imaginario tan surrealista que no me perdonaría el pasarlo de largo, estando tan cerca.

Así que, estando en el límite de el poder o no poder ir por culpa de las lluvias, finalmente, espera por mi y como máximo respeto al destino, lo afronto. Al día siguiente estoy con arneses y linternas preparada para entrar en el Tsingy de Benamaha, Patrimonio de la Humanidad.

Recorremos sus 4 km practicables entre lémures, serpientes, insectos, iguanas y árboles que crecen entre pináculos de caliza a 153 metros del nivel del mar.

Fueron 5 horas de ruta. Había leído sobre ella e iba preparada sobre seguridad y vestimenta, pero no sobre la dureza del sol. Es superior a mí. Me salen pecas a pesar de ser esclava del protector solar, y a la vez los ojos se aclaran, acercándome más a quién tanto quiero y que tanto echo de menos.

De entre todos los del grupo, voy con quienes me apadrinaron en esta aventura: las gemelas y Wally, que en un estado de forma envidiable para su edad, reniegan hacer el camino alternativo. Ellas me cuidaron durante todo el descenso así que por nada del mundo no estaría a su lado en este trayecto, por lo que pudiesen necesitar de mí. 

Ahí, en esa tranquila pero segura concentración, seguí cada uno de sus pasos.

Y cuando me di cuenta, todo había terminado. 

Tras dormir dos noches en Bekopaka en un falso lujo con decenas de grillos alrededor (dentro de la habitación) y ducharme sin apartar la mirada a una araña del tamaño de mi mano extendida que me desafiaba, intentando reclamar su cuarto; siento que lo superé todo. Crucé el puente. Sobreviví al calor y al vértigo. Y cuando es la hora de partir, me sentí orgullosa por haber decidido elegir hipotecar mis días.

Y como premio por confiar, en el trayecto de vuelta (en esas 12 horas maltratando cervicales en un 4×4) consigo al fin desbloquearme. 

Dejo de ser de hojalata.

Algo aletargado por el shock, algo empieza a palpitar y me emociono al pasar con el jeep entre los tantos poblados. Pasamos rápidos, abusones, pitando para que la gente se aparte de sus caminos, porque los vahazs tienen prisa… No entiendo cómo no nos odian. Arrasamos sus rutas con nuestros vehículos modernos, no paramos en sus pueblos (como hacíamos en canoa), ni siquiera les dejamos beneficio. Todo lo que se construye es para nosotros y al margen de ellos: buenos hoteles amurallados con piscinas, mientras al otro lado con suerte tendrán una toma de agua corriente para el poblado.

Aún así, cuando por cualquier motivo paramos (principalmente para coger alguno de los “ferrys” que cruzan los coches por los ríos Tsiribihina o Manambolo, nos reciben con sonrisas y bienvenidas.

Pero mis lágrimas llegan, cuando al pasar veloces al lado de unas niñas en una cuneta, éstas nos tiran hojas a través de las ventanas. Sonríen contentas por lo que aunque en mi ventanilla no acertaron, sé por seguro que no era más que un juego.

Hasta que escucho, proveniente de la parte trasera del coche, la voz del fondo quebrado de Bernis:

Come on…

Miro hacia atrás y veo cómo ladea la cabeza. Las gemelas Thelma y Theresa está atónitas y me enseñan boquiabiertas lo que guardaban esas hojas: brazaletes trenzados con hojas de palmera. Un regalo mientras pasamos de largo.

Y sentí toda la espesura en mi estómago, toda esa efervescencia en mi garganta, y sabiendo cómo termina siempre eso, hice una foto rápida para tener el recuerdo (y la prueba de que no fue un sueño) y me pongo las gafas de sol, por primera vez en este viaje.

A pesar de necesitarlas, prefiero mirar directamente, sin tener una barrera entre lo de fuera y mi alma, haciendo sentir bienvenido a quien quiera entrar a conocerla. Pero ahora las necesitaba, porque no quiero que nadie me conozca en ese estado, cuando mis murallas se derrumban y todo se convierte en polvareda… y lágrimas. Lágrimas, que atragantadas desde hace cinco días, se precipitan mientras me refugio tras esas gafas.

Me lo merezco y me felicito porque por fin se desbloquean mis sentidos y todo fluye… la energía, el espíritu o la consciencia en forma de eses cristales salados.

