Diario de Tanzania – 2016

Día 01 – Dar es Salaam

Cuatro aviones después, dos despojos humanos: estamos enfermos y agotados.

Ayer solo pensábamos en llegar, olvidándonos del camino, como dice Jairo “dejando que pasen las horas”. Pero en algún punto del trayecto entre Kenya y Tanzania mi mente aletargada despierta despacio al mirar por la ventana: no me ubico en la noche, no sé si el avión está inclinado, si las estrellas brillan demasiado o hasta donde llega esa iluminación tenue de las casas con calles oscuras. Solo veo un negro tapizado de puntos de luz intermitentes que me desdibujan la frontera entre el cielo y la tierra. Ahí mi mente reacciona: ESTÁS EN ÁFRICA!!

JAMBO!

La palabra más escuchada hoy en Dar es Salaam, ciudad que nos servirá de enlace entre los siguientes destinos.

Descansamos, nos ubicamos y empezamos a gestionar los futuros traslados. No me sentí tan abrumada como en India, fue una buena toma de contacto.

En parte sé que es por Jairo. El estar con alguien hace que no te sientas tan vulnerable a esas miradas que se producen de forma natural al ser tan diferentes, tan llamativos.

Igualmente hay que andar con ojo, pero si estás alerta, eres amable y tienes confianza suficiente al momento consigues de ellos sinceridad y algo más que la simple conveniencia.

Descansaremos. Necesitaremos un día más para recuperar salud y humanidad antes de iniciar este viaje.


Día 02 – Dar es Salaam

Aprendiendo qué hacer, qué no hacer, como moverme, el precio de las cosas, mejorando el regateo y ver las tripas de la ciudad.

Tuve miedo desde que compré el billete. No a lo que nos encontraríamos al llegar, sino miedo de ir acompañada. Así de irreal, así de incomprensible.

Conozco a Jairo desde hace años, y desde hace 7 es la persona con la que más tiempo y vida comparto. Tenemos mucho en común y funcionamos como equipo.

El miedo se genera en mí, en como me comportaría. Amé de los otros viajes el estar tan desubicada, tan lejos y tan sola. Amé el escucharme y la adrenalina de valerme por mi misma; algo que sabía que no tendría al ir con alguien, un enlace que te devuelve a tu idioma, tu cultura, a tu vida en España.

Decir que está siendo increíble, estoy conociendo la otra cara de la moneda: el estar tan fuera de lugar, recolocada y vomitada en un punto lejano del mapa, pero sintiéndote a la vez respaldada y confiada hasta el punto de subir una marcha. Me atrevo a intentar conseguir más de la gente, retarlos, invitarlos y regatear más en serio; nos repartimos abordajes y no siento la necesidad de escribir, pues comparto con él sentimientos en cuanto salen, sin necesidad de boli y papel.

Los suelto, al aire.

Aunque me forzaré por aprisionar uno o dos al día que me queden de recuerdo en estas líneas.

Enfrente mientras escribo están Jairo y Matt en el Safari inn, a nuestro alrededor rostros familiares y el bolso con costuras reforzadas está lleno de plátanos preparado para el viaje de mañana, muy temprano a nuestra siguiente fase.

Empiezo a hablar en plural, me acostumbro rápido y me encanta 😊


De Dar es Salaam a Arusha

Día 03 – De Dar es Salaam a Arusha

Estamos en un atasco interesante, no acabo de entender por qué.

Jairo y yo llevamos más de 12 horas en un autobús, subiendo al norte tras una pista, siguiendo una intuición.

En el caos del viaje vimos de todo, casas de adobe y uralitas roídas, campos inundados de agua naranja teñida por el color de la tierra cobriza, hemos dormido, nos hemos drogado y paramos en medio de ninguna parte.

Dirige este viaje la revisora, chica joven y triste. Tristeza en sus ojos, en sus movimientos, en su no sonrisa.

En una de las paradas me retrasé y vino a buscarme. Le sonrío agradecida y ante lo absurdo de la escena de las dos corriendo para el bus le saco la primera sonrisa, y ahí florece de repente en una de las mujeres más guapas que he visto nunca.

Me doy cuenta de que no hay idioma más universal que esa, una llave que abre todas las puertas y te deja ver qué hay al otro lado.

El resto del viaje tratamos, como fuese (y con éxito) de sacarle más sonrisas a esa chica triste.

Otra puerta la abrimos a la hora de la comida en un motel de carretera. Se acerca a nuestra mesa un anciano cabizbajo, sin hablarnos ni mirarnos. Intuyo que busca el azucarero que tenemos y se lo acerco junto con una sonrisa. Me la devuelve, sincera y se sienta con nosotros cómodo a disfrutar de su té.

Incluso me funcionó con un niño la lección aprendida hoy!

Así no los entiendas, así no te escuchen, así no sepas que decir: sonríe y una puerta se abrirá.

La última fue para mí, al mirar al horizonte y ver el Kilimanjaro nevado sobre un manto de nubes. Lo vi de lejos, no lo escalaré, pero ahí estuve observándolo en silencio y sintiendo esa fuerza del icono de un país.

Sonrío en silencio mientras atardece en este autobús que no llega a su destino.

– Mucho escribes, Sara? Eso que no hicimos nada hoy – dice Jairo por el camino.

Tu crees, Jairo, que no hicimos nada hoy?? Hemos visto 500km de continente africano, hemos reído, sufrido, compartido y sentido.