Que me salvan la vida.

Escrito en Antananarivo el 19-11-18

Sobre experiencia en Bekopaka el 14 y 15-11-18


Llegada a Morondava

Día 07 – Llegada a Morondava

Llego por fin al lugar que puso a Madagascar en mi mapa, esta obsesión que me persiguió hasta acabar comprando el billete: la avenida de los baobabs en Morondava.

Llegamos unas horas antes de la puesta de sol y tras recorrerla una única vez decido sentarme y sentirla antes de seguir este constante movimiento. Bajo mi cuerpo al suelo a la sombra de un baobab, y ahí, con las piernas sobre sus raíces y mi espalda pegada al tronco, aspiro toda la energía que puedo. La necesito para la decisión que voy a afrontar… 

Sara, ¿dónde te estás metiendo?

Viajar sola supone que todas tus experiencias se definen única y exclusivamente de tus propias decisiones. Y no siempre es… fácil. A veces es agotador encontrar el equilibrio del quiero y no debo, entre el miedo que te frena y la inconsciencia que te impulsa. Y es algo a negociar durante 24/7 contigo misma, a veces tu peor contrincante.

Cuando se ponga el sol en esta avenida diré adiós al grupo para empezar el viaje por mi cuenta. Salir del caparazón. Retarme. Desubicarme. Y tengo… ganas. Así que cuando empiece la noche el jeep me dejará en Tsimahavaobe vendida a mi suerte.

Todo lo que sé es que tengo que desviarme a mano derecha en el Karaoke Karafun’s y a medio camino, en la noche aplastante de África, bajarme en la Escuela La Fountaine en la periferia de Morondava. Allí me espera un hombre del que sólo sé su nombre: Djaolyn Ernest que me dará alojamiento.

Y allá voy. A su casa. En la noche. No hablo francés ni él inglés.

Pego mi espalda con fuerza al tronco e inspiro…

Djoly es el padre de un nuevo conocido de Morondava que vive en España. Lleva meses siendo un apoyo en la distancia ayudándome en la preparación del viaje con contactos y resolviendo dudas. Tras haber sentido que puede confiar en mi, me invita a su casa vacía; y yo, dando un salto de fe, acepto.

Porque… tengo que intentarlo. No todos los días se tiene la oportunidad de dormir en una escuela en Morondava. Escuela que tras lo visto y vivido en Madagascar, se convierte a mis ojos en una catedral o un mausoleo.

Me acompañan en el jeep Bernis, Thelma, Theresa y Wally. Al girar a la derecha en el Karafun’s y mientras avanzamos en la noche, lo noto. Siento sus alientos de duda y su olor de miedo tras mi nuca.

Sara, ¿dónde te estás metiendo?.

Al llegar a lo que se supone que es la escuela, solo hay murallas. Mientras el coche da la vuelta salen del portal 3 personas y todo ocurre… muy deprisa.

Me despido de Bernis mientras le doy un billete: “no es propina – le digo – es para ayudarte a comprar una nueva biblia”. También me despido de Thelma, Theresa y Wally quienes fueron imprescindibles para aclimatarme a la aspereza de este país.

Quedo a solas con estas tres personas que no conozco en una penumbra que me asusta y un calor que me aletarga. Sin francés, sin poder usar mi inglés y con una elocuencia dormida por la falta de sueño. Y con el cansancio de sentir la presión constante de todas estas decisiones.

Me presento a Djaolyn mientras me apunta con una linterna y al que acompañan un hombre y una mujer. El hombre me quita la mochila de la espalda mientras el jeep se aleja. Djaolyn me lleva a ver el lugar donde voy a pasar las próximas 3 noches pero no veo nada de lo que hay alrededor, no hay luz ni dentro ni fuera de casa. Pero iluminando nuestro camino con velas y linternas, me ubico: estoy en una casa de dos plantas independientes, la de arriba será completa para mí, la de abajo de Djaolyn y en el patio trasero la Escuela La Fountaine.

Así que a pesar de la noche y su oscuridad, a pesar de historias de dahalos en mi mente y el miedo en mi cuerpo, estoy en una casa malagasy tras ser adoptada por gente generosa que me abren las puertas de su casa.

Y tengo aquí además… un objetivo.

Les haré unas fotos y un vídeo, por si les fuese útil en algún momento, y me encanta sentir que tengo un objetivo en Madagascar y que puedo ofrecer algo más que limosna y sobras a este país.

Me encanta completar misiones. Me encanta transitar con rumbo.

Así que a pesar de los problemas y dudas, empiezo a creer. Y al amanecer, en esa mañana de sábado, me despierta el sonido de niños jugando en el patio trasero de lo que es ya mi hogar en Morondava.

Peta Djaolyn en la puerta: “están aquí por tí, Sara”.

Y salgo mientras los niños me saludan desde el patio haciéndome sentir cual reina en su castillo con llaves, familia y una pausa al fin en Morondava.

Escrito en Addis Ababa el 24-11-18

Sobre experiencia en Morondava el 16-11-18


Morondava

Días 08, 09 y 10: Morondava

Una de las ventajas que tengo es que al planificar un viaje, preveo exactamente cómo me va a hacer sentir un lugar.

Y pocas veces falla.

Con Morondava sabía que sería un buen lugar para empezar a relajarme, ya habría tomado conciencia y contacto con el funcionamiento del país. Además es un pueblo costero (algo que siempre templa las altas diferencias sociales), hay cultura rastafari y tiene playa, por supuesto.

Todos estos ingredientes después de una aventura vivida harían de mi estancia en Morondava un respiro y me abriría.

Pero no fue así.

No por Morondava que es maravillosa y el único lugar hasta el momento donde no me pidieron nada. Sí tuve respiro pero no conseguí abrirme y estos dos días y medio pasaron sin demasiado que contar.

Aquí me despertaba sin reloj en cuanto la luz entraba en la casa (muy temprano a las 5 de la mañana). Me levantaba de la cama con un objetivo que cumplía feliz tras desayunar con Djaolyn quien me esperaba paciente para tomar el café. Tras desayunar, grabábamos recursos, entrevistas o el funcionamiento real de la escuela. Al acabar lo acompañaba a comprar el pan o lo que fuese necesario en su coche conducido por un chófer, porque sí, viví en una casa pudiente malagasy.

A mediodía volvíamos a casa sin prisa para comer con su tía para después, cuando él tomaba una siesta, yo cogía un tuk tuk para ir al centro o a la playa (que no usé) o me recluía a descansar y escribir.

Y así… repetir durante toda mi estancia en Morondava.

También me frustré. Mucho. No me reconocía y no creo que Djaolyn se mereciese conocer a la versión más agotada de mí misma. Por lo que aunque creía saber cómo me haría sentir este lugar, nunca previ el cómo estaría yo al llegar a Morondava.

Mi cuerpo me pedía una y otra vez reposo, me pedía aislarme. Me doy cuenta cuando ceno estando sola por primera vez en este viaje que estaba desperezándome todavía en la estrenada independencia tras dejar el grupo y necesité toda la energía para pasar tiempo sola y curtirme en las calles de Madagascar. Recorrerlas, averiguar qué frases necesito y ser más ágil con los pagos y billetes. Necesito quitarme de una vez por todas este fétido olor a turista.

Empecé a sentir también la gran lastra del idioma, me caía como una bofetada el no poder expresarme para agradecer, contar chistes o evitar timos. Mi mínimo francés me reducía a la supervivencia de las comidas, desplazamientos, contestaciones por la calle y conversaciones electrónicas.

Me sentí extraterrestre y fuera de lugar, pero a nadie (más que a mí) parecía importarle.

Al lado de casa un karaoke con música cada noche, en el centro el Oasis de Jean Le Rasta llamándome, y aún así, a pesar de tener conocidos con los que disfrutar la noche, preferí omitirme y recluirme en este palacio cómodo y seguro que habían puesto para mí.

Creo que fue ese calor que me anulaba o que lo vivido hasta ahora fue más duro física y mentalmente de lo que mi conciencia es capaz de reconocer. Así que creo que necesitaba más esa calma, esa seguridad reconfortante que cualquier baile o formalidad social.

Nunca me imaginé que estando lejos, tan sola y desubicada fuese tan duro. O quizás lo es porque no estoy sola. Llevo desde que llegué rodeada de gente y siento que no correspondo, que no soy lo suficientemente buena. Y eso. Me hace llorar.