¿Acaso no es esa la definición de un viaje?


Arusha

Día 04 – Arusha

Increíble la sensación que tengo en el cuerpo.

Llegamos ayer de noche a este horrible lugar, ¿y qué hacéis ahí?? seguir una pista.

Esa pista se acerca a nosotros con un cartel que pone JAIRO x2 en cuanto nos asomamos por la puerta del autobús (todavía sin bajar) entre una marea de vendedores.

– HOY NO! Le dijimos a tu compañero que hoy no queríamos negociar nada!! – le suelto en un tono que, ahora me doy cuenta, fue bastante agresivo.

– Sin problema, quedamos mañana. Vengo a ofreceros llevaros al hotel gratis.

Con esa frase me quita la coraza necesaria ante la multitud de vendedores, suavizo la mirada y emerge de mi interior una humanidad dormida por un viaje agotador.

Venir a Tanzania y no hacer un safari es casi pecado. Claro que quiero ir! Estoy en el país del Serengueti y cráter Ngorongoro. Quiero, quiero, quiero ver animales tan libres y salvajes, pero ahora mismo, pagar 500-600€ para 3-4 días de safari no es para nosotros una opción.

Ahora bien, lejos estoy de frustrarme. Soy consciente a lo que llego y a lo que no. Sé que viajar tantos días, tan lejos tiene un precio, y ese precio es quizás el no poder hacer todo lo que quisiera hacer.

Pero… Puedo intentarlo.

Podría tener más dinero, sí, pero podría tenerlo y quizás no estar aquí, en este horrible pueblo luchando por lo que quiero. Esta lucha quizás sea lo más cerca que esté de conseguirlo en base a mis posibilidades, pero eso es ya para mí motivo suficiente para estar orgullosa.

Jairo y yo decidimos invertir 3 días (ida y vuelta a Arusha + perder un día de negociaciones); así como marcarnos un presupuesto de 200€. Teníamos el día de hoy para conseguir que la inversión en días hubiese valido la pena.

De nuevo la magia: a las 11.00am conseguimos cerrar un trato para nosotros inmejorable y lo que es aún mejor, tener todo un día libre que sobre el papel dábamos por perdido. Conseguimos que nos incluyese en el precio una comida en el Lago Duluti y paseo de 2 horas en canoa con guía local, pasando así el día relajados y satisfechos bajo el sol de un lago del norte de Tanzania, escuchando a lo lejos cánticos que no entiendo de alguna comunidad creyente y cantando en alto, “Hakuna matata”, expresión que aquí sí tiene sentido.

Pase lo que pase en los próximos días, el haber aprovechado el día de hoy con Joseph, nuestro guía, es ya una sensación impagable. Además tiene mi total confianza desde que me quitó esa coraza al conocerlo tras ese cartel de JAIRO x2, y hoy empecé a cogerle aprecio cuando consiguió gratis para mí un nuevo refuerzo para ese bolso que al final del viaje será indestructible.

No creo que pueda dormir, nunca habría soñado hacer lo que nos espera los próximos días. Lo contaré al volver. Hacemos las maletas, desconectamos, nos vamos lejos, todavía más lejos.

Gracias por estar ahí


Longido

Día 05 – Región de Longido

Ayer pasamos un día y una noche con una familia masai, en el poblado de Longido.

Me levanto intranquila, la noche anterior vimos una situación de injusticia que nos dejó mal cuerpo y le sumo la inseguridad de no saber en qué consistirá la experiencia, si será real, si será mecánico o siquiera si seremos bienvenidos.

Toda la mañana la pasamos en los alrededores de la boma donde pasaremos la noche, sin sentirnos demasiado cómodos, demasiado extraños.

Nos miran, saben lo tanto que separa una cultura de la otra pero a la vez no les interesamos, o sí, pero no lo demuestran. Son los niños quienes con su inocencia y atrevimiento muestran más curiosidad y afecto. En especial conmigo: la pequeña Nora.

Compartimos el día con Thomas, miembro de la comunidad que vive en la ciudad y a mis ojos más convertido en hombre de negocios que en masai. Promueve proyectos locales que se financian en parte con visitas como la nuestra y se pasa el día volviendo una y otra vez al tema del dinero, algo que me hace estar en guardia, evadiéndome de la experiencia.

La tarde la pasamos en el mercado local, un gran acontecimiento que tuvimos la suerte de ver. Somos dos blancos fascinados en una marea de azul eléctrico y rojo intenso.

Cae la tarde y Thomas se despide, algo que suena a “dame propina”. Se la doy con ganas y no porque se la merezca sino porque estoy deseando que se vaya. Le estoy agradecida, de verdad, pero su presencia hacía que me sintiese como mercancía tendida y subastada como las demás cosas del mercado.

Volvemos a la boma Joseph, Jairo y yo cómodos, perdiéndonos en los caminos y atajando entre maizales. Nos sentamos al atardecer esperando la cena. Jairo juega al fútbol con los niños y yo miro al cielo esperando a que despeje.

Lo hace, cae la noche y veo una estrella entre unos árboles. Al acercarme no puedo aguantar las lágrimas (unos pocos sabréis por qué) al ver ahí tumbada sobre el horizonte la constelación de Orión, en la que veo por primera vez muchas de sus estrellas, en este cielo virgen brillan hasta las más débiles.

Lo sentí y en mi pecho apretó la necesidad de salir y mirar hacia arriba donde veo el cielo estrellado más increíble que vi nunca.