Y me recluí, como princesa en estos muros al sentir todo el peso de mi osadía, al entender que mi mente y mi piel son de un animal humano.

Y no me arrepiento.

Porque puse al día mi cuerpo, mi colada y mis pensamientos. Escribí e hice fotos. Grabé un vídeo y me rodeé de niños en la escuela. Planifiqué mis siguientes pasos en Madagascar con reservas y decisiones y comí cada día con Djaolyn Ernest, excomandante de la Marina de Morondava, e intenté abrirme, solo a él en este pueblo.

Y a pesar del francés y el calor… me dejé cuidar.

E igual ese es el problema. Que no estoy… acostumbrada.

Escrito en Santiago de Compostela el 27-11-18 

Sobre experiencia en Morondava el 17, 18 y 19-11-18


Antananarivo

Parte día 10 y día 11: Antananarivo

Al llegar a Antananarivo todo cambia. Todo.

Aterrizo en la capital por una escala de 24 horas y a pesar de que en el vuelo me abrieron la maleta robándome cosas relativamente importantes, no le dedico ni medio minuto, porque no tengo tiempo de enfurecerme. Cierro la mochila ultrajada, la cargo a mi espalda y negocio un taxi.

En ese viaje hacia el hostel se produce el cambio. Noto que queda atrás el cansancio y la excusa del idioma, el shock por lo extraño y también… el miedo. Como si todo se hubiese quedado en Morondava o como si en esa última comida, Djaolyn hubiese roto el maleficio que me mantenía inerte ante la belleza de este país.

¡JODER ESTOY EN MADAGASCAR!

Es absurdo, lo sé, pero pareciese que hasta ahora viajase en piloto automático (el de la supervivencia) y aunque todo trascendía en mí, no lo estaba digiriendo. Siempre me pasa, al puntual décimo día conecto, y empiezo a sentir un lugar. Cuando lo entiendo, cuando ya empiezo a mimetizarme en él. Pena que me queden 5 días nada más…

Y una vez en ese estado, todo parece increíble: el taxista es además cantante de ópera y detallista, por la ventana solo veo belleza cuando días atrás me generaba otras emociones, en el hostel puedo al fin hablar inglés y estar cómoda. Por lo que apenas secarme al salir de la ducha bajo corriendo las escaleras para disfrutar de esta paz con una merecida THB y una cena.

Y hace… fresco. No me reconozco al decirlo, pero lo echaba de menos.

Me siento ya en Madagascar y aquí, en su capital, se produce un punto de inflexión importante, aunque este país seguirá sorprendiéndome dudo mucho que vuelva a dejarme K.O.

Vencí.

Y la sensación es tan embriagadora que a pesar del dinero, el cansancio, las marcas de dureza en mi piel, sé que quiero repetir de esta droga. Pronto.  Y eso que aún estoy… aquí. Una yonki, una adicta a la adrenalina de superar todos tus miedos y demostrarte una vez más que puedes, aunque seas de carne y hueso.

Y claro que puedes. Cada día.

Pero si por algo recordaré Tana es por tropezar con la inmensidad de su mercado a la mañana siguiente, y a los pocos minutos, me localiza y se pega a mí, Lila, una niña de unos nosecuantos pocos años.

Me conozco a esta clase de buscavidas. Ella no es más que una Tom Sawyer creyéndose más lista que cualquier blanco. Y ahora, con distancia y reposo, quisiera escribirle todo lo que me guardé de decirle por no hablar un mismo idioma:

“Somos extranjeros Lila, no estúpidos.

Sé de tus artimañas, sé que tus bromas y carantoñas son prefabricadas, sistemáticas y carentes de toda emoción y sentido. Aún así, a pesar de querer evitarte y alejarte de mi camino te mantuviste a mi lado. Supiste leer lo que me incomodaba y alejabas a otros niños, a otros Tom Sawyers que, a pesar de no entenderte, seguro les decías frases tipo “alejaos, esta vahaz es mía”.

Hasta que finalmente empecé a confiar en ti. Sabía que no ibas a robarme y vi que sí intentabas guiar a esta blanca cabezota por las mejores zonas del mercado. Me protegías de vendedores y ya decías tú por mí que no.

Y empecé a querer agarrar tu mano, después de habértela rechazado tantas veces.