Sin poder aguantar la emoción, brota sin sentido por mis ojos.

Me recompongo en cuanto se acercan los niños. La pequeña Nora durante el día me seguía, me cogía de la mano, miraba los pliegues de mi ropa… Pero es ahora bajo las estrellas cuando le doy el tiempo que necesita para tocarme el pelo, enredando mis sucios rizos en sus pequeños dedos.

Tan lejos de casa, tanta oscuridad, tantas diferencias y sin embargo coincidir dos almas que se entienden en un lenguaje no escrito, haciéndome tan feliz

La naturaleza, el silencio, la brisa, las estrellas y unas manos que revolotean en mis fotos y en mi pelo en un poblado masai, sintiéndome al fin bienvenida.

Quizás tuve que pasa el día apurada para apreciar esa pausa.

Quizás tuve que vivir en ciudades para apreciar ese cielo.

Quizás tuve que conocer a muchos Thomas para apreciar a muchas Noras, y creer con ellas en la luz de una sonrisa



De Arusha a Dar es Salaam

Día 06 y 07: traslado a Dar es Salaam

Ayer fuimos de safari. Un safari de solo un día y a uno de los peores parques, el Arusha National Park. No vimos leones, leopardos ni elefantes; aún así quedará en mi memoria para siempre.

Todo el día subida al jeep, de pié asomada por el techo con los ojos muy abiertos abrumada por las vistas y cientos de animales. Pero lo que recordaré es la caminata a través del parque. No en todos los parques puede hacerse, pero sí aquí, y fue motivo suficiente para decidirnos.

A Jairo y a mí nos acompaña Niaulas, guía-guardia armado que sabe por dónde moverse, por dónde no, qué hacer, que no.

Lo primero que vimos fue una manada de búfalos, y al ser éstos tan agresivos y nosotros estar tan expuestos hace que el corazón comience a batir descontrolado en mi pecho.

Niaulas nos recomienda avanzar sin detenernos pues se dirigen a nuestra dirección. No vienen a por nosotros pero sí estamos en su trayectoria al río. Cada vez que Niaulas gira la cabeza para vigilar que todo está en orden solo miro para su mano, esperando que siga relajada sin tocar el arma.

Continuamos hacia una cascada y finalizamos junto a unas jirafas a 10 metros de nosotros comiendo con indiferencia. A un lado ellas, al otro los búfalos y en la distancia se despejan las nubes para ver el Kilimanjaro.

Me sentí tan vulnerable. Ni todas las balas de Niaulas podrían salvarnos si ellos quisieran acabar con nosotros. Pero no, esos enormes animales conviven con humanos curiosos que de vez en cuando se bajan del jeep para sentir en el terreno la grandeza, y es esa grandeza la que me hace vulnerable. Me sentí pequeña, ínfima, minúscula, insignificante. Me encanta esa sensación, de que nosotros, humanos, no podamos controlarlo todo y que a pesar de lo maravilloso de nuestra propia naturaleza no podamos eclipsar mucha otra grandeza que hay por el mundo.

Volvimos al hostel y preparamos la maleta, volvemos a Dar es Salaam, otro enlace en el camino.

El trayecto se me hizo más duro esta vez. Mi mente dormida da vueltas una y otra vez.

En esta escapada vi una parte de la auténtica Tanzania. Vi jirafas y cebras salvajes, vi un águila sobrevolando el lago mientras remábamos, vimos un accidente, comimos cabra con los masai y una curandera me predijo el futuro. Vimos como un niño dominaba una vaca en la oscuridad con tan solo un gruñido, como la pequeña Nora dibujaba sin sentidos en mi libreta y como el padre nos invitaba a su casa a tomar te. Fuimos en dala-dala, aprendí alguna palabra masai, vestí con orgullo su ropa y acampamos en la más absoluta nada, escuchando el más absoluto todo.

Da igual, aunque no haga nada más en el viaje, no me importa, ya me siento bendecida por haber vivido esto.

Mañana iniciamos nueva fase.


Stone Town

Día 08 y 09 – Stone Town

Siempre que llega este punto me bloqueo. Me pasó en India. Los días que más cosas podría contar y aquí estoy saltándome capítulos.

Estos textos, a la vez de contar lo que hacemos, cada coma y expresión, encierra para mí una sensación condensada a la que volver en un futuro si quiero recordarla.

Quizás otro día vuelva a alguna de las muchas conclusiones que voy sacando, a la gente que nos encontramos en el camino, a la noche de Tanzania que ya empiezo a conocer, a este clima imprevisible o a cómo llegamos al fin a Zanzíbar, isla paraíso que nos morimos por descubrir. Su centro, Stone Town es un entramado de calles imposibles, una trampa donde vendedores, taxistas y guía turísticos intentan que caigas, en esta única ciudad colonial de África del este que me tiene totalmente fascinada.

Principalmente musulmana, es una ciudad que no pretende serlo y se convierte en un gran pueblo con alma, en el que al ver burkas, gatos y puertas talladas hacen sentirte en un país, dentro de otro país.

Aquí llegamos tras otra pista, un local que habla español llamado Marbella. Pretende apadrinarnos pero tras vernos con él acabamos previendo que acabaremos siendo, a sus ojos, unos turistas más.

No lo somos Marbella, no tenemos el dinero de los demás turistas ni tenemos ganas de ver lo mismo que ellos.

– Oíste hablar del Dhow countries music academy? Nos dijeron que hay buena música en directo.

A nuestras preguntas esquivaba la respuesta, una respuesta que no conoce un local sobre un turismo alternativo que a nosotros nos llevó pocos días descubrir.

– Mejor vamos a este sitio que pone música Taarab

– Seguro, Marbella? Es martes, no será mejor ver la actuación en Old fort?

– Oh! No! Mejor aquí!

Y ahí acabamos dos europeos en un hotel caro, sintiéndonos guiris, tomando una cerveza y escuchando a un grupo impostado (algo desafinado) al que han pagado para atraer turistas.

Me siento desubicada, y lo siento porque Marbella, nuestros ojos y oídos en Stone Town, claramente no habla nuestro mismo lenguaje.

Hoy quisimos hacer una excursión con él que pintaba muy bien. Fuimos a Prision island para ver tortugas gigantes (una de 192 años!) y luego teníamos pensado ir a un arenal que aparece con la marea baja en el medio del mar, el medio de la nada.

Subimos al barco y el mar revuelto me hace cuestionar a mi guía, en quien no confío, con quien no hablo un mismo idioma.

– Marbella, esto es seguro?

Él, hábil, intenta despistarme con temas de conversación que a ninguno interesa; pero yo, hábil en detectar estos trucos, le insisto a unos 20 minutos de llegar al destino final, el arenal, mi paraíso.

Le hago ver que sé que la marea está mal, que sé de lo que hablo porque me crié al lado del mar y con casi toda mi familia marinera; que sé que el tiempo en progresión está empeorando así que sea sincero y me diga si cree que podemos avanzar o mejor que demos vuelta. Reconoce que el tiempo está mal y hay una tormenta en Dar es Salaam que podría venir, por lo que es mejor volver a la ciudad.

Ahí estamos, mojados y con las expectativas destrozadas, volviendo a tierra tras una lucha por encontrar la cordura.

Nos damos un respiro y tras un tour de guiris por Stone Town con Marbella decidimos por nuestra cuenta, regalarnos el resto de la tarde.

De repente nos vemos a nosotros dos, sin guía, sin padrino en un particular momento de magia: una terraza, un hotel, unas buenas vistas de la ciudad brindando mientras vemos un atardecer oculto tras unas nubes en un mar apacible; una aparente calma en este tiempo que semeja estar burlándose de nosotros.

Igual no hay que forzar tanto la máquina siempre, no exigirnos, ni marcarnos expectativas.

Hoy lo vi claro. El mejor momento de estos dos días fue en el que nos sentimos libres. Libres de perdernos, de hacer, de no hacer, de tenerle miedo al mar, libre de no confiar, libre de tener que mirarle a los ojos a un vendedor y ponerme seria, sin red, sin enlace. Libre de equivocarse y sobre todo, libre de biengastar o malgastar el tiempo a mi antojo, incluso haciendo la nada.

Y ahí, en ese ejercicio de egoísmo personal, nos sumamos en un brindis, sintiéndonos libres y conscientes. Le damos play a un documental que hicimos justo antes de venir que está ahora mismo en posproducción.

Vernos dos socios, pero sobre todo amigos, compartiendo la experiencia personal de viajar y a la vez ver con orgullo como una máquina creada juntos funciona gracias a una gran familia que hay detrás…

Hoy mis lágrimas cayeron en honor a Manuel María y Saleta Goi, escuchando sus voces por un solo auricular, mientras en mi otro oído vacío entraban sonidos de una conversación en swahili y de la llamada a la oración viendo un tiempo gris que encierra un calor tropical.

Una emoción que llegó sin avisar a esta mente saturada.

Bienvenida emoción, si vienes para tocar tan hondo serás bienvenida siempre

* A tí, que leíste hasta aquí, GRACIAS por permitirme el no sintetizar esta vez, en este post que encierra para mí demasiadas sensaciones.

* Thanks Ceyda, for this magic moment


Nungwi

Días 10 y 11: Nungwi

(Escrito ayer, pero fue imposible conectarme y subirlo. El de hoy, 14 de mayo lo subiré mañana)

Estoy en un puto paraíso. Paraíso de verdad, los de postal.

Agua turquesa, cristalina, arena blanca, temperatura tropical y cocoteros. Puedo al fin vestir pantalón corto y sumergirme en el mar. Y no me siento feliz. Estoy en guardia, en alerta más tiempo del que quisiera.

Nungwi, nos moríamos por venir y con googlearlo sabréis por qué; lo elegimos en vez de zonas cercanas por tener al lado el pueblo, la siempre atractiva vida local.

Llegamos en dalla-dalla y al bajarnos nos sorprendió la aldea que era. Cajelleamos cargados con las mochilas sin sentirnos extraños después de llevar 10 días en el país, por calles de tierra que no aparecen en google maps ni vista satélite. Sin sentido, sin señales, sin vida.

Lo que primero hizo ponerme en guardia fue el no encontrar el hostal donde en teoría estaba su ubicación (aquí no hay nombres en las calles). No está. Preguntamos y nadie lo conoce. A día de hoy todavía no pudimos encontrarlo.

Pasamos al plan B, una recomendación que ya queríamos mirar para nuestra segunda noche aquí: Jambo Brothers.

Encontramos a un hombre de camino, que con una mirada perdida y una lengua que se le trababa nos aborda y de una forma intrusiva como es habitual, nos pregunta si buscamos alojamiento, si buscamos el Jambo Brothers.

Acierta. El pelo se me eriza y empieza a nacer una coraza mientras él nos sigue.