No iba a darte dinero y creo que tú ya lo viste en mis ojos, pero aún así confiabas en sacar algo más de mí. Y en eso sí podía conceder. Empiezo comprando un puñado de lychees para aprender de ti el cómo comerlos. Te los di, pidiéndote permiso cada vez que quería uno, haciéndote entender que eran tuyos. Atesoraste ese racimo con obediencia y responsabilidad, como guardiana de algo importante que no es suyo. Pero sí, eran tuyos. Y cuando lo entendiste me arañaste el corazón al verte regalar la fruta a otras personas que te tendían una mano.

– Lila, dame lychees – estoy segura que te decían

– Te doy dos, pero uno es para ti y el otro apara ella –  creo que decías señalando con pulso firme al bebé que llevaba en brazos.

Y me fascinó la forma de relacionarte con los que son como tú.

Después compré una ensalada de fruta por pura curiosidad de probar el mango en vinagre, y te entregué la bandeja con prácticamente todo su contenido.

En cuanto se acercaron 3 niños pequeños, me miraste, y entendiste que te autorizaba a repartir entre nosotros cinco el contenido de ese recipiente de plástico.

Me estrangulaste el alma con tu generosidad y cariño.

Es cierto que posiblemente no sea puro altruismo, un buen amigo al comentar con él esta historia, me hacía ver que posiblemente fuese un acuerdo no escrito donde impera el “hoy por ti, mañana por mí”.

Pero me daba igual.

Me fascinaba nombrarte la tesorera de mi no fortuna, administradora de mis limosnas, para transformarte a mis ojos de una Tom Saywer a una Robin Hood en madurez.

Y al despedirme, cedí. Contribuí en algo en lo que no creo y te di un billete de 2.000 Ariarys (cuando las limosnas rondan los 100, 200 o 500 MGA).

2.000 MGA. Y tú, creyendo que no ibas a conseguir nada de mí, me demostraste en esa sonrisa y al enseñarme toda esa humedad en tus ojos, que había sido extremadamente generosa… por haberte dado al cambio 50 céntimos.

Acto seguido te hice esta foto, te di algo mío y te abracé. No quisiste soltarme.

Y ahí, en ese abrazo, te quise.

Y no sabes pequeña Lila, lo difícil que es conseguir que yo empiece a querer a un nuevo ser humano.”

Escrito en Santiago de Compostela el 29-11-18 

Sobre experiencia en Antananarivo el 20-11-18


Nosy Be – 1

Días 12 y 13 – Ambatoloaka y Nosy Iranja

Llego al fin al lugar donde sabía que sería feliz, esa clase de lugar que una vez en él piensas que tendrías que haber venido antes. Aún así decidí no hacerlo… porque a este viaje no vine a ser feliz, vine a hacerme mujer.

Al aterrizar en Nosy Be, no me puedo creer que Aysha haya venido en mi mismo avión. Aysha es una viajera solitaria nepalí de aproximadamente mi misma edad, mismo espíritu y que de una forma u otra estamos destinadas a seguirnos los pasos. Me encontré con ella en la Avenida de los Baobabs, en el momento en que la luz era más mágica, y sabiendo que ella estaba en Morondava, la evité. Coincidiendo con ella en el avión a Tana la esquivé, pero estando ambas en un segundo avión, para ir a un tercer destino juntas no puedo seguir omitiendo tanta coincidencia y a pesar de mi recelo por mi reciente independencia, me acerco a ella por fin, porque ya estaba dispuesta a encontrar a mi tribu.

Compartimos en esa isla taxi y objetivos. Desde el primer momento nos ayudamos en la elaboración de planes y búsqueda de alojamiento. Y aunque nos separamos nos damos nuestros contactos, pues las dos queremos hacer planes donde posiblemente nos necesitemos la una a la otra (aunque el tiempo dirá que la necesitaba yo más a ella).

Aysha se queda en un bonito hotel en una playa tranquila, mientras yo, desoyendo sus recomendaciones, sigo dirección Ambatoloaka, el punto más frenético de esta isla. No quiero paz para mis últimos días, busco la guerra.

Aunque voy con todas las dudas…

… y al llegar de noche me da una bofetada en la cara. 