Por el camino encontramos a un segundo hombre, similar al primero (que ahora sé que se llaman beach-boys), también se une y nos acompaña en nuestra búsqueda, convirtiéndonos en una procesión de almas que no acabo de entender. Nunca lo sabré porque de mi piel salieron espinas, arma de defensa personal, una coraza fuerte. Era firme, directa y desconfiada. Ni miradas amables consiguieron desarmarme.

Llegamos al Jambo Brothers, donde la recepción estaba custodiado por otras tres personas, ninguna a quien buscábamos, ninguna siquiera trabajadores. Se acerca desde lejos el dueño, me habla del precio y condiciones, pero yo no podía escuchar al tener sobre nuestra nuca tantos ojos observando en un lugar que estoy sintiendo como demasiado extraño.

Mi neurosis estalla, no le creo al dueño que los bungalows que nos está enseñando sea los de Jambo Brothers y nos fuimos de ahí, buscando otros precios, escapando pero nos siguen en nuestra búsqueda.

Recapacitamos, volvemos, y aunque con la misma desconfianza, ahora estoy dispuesta a escuchar. Sigo ruda, tensa y firme. En este caso nos vale para conseguir un muy buen precio (menos de 10€ cada uno por bugalows individuales en la playa con desayuno incluido).

Nos vamos a la playa, a por el primer baño de Tanzania que tanto necesitábamos, y yo esperando que ahí, en el siempre curador océano, la coraza se fuese desarmando.

Algo que fue imposible. Me da la bienvenida en el agua una medusa y en la arena, mi paraíso, está LLENO de beach-boys, vendedores de souvenirs, tours y drogas. Una ciudad fantasma, o quizás un lugar lleno fantasmas. Almas en pena purgando, expiando los pecados de estar enganchados y/o ser pobres, a base de acosar al turista.

Si con alguien me quedo es con Fátima. Me ofrece tatuaje de henna, hacerme trenzas en el pelo o un masaje. Insiste. Extrañamente se crea un vínculo con ella que no quiero, pero está creciendo. Cada vez que la veo me habla, me sigue, me aconseja y me habla de su vida, su triste vida, sus tres hijos, el no tener dinero y el marido que le pega y se mete demasiada coca. Yo solo puedo pensar en a qué debe estar enganchada ella.

Jairo y yo hoy (ayer) amanecimos mejor. Nos sentimos más cómodos al encontrar por fin en Kendwa, en teoría la mejor zona, la calma que necesitábamos. Nos sentimos durante unas horas solos, libres de almas, libres de acosos.

Volvemos a Nungwi. Jairo se une a un grupo a jugar al fútbol mientras cae el sol y me tomo ese atardecer para mí sola, como un regalo por tener una coraza que funciona.

Esa soledad que tanto disfruto me veo obligada a compartirla con Fátima, omnipresente siempre a mi lado, compartiendo silencio a veces, compartiendo confesiones otras. No le creo pero decido hacerme una trenza con ella. No por la trenza, no por ayudar, sino para pagar mi libertad, o quizás una mezcla de las tres.

Me sorprende su profesionalidad. Me presenta a su jefa y me lleva a un salón donde me harán la trenza. Me sorprende su humanidad, pues mientras su jefa tiraba y hacía, Fátima posaba sus manos sobre mi cabeza, contrarrestando y acariciando, con un cariño que no estaba incluido en el precio.

A pesar de no saber hasta donde llega su sinceridad, esas caricias consiguieron desarmarme al fin, pudiendo firmar una tregua con este sitio, lugar donde la foto no puede ser más increíble, pero alrededor, en ese conocido fuera de campo compruebas que todo paraíso tiene una parte de infierno.

Deseo también que todo infierno, como el que pueda vivir Fátima, tenga a su vez algo de paraíso.

Abrumada por las muestras de cariño, solo espero tener conexión y corresponder!

GRACIAS!! O como digo estos días ASANTE SANA!!!


Nungwi y Kendwa

(Suena muy alto por mis auriculares)

Días 12 y 13: Nungwi y Kendwa

(Escrito ayer día 15)

Ayer 14 fue mi cumpleaños, un hermoso cumpleaños en este lugar remoto que celebré durante dos días. Un fin de semana lejos, desconectada del mundo por segundo año consecutivo. Me acuerdo de Brasil, esa noche y esa historia que algún día debiese ser contada…

Este cumpleaños lo pasé sumergida en mi elemento, en el medio del mar, navegando en un barco que me aleja todavía más de la realidad, y cuya ingravidez me hace tan feliz. Nos entrometimos entre corales y peces tropicales, nadamos con tortugas (gracias Jairo! Por esa experiencia que no olvidaré jamás), comimos en dos playas remotas y cambiamos de planes.

Hoy decidimos mudarnos de Nungwi a Kendwa, a pesar de que ya nos estábamos familiarizando con la gente y el funcionamiento de ese lugar, el cual posiblemente sea el más extraño y surrealista del planeta. Yo por lo menos tardaré en volver a encontrar algo parecido. Inventábamos historias sobre la vida paralela que creíamos que llevaban cada uno de esos personajes que desfilaban delante nuestra, estando segura que por muy disparatadas que sonasen, seguro que en alguna acertamos.

Nos queda la sensación de quizás no haberle dado a Nungwi el tiempo que necesitaba para hacerme sentir en casa, pero el reloj corre, el avión de vuelta nos espera así que decidimos no esperar y darnos un día de falso lujo que al parecer sí podemos permitirnos.