No me siento bienvenida en el hotel y cuando bajo a cenar cargo con esa resignación de quien apuesta todo a una mano y falla, estrepitosamente. Tengo que escuchar una y otra vez a una conciencia burlona que dice… “te lo dije”, mientras emergen de mi mente todas esas frases que leí acerca de ese sitio:

-Es un lugar extraño.

-Hay mucho turismo sexual.

-No dejarás de ver hombres mayores con mujeres jóvenes.

-Será incómodo.

Y todo… era cierto.

Había una última frase que suplicaba que también fuese verdad:

-Si eres capaz de abstraerte de todo eso, verás que es un lugar amable, lleno de diversión y que vale la pena.

Pero mirando alrededor semejaba imposible que pudiese abstraerme, y mucho menos divertirme en un lugar como este. Mirase a donde mirase veía jóvenes mujeres malagasy (mayores de edad, eso sí) preciosas, arregladas y con una mirada a veces de vida, a veces de muerte; al lado, cual llavero o perchero, un hombre mayor (de unos 50-60 años) que a mis ojos todos ellos podrían ser hijos de una misma nacionalidad.

Y nadie… como yo. Pocas mujeres turistas, y menos jóvenes, y menos solas.

Aún así, confío. Había elegido ese lugar por algún motivo, y fiel a mi intuición a pesar de que podría mudarme a cualquier otro punto tranquilo de esa isla, decido quedarme. Y al hacerlo, sé que debo malgastar (o invertir) un día en entender y familiarizarme con este lugar.

Al día siguiente busqué otro hotel donde sentirme más cómoda, conocí en la playa a los vendedores y me amisté y enemisté con algunos de ellos. Me bañé en la playa por primera vez en este viaje, por la mañana (por lo extraño) arropada por una europeidad cómoda, y a la tarde, ya resuelta, en la mejor zona de la playa con los niños malagasy. Fui cuidada y acogida en clubs por el día y todo el mundo (sin condición) me trataba especialmente bien.

Cuando empezaba a sentirme confiada, llegó Aysha a Ambatoloka trayendo atraídos con su magia a nuevos conocidos, para tomar contacto con una noche que a priori me daba escalofríos.

Sin embargo, intentando abstraerme, me dejé llevar por la música. Me fascinaron sus bailes en espejos y me sentí cómoda a pesar de ser tan diferente. Conocí los locales famosos y los desconocidos y empecé a descubrir poco a poco cuál era la clave para que ese lugar sí valiese la pena: ellas, las preciosas chicas malagasy.

Ellas, que incendiaban la noche con sus brillos y caderas me mostraron en apenas pocas horas lo que es el apoyo incondicional de mujer a mujer, destilando por cada poro una norma implícita y sagrada: antes compañera que competencia. Y aunque sí lo había vivido antes, no con esta intensidad, no con esta clase de empatía.

Esta europea blanca que poco podía ofrecer, en esa diversión que tanto dista de la de ellas me sentí incluida y arropada. Me sentí cuidada y sobre mí pusieron todo el cariño. Me ayudaron en las pequeñas cosas y necesitaba ese apoyo, en ese momento.

Ya no me intimidaba ni me generaba desprecio ese lugar, al contrario. Me fascinaba. E intenté, en el tiempo que me quedaba, descubrir todos los secretos de Ambatoloaka.

En el nuevo hotel me seguía cruzando con hombres (a veces solos, a veces acompañados), pero las mujeres de ese lugar me cuidaron, y pude emerger y disfrutar a pesar de su decadencia. También fui dura negociando y madrugué para nada. Fui en un tour a la playa más preciosa que vi nunca (después de haber visto unas cuantas) y me permití seguir siendo egoísta de día y sociable de noche.

Estuve en el agua durante horas, por todas las horas que quise vivir sumergida en anteriores fases de mi viaje. Vestí pendientes por primera vez y dejé salir todo el verano que llevo dentro. Exhumé mis ganas de fiesta y me desquité bailando por todas las horas que quise haber sucumbido en la noche en Morondava.

Y sintiendo que me sanaba y me conciliaba con mis debilidades y fortalezas a dos días de marchar; me permití, al fin, ser despreocupada y vivir al margen de todo. Me perdoné. Y me pregunté:

¿Habrá un lugar para el amor real en esta isla? 