Así que aquí estoy sentada en la arena de un nuevo lugar, al fin desarmada, más morena y con las pilas cargadas después de las experiencias vividas y de recibir vuestras muestras de cariño.

Estoy mirando el atardecer, el cuarto, viendo como se pone el sol, perezoso y mágico al completar una vuelta más que no cesa de girar. Y así de incontrolable me parece mágico que todavía exista algo que se escape a nuestro control, que se escape a la posibilidad de ser encargado o comprado.

Me siento, me pongo los cascos, la música muy alta y no pestañeo observando esa huida veloz, más rápida por estar tan próxima al ecuador, de un sol rojizo en un continuo movimiento; ese sol sobre el que la tierra ha girado 30 veces para que llegara hasta aquí, a esta costa de Zanzíbar poniendo distancia y perspectiva a esa vida que me recibirá con los 30 años.

Los abrazo, con cariño, como quien abraza un concepto abstracto, sabiendo que no duele la cifra, lo único que duelen son las expectativas, lo que la gente o tú misma te marcas para cada etapa de la vida.

Mi único deseo para este año es intentar profesar esta religión propia, intentar controlar las expectativas, creyendo que es el camino más rápido hacia la felicidad, felicidad que a veces me parece estar tocando.

Me lo dijo un día un amigo, igual lo estás leyendo y no sabes que es tuyo, pero me dijiste una frase parecida: Anda ve, deja que te sorprenda, es hermosa!

Hablabas de un lugar, pero desde ese día lo aplico a la vida.

Dejaré que la vida me sorprenda! Es hermosa!

Y lo digo desde un paraíso en la tierra, sintiendo el cariño de los más cercanos y disfrutando de mi treintena con un amigo que es más hermano que compañero.

GRACIAS familia y amigos, sois cómplices de ese espejismo que creo tocar a veces con los dedos.

Fin de mi cumpleaños

O no…


Kendwa y traslado a Paje

Días 14 y 15 – Kendwa y traslado a Paje

Hoy debiera hablar de mi amor a Kendwa. Acabamos de irnos y ya la echo de menos. Día y medio fue suficiente para sentirnos como en casa, fue suficiente para encontrar una necesaria pausa en este viaje increíble.

Nunca jamás me hubiese imaginado un final como este. Un final que me está costando reflexionar, sintetizar y plasmar en frases coherentes. Supongo que todo cogerá sentido al volver a España.

Hemos pasado de ser meros observadores en el corazón de Africa, a sentirnos extraños ante un montón de gente que vende droga en el paraíso hasta por fin encontrar nuestro lugar al fin en esta isla.

De todas las playas de Zanzíbar, la gente es unánime, Kendwa es la mejor. Así lo sabe el mundo capitalista y llena su arena de resorts. Es una zona cara y nunca pensamos en poder estar aquí. Investigando y preguntando encontramos una opción que se ajusta a nuestro presupuesto pudiendo disfrutar de un lugar privilegiado. Me paso dos noches por primera vez en mi vida (que recuerde) en un resort con pulsera, tumbonas privadas, restaurante en la playa y una barrera invisible a beach-boys, que en esta zona no molestan, no venden droga.

Solo quería arena, agua, sol y paz.

Lo obtuvimos, y conseguí además en un lugar a priori sin personalidad, expandirme, abrirme más a la gente. Acabo siendo integrada por los locales, conozco gente, conozco el otro lado de Kendwa, el real, el que no sale en las fotos.

Recorro sus calles por la noche, me mancho y me quemo las manos comiendo ugali con anchoas de pie sobre un barreño cinco personas, bebo coñac con soda de jenjibre mientras la gente ve una película en una tele comunitaria, acabo sobornando a un local, escucho historias a la luz de una hoguera que se enciende cada noche en la playa para reunir a quien quiera participar, me balanceo sobre hamacas, paseo bajo las estrellas y callejeo confiada los barrios nunca transitados por turistas más allá de las inmensas murallas que custodian los resorts, alejándolos de una realidad que intenta mantenerse al margen de grandes construcciones, una realidad que lucha por no ser fagocitada.

Al abandonar el sitio nos despedimos de mucha gente. La sensación de dejar un hogar, un hogar que no nos representa pero que para ambos, para cada uno con su propio significado, tanto necesitábamos.

Más que echar de menos Kendwa, echaré de menos lo que hice y quien fui. Playa en la que me sentí muy libre, muy cerca de quien realmente me siento que soy, con mis estrenados 30 años.

Echaré de menos Kendwa, durante demasiado tiempo, pero siempre al sentir esa sensación de apego mejor moverse, sobre todo si el lugar te llama tanto como Paje me llamaba a mí.

Todo un día para llegar hasta aquí, duros viajes en dalla-dalla y taxis, luchas y regateos pero tan auténtico como siempre. Me intento camuflar en mi medio asiento entre miradas de mujeres que repudian a esta occidental que a pesar de vestir pantalón largo y fular sobre los hombros con un calor insoportable en un autobús que duplica su capacidad real, sigue siendo demasiado indecente. Me abstraigo y solo pienso en el próximo destino, sabiendo que no va a poder superar lo ya vivido.

Me sorprende al llegar. Remanso de vida local, salvaje y ventoso donde los que aprenden a hacer kitesurf se mezclan con rastafaris, musulmanes y recogedores de alga y almejas en una armonía difícil de replicar en otra parte del planeta.

Me siento bien, siento que hicimos bien en movernos de ese gran hogar durante dos noches. Siento que Paje es donde debo dejar salir esta melancolía por fin de ruta, y donde exprimir las últimas experiencias con mi gran compañero en este viaje.

Lugar donde ese viento salvaje te sacuda y limpie las ideas para volver, sanada y despejada a esa realidad que me espera a pocos días de aquí.

Lugar donde reprimir las ganas de llorar.


Paje

Días 16 y 17: Paje

Esto se acaba…

Desde que pisamos Paje lo sentí: esto es justamente lo que me imaginaba que sería la Tanzania que hay en Zanzíbar. No ciudades europeizadas, no bomas masais demasiado diseñadas y decoradas, ni niños vendiendo droga, ni tampoco resorts. En África siempre pensé que vería esto, caminos de tierra o arena, niños pidiéndote dinero y otros jugando con ruedas de bicicleta, niñas tímidas ayudando a sus madres y recolectores de algas y almejas; palmeras, cocoteros y aguas turquesas salvajes y vacías.

Los primeros a quien conocimos aquí fueron un grupo de masais de la zona de Ngorongoro, que como en todas las playas de la isla por el día recorren su arena vendiendo joyería, mientras por las noches custodian hoteles, con el machete a la cintura y la bravía de que muchos (algunos fanfarrones) dicen haber matado a un león. De algunos de ellos tengo además mi propia teoría, pero me la guardo para agrandar ese misticismo que los rodea.

Nos entendemos bien con ellos, en general el haber pasado el día en Longido hace que en cuanto vienen a hablarme los saludo con un “TACUEÑA” (“Hola” dicho por mujer en lengua masai) y que una sonrisa gigante ilumine su cara y me respondan con un “ICO” (estoy bien). Chocamos nudillos, apretamos la mano y chascamos los dedos.

– Eres la única mzungu (gente blanca) que conozco que habla masai!

– No, Mosses no hablo masai, solo se decir esas dos palabras – replico sin insistir, ya que no quieren creerme y yo no quiero quitarles esa ilusión.

Además en ese primer encuentro, acabo encontrando la posibilidad de comprar un regalo extraviado para reponer así mi falta en la muñeca.

El primer día en Paje, tras cambiar de bungalow, fue increíble. Habitación a pie de playa, ir en bikini al agua, y del agua todavía mojada a la hamaca a balancearte a la sombra de las palmeras. El Jambo, además de alojamiento tiene un bar que regenta Asante, popular en la zona y atrae a su barra a lo largo del día a locales y amigos. Ahí empezamos a integrarnos con su gente y en especial con Omar, quien se convirtió en el gran apoyo que impulsó un final de viaje increíble. Nos sentimos bien recibidos y sentimos que está a gusto con nosotros, hace que de forma instantánea se formen lazos que durarán al menos estos dos días.

Tras reunirnos como cada noche en la hoguera conocidos y desconocidos, perros y gatos, decidimos poner rumbo a una fiesta con la gente del Jambo.

– Pero a dónde vais con chancletas?? Dejadlas aquí, a donde vamos nos las necesitáis – dice Omar capitaneando el grupo, botella de tequila en mano.

Sonrío, me encanta la idea.

Llegamos al local paseando por la playa bajo una gran luna llena, y nos sorprende comprobar que allí ya conocíamos a mucha gente. Bebemos, bailamos y reímos hasta que vemos aparecer entre la gente al gran grupo de masais. Mosses y los demás se alegran al vernos y retiembla entre la arena un enorme “TACUEÑAAAA” “ICOOO!!”

Bromean con mi pelo y Jairo vacila con ellos, como el “King of the masais” que dice ser, ofreciéndome al mejor postor a cambio de vacas. Oferta y contraoferta toda la noche en una broma que lejos está de ofenderme. Pero entre las apuestas hay una que suena sincera, en su mirada tímida noto ternura. Es muy joven, sin los dos dientes y parece perdido. Me saca a bailar con su inocencia en un baile masai extraño pero que me deja ver la humanidad bajo esa apariencia tan diferente.

Dos mzungus entre masais, locales y otros turistas dejándonos llevar a ritmo de bongo flava descalzos sobre la arena.

El segundo día en Paje, alquilamos unas bicicletas para pedalear a la izquierda estas carreteras africanas e ir en búsqueda de otra de las mejores playas de la isla: Jambiani.

Omar viene con nosotros, y disfrutamos cómplices los tres de un inmejorable último día en Zanzíbar entre piscina y piscina, entre salitre del mar, tumbonas, monos y sandwiches para despedir en silencio la sensación de verano y despedir un paraíso que tanto Jairo como yo sabemos que tardaremos en ver algo igual.

La vuelta al bugalow fue increíble, pedaleando mientras cae el sol y gritando “Jambo! Mambo!” a niños, mayores, conductores, peatones, vacas y cabras. Las mujeres, a pesar de ir yo de pantalón corto, no me reprochan con miradas y me responden con un alegre “Jambo! Poa!!!”

Cenar, despedidas y hoguera antes de hacer la maleta, esa maleta que ya no cesará de caminar hasta entrar en casa, después de haber recorrido mil y una historias a mi espalda.

Me quedo con la sensación de conocer mejor Tanzania después de concluir estos dos días. Sobretodo a los zanzibareños, los tanzanos del continente y a los masais.