Sé que no estaba en ese bar, ahí había un cariño subastado, pero es posible, que paralelamente en alguna de esas calles ocultas sí hubiese lugar para el encuentro clandestino de mujeres que quieren querer y que tienen que hacerlo a espaldas de los intereses de su propio negocio.

Y me obsesioné por encontrarlo. En conocerlas. Porque si ellas conseguían desbloquear su condición y conseguir sentir más allá de la aparente frivolidad, quizás… yo también.

También yo quería emitir mil luces, luces que pudiesen brillar entre tanta oscuridad.

Escrito en Santiago de Compostela el 03-12-18 

Sobre experiencia en Ambatoloaka y Nosy Iranja el 21-12-18 y 22-12-18


Nosy Be – 2

Días 14 y 15: Nosy Sakatia y Ambatoloaka

A pesar de este cuerpo que se resiente de vivir, tengo que soltar toda la emoción atragantada, todo esto que me rebosa por dentro.

Porque para concluir esta aventura, me demostré a mí misma que la magia llama a la magia, y yo… sigo teniendo ese poder. Así que habiéndomelo merecido, me permití ser libre, en mi último día en Madagascar.

Me propuse ir a Nosy Sakatia y a pesar de ser un destino común en tours organizados, me desafié, y me propuse ir sola, por mis medios. En todo momento, fui cuestionada (por curiosidad y no por enjuiciamiento) “¿pero vas sin tour?”. Sí, quiero intentarlo y si no lo consigo siempre tendré una historia que contar.

Y efectivamente, esa historia habla de negociar taxis con intérpretes, de estar en una playa en obras (pero la más cercana a la isla a la que quería llegar) y rodeada de gente que no creían en mi plan. Estuve durante horas sentada en la arena, viendo camaleones, siendo interrogada (pero nunca intimidada), negociando con manteles y preguntando a cada barco (de pescadores, turistas, o transfers de hoteles) si me podían llevar. Me divertía la simpleza de sentirme segura y no tener prisa.

Hasta que Justin me clavó su mirada y me dijo: Sara, no te preocupes, te voy a ayudar.

Y claro que lo hizo. Porque él tiene un barco y vive en Sakatia. Es el capitán (siempre capitán) de uno de los barcos que saldrán con un guía seguido de turistas y me infiltró, cual polizón en silencio, en el mejor asiento de su barco. Me camufló en un tour que no pagué, me invitó a comer con su padre y a una cerveza con su hermano (algo que rechacé por idiota) y me llevó a nadar con tortugas. Me gustaba la forma en la que me hacía sentir segura, y allí, en ese agua verde con mis gafas prestadas siguiendo a un niño guía hasta encontrar las tortugas, me sentí poderosa por haber llegado a Nosy Sakatia.

Quisiera haberme quedado a vivir una noche en esa isla, pero tocaba volver. Y de nuevo postrada en esa playa en obras tuve que rechazar ofertas que me llevarían a Ambatoloaka. Desconfiaba que mi tuk tuk acordado viniese a recogerme, pero no podía simplemente desaparecer y no ser fiel a mi palabra. Y ahí, en ese respeto, fui aceptada, de piel a piel y el hasta pronto sincero se convirtió en un adiós que me heló el alma.

Pero tengo que seguir mi camino. Y mi camino es de regreso… a un lugar donde cubrirme con ropa pesada.

Llega mi tuk tuk, celebramos el vernos, y aunque siempre estoy asustada en carretera, en ese viaje de vuelta me nutro de esta ansia de libertad. Y estoy… llena.

Ya en Ambatoloaka negocio y preparo un paquete para importar a España, un riesgo en contraprestación a tanto cariño. Es una deuda que va dentro de una caja sospechosa y que me hará temblar a cada cruce de aduanas. Voy a una peluquería, y mi no francés ya sirve para entenderme, pedir y ser orientada por una profesional entregada que trabaja sin luz, y a la que no le tiembla el pulso al hacer o rehacer hasta que mi pelo quede perfecto.

Pelo que sin saber si me gusta o no, sí refleja mi estado de ánimo, lo tan conectada que estoy con ese país y será un buen bálsamo cuando me mire al espejo en los dos días de viaje que me quedan de regreso a casa, sintiéndome más malagasy que nunca.