En Longido tuvimos contacto con su cultura pero tuvimos que venir aquí para ver cómo se desenvuelven por el mundo. Aunque les encanta su vida ahora, aunque beben y trasnochan, aunque tienen Facebook y Whatsapp en su tono desarmo una melancolía por su familia, su estilo de vida, su lugar en el mapa. Lo desarmo en el brillo de sus ojos al escuchar esa palabra que me encanta gritar al aire entre una sonrisa ante cualquier desconocido: TACUEEEEÑAAA!!!

Si a alguien os la digo en los próximos meses, por favor, responderme con un gran ICOOO!!! Y corresponderé con una gran sonrisa masai.

Esto se acaba…


Regreso a casa

Suena reagge en toda la isla

Días 18 y 19. Regreso a casa

Paje – Stone Town – Dar es Salaam – Nairobi – Amsterdam – Madrid – A Coruña/Oviedo

El último día en Tanzania es una bonita metáfora de este viaje, de Paje deshacemos el camino andado, paso a paso, dalla-dalla a dalla-dalla, taxi a taxi y ferry a ferry hasta volver al origen Dar es Salaam acabando nuestra última hora con el primer conocido. Tarde de cervezas y piscina con Matt mientras cae el último sol y cena que cierra este círculo perfecto. Círculos que tanto me gustan. Principios y finales. Y tras el final un nuevo principio.

Ante nuestra quedan muchas horas antes de llegar a casa. Tenemos una transición suspendida en el tiempo viajando entre países antes de llegar al lugar donde hay quien nos espera.

Me veo a mi misma decaída, sin fuerzas intentando escribir en esta libreta una conclusión a un viaje increíble, pero sigo con la mirada perdida y la mano quieta en diferentes puntos del trayecto…

Hemos estado de aventura en el paraíso, pero esa clase de paraíso que encierra algo más. Si hubiésemos ido del aeropuerto al hotel en la playa en un taxi con cristales tintados habríamos estado en un lugar que tanto podría ser Zanzíbar, Cancún o Maldivas. Daría igual. Pero, si decides caminar al margen del camino fácil, conoces algo que va más allá que una foto perfecta.

África no es perfecta. No.

África está en sus calles sucias, en sus niños gritando Jambo! En los dalla-dallas imposibles, en las conducciones temerarias, en la mezcla de culturas, en la lucha con su gente, en el ferry con los residentes, en sus calles sin luz, en los masais por todas partes, en el ritmo que tienen, en sus ganas de fiesta y en la agresividad de sus ventas. En las miradas que te agradecen y en las que te repudian. África está en su forma de hacer que no encajes, en su forma de hacerte sentir fuera de lugar, en la gente que camina descalza y pierde sus sandalias. En los ejecutivos, los universitarios y en los que piden para comer. En el desorden y en cómo encuentran su lógica, en la lluvia de billetes en el autobús, en el que no te den las vueltas, en que se quieran aprovechar, en el que te ayuden, en el que te quieran engañar, en el que te asusten, en el que hacen que estés a salvo. En desconfiar y en confiar, en entenderte y en no entenderte. En sus shillings, en la fruta y en la sencillez. En sus mosquitos, sus ratas, sus cucarachas. En su arena blanca, agua cristalina, atardeceres mágicos, en su verde salvaje y sus animales enormes. En la falta de perros y en la sobra de gatos. En su “hakuna matata” y en su “pole pole”. En la gente en bicicleta y subida a camiones. En su variedad, en su color y en su cariño. Está en nuestras diferencias y en todo lo que nos une.

África no es perfecta, no.

África es única y en ella me sentí especial, me sentí acompañada, resguardada y protegida. Me sentí bien recibida y que encajaba. Me sentí fuerte, brava, tímida y desafiante.

Transitaré en estos aviones filtrando y vaciando esta mente hiperestimulada, para que desde que llegue, desde que abrace a los míos, pueda empezar a quemarse ese nuevo rasgo en un lienzo ya moldeado. Se está tatuando con fuego y de forma automática y permanente algo que nadie podrá quitarme, jamás. Un tesoro apegado al alma que luciré con orgullo como los demás conseguidos en anteriores viajes. Y no puede hacerme más feliz en este caso compartir esta fase de crecimiento personal con quien tanto llevo vivido.

Jairo maduramos juntos, cada uno a nuestro ritmo y en nuestro tiempo, pero me alegra que por una vez hayamos subido un escalón juntos. Será difícil explicar esta experiencia, lo enseñado y lo secreto, lo que supuso para nosotros y lo increíble que ha sido. No entenderán por qué lloramos sin motivo. No tendremos palabras y la gente no lo podrá entender porque no sabremos explicarlo, pero sé que a ti podré mirarte a los ojos y al decirte eso de “te acuerdas cuando…?” En tu mirada y la mía lo sabremos, sin necesidad de más palabras, que hemos vivido una experiencia para recordar toda la vida.

Cómplice y amigo, me has entendido, hemos compartido y nos hemos reído, mucho, cada día, permitiéndome ser bruja, salvaje y libre.

Me siento agradecida por crecer a tu lado. Te quiero Jai.


Sara Horta

Sara Horta

De pequeña soñaba con ser astrónoma y ahora el cine es mi medio de vida. Me encanta el agua y estoy segura que en otra vida viví en un país tropical. Soy ese tipo de persona que habla con los perros y dice “¡mira la luna!”.
Soy una adicta a viajar sola y a la búsqueda de veranos interminables.

sarahortacrugeiras@gmail.com

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