Y además, en esa última noche con Aysha, me siento despreocupada y salvaje. No importándome estar sola, subiendo a bailar a escenarios, bailar con mujeres frente a espejos y con hombres descubrir nuevas nacionalidades. Ir a una fiesta extraña en Las Sirenas, y quemar el Taxi Be, no importarme el mojarme bajo una tormenta tropical, el que me presten atención, el suspirar por las ausencias y despedirme de quienes sí están. Recibir aprobación por unas trenzas que las representa, en esta blanca bronceada. El sentir felicidad pura por vivir en mi piel.

Y en la que le cogí cariño a Alizee, la chica malagasy que se pegó a mí durante todas mis noches en Ambatoloaka. A pesar de no hablar un mismo idioma, la ayudé en su despropósito, no tuvo éxito pero yo fui buena cómplice de su intento. Y ella, como un ángel intuitivo que lo sabe todo de ese lugar, me guiaba y apoyaba. Me conmovía cada vez que me daba su aprobación sincera, con una mirada comprometida y asintiendo, lento en cada uno de mis movimientos.

Cuando al fin me desarmo, cuando se disuelven todas las barreras (necesarias e imaginarias) tengo que volver. Cuando ya estoy cómoda, morena y mimetizada, cuando ya sujeto oraciones en francés, cuando ya anticipo los problemas, cuando ya sonrío y soltando la melena camino libre, con música en mi cabeza.

Habiendo conquistado Madagascar.

Habiendo sido correspondida por este país durísimo y generoso, cuya dulzura me sobrecogía a cada instante y unas lágrimas latentes y constantes aguardaban el menor motivo para brotar y limpiarme, purgando esta falta (o sobra) de sensibilidad.

Si tenía mal de África antes de llegar ahora tengo mal de amor por África.

Y no sé qué puedo hacer con él.

Toca dejar de sentir que tengo familia en la otra punta del planeta, recibiendo llamadas de Djaolyn quien a pesar de no entendernos, le gustaba saber que estaba a salvo en lugares que él nunca visitó. Toca dejar de estremecerse cada vez que veía a alguien con una de esas camisetas naranjas. Dejaré de saludar y ser saludada sin motivo aparente. Y dejaré la frustración por no poder, no conseguir o no saber.

Y me sorprendo por mi transformación (física y emocional) en solo 15 días. No sé qué hubiera hecho ese lugar conmigo de tener más tiempo.

De allí traje marcas en el cuerpo, sed en mi piel, dolor en mis entrañas y resaca de calor.

Traje polvo cobrizo en mi ropa y la falta de cámara en mi mochila. Temí por mi vida, un par de veces y pasé miedo. Y pena. E indignación. E impotencia

Y no cambiaría nada.

Ni mi pasividad ante lo vivido, ni mi osadía a lo nuevo. Ni ese arrepentimiento por no haber llegado antes a esa isla, para aceptar todas y cada una de las invitaciones.

Tampoco lo tan egoísta y ensimismada que fui allí. Me dio igual todo. Quizás porque necesitaba cada átomo de energía que se cruzaban en mi camino para enfrontarme a Madagascar, sola, en francés y estando (supuestamente) desentrenada.

Pero no es cierto. Mi intuición sigue aquí, mi sonrisa todavía funciona y mi alma todavía absorbe a pesar de su aparente neutralidad.

Pero tampoco es cierto. Hay un corazón que late, sensible y es fuerte. Y sobrevive haciéndose más grande de cada vez. Y también sufre al deshacer mis trenzas al llegar, admitiendo que ya no hay sitio en mi cuerpo para el espíritu malagasy.

Gracias Madagascar, por infligirme tanta dureza con esa sensibilidad.

Porque no vuelvo siendo otra, vuelvo siendo mejor.

Escrito en Santiago de Compostela el 7-12-18

Sobre experiencia en Nosy Sakatia y Ambatoloaka el 23-11-18 y 24-11-18

Sara Horta

Sara Horta

De pequeña soñaba con ser astrónoma y ahora el cine es mi medio de vida. Me encanta el agua y estoy segura que en otra vida viví en un país tropical. Soy ese tipo de persona que habla con los perros y dice “¡mira la luna!”.
Soy una adicta a viajar sola y a la búsqueda de veranos interminables.

sarahortacrugeiras@gmail.com

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