Diario de Filipinas – 2017

Manila

Día 01 y 02 – Manila

Me subo a mi primer avión (de 11) en el primer día (de 29) aún asfixiada por la presión. Presión por lo que dejo atrás y por lo que está por venir. Presión de tener un blog e igual no tener nada que contar y presión de venir tan lejos y que quizás no signifique nada.

… o sí…

Aterrizo en Manila tras demasiadas horas de vuelo y la llegada es complicada. Con mi mente al 40% me enfrento a trámites para recuperar mi mochila perdida y lucho por no caer en trampas de taxistas en un país que visito por primera vez.

Anulada me rindo en el hostel, me recluyo entre cuatro paredes mientras este sitio rebosa vida, una vida que es imposible afrontar con mi media humanidad.

Me quedo a dormir dándome por vencida pero sabiendo y autoconvenciéndome de que sí: conquistaré Filipinas!

Aunque no lo crea, aunque no sepa ni por dónde empezar…

… o sí…

Me despiertan los gallos, montones de gallos de no sé qué parte de la ciudad anuncian que ya es de día. Pongo un pie fuera y encuentro el contraste de Asia y América, gente viviendo en la calle al lado de rascacielos, Mcdonalds y 7eleven; y carreteras invadidas por triciclos de colores y jeepneis americanos.

Voy a donde se supone que tengo que ir pero paso de largo. No me atrapa ni el paseo marítimo, ni Intramuros, quizás un poco Chinatown. Igual el ir contra reloj y tener tan poco tiempo para ver Manila hace que camine y camine y camine… hacia ningún sitio… y acabo yendo más al norte, tras descifrar el metro, para llegar al cementerio chino de Manila.

Es una pequeña ciudad de grandes casas donde dentro viven los muertos de familias pudientes, pero que con el tiempo, o la falta del mismo, están totalmente descuidado en una decadencia triste.

Sus calles, vacías, se interrumpen con la presencia de perros, gatos y extraños humanos que salen del interior de sus tumbas. Encuentran en la casa de un muerto su propio hogar.

Es demasiado extraño para seguir sola en ese lugar y vuelvo al hostel pero no para descansar. Me marcho, como si de una escala se tratase recojo mi mochila y marcho en la noche de esa Manila extraña, deseando llegar por fin a mi destino.

La conquista está lejos pero sí siento que vencí la primera batalla.

SARA HORTA. Manila, 03-02-2017


Día 03 – De Manila a Batad

Estoy tirada en un café de Banaue, en la cordillera remota de Filipinas tras leer que aquí están las terrazas de arroz más famosas del país. También leí acerca de Batad, un pueblo entre montañas todavía más remoto, donde ninguna carretera ni señal llega hasta allí. Para llegar hay que bajar a pie la montaña entre caminos de lodo y altos escalones empedrados de arrozales.

Quería ir.

Quería ir a Batad y quería dormir en casa de Ramón, pues había leído que es un gran anfitrión… Y sí, había leído, había leído… en los libros. Ahora estoy aquí, tirada en esta cafetería de Banaue después de 10 horas de autobús nocturno sin apenas descansar, queriendo ir… pero estoy sola y sin un plan.

Desayuno, observo y pienso. Decido primero buscar un lugar donde dejar mi mochila, a donde quiero ir no puedo cargarla.

Conseguido.

Descubro que excursiones van y vuelven a Batad en un día con guía, por lo que la solución viene a mí: lucho por conseguir medio viaje, solo quiero billete de ida y si alguien me guía, mejor.

Conseguido.

A las pocas horas viajo nerviosa con mi pequeña bolsa hacia Batad.

Llegamos en Jeepnei al acceso por carretera más cercano, pero el camino que se presenta ante nosotros es largo y duro.

Caminos resbaladizos me tienen ensimismada descendiendo por la montaña, con todos los sentidos alerta pendiente sólo de dónde pongo los pies. No es hasta llegar a casa de Ramón cuando veo al fin, con el corazón abierto, los arrozales de Batad.

Y no defraudan, ni Batad, ni Ramón.

Tras mi primer plato de comida caliente en Filipinas, con la sensación de haber llegado a casa y rodeada de un grupo increíble (que se convertirán en grandes compañeros); siento que aunque desee parar y descansar, no puedo no seguir los planes que se precipitan: trepar por arrozales, ver cascadas y cómo se desmoronan montañas; comer arroz fresco, tomar café local y saludar a la gente que permanece impasible suspendida en el tiempo.

Acabamos la noche fría cenando en grupo, me atrevo con la danza tradicional y escuchamos historias sobre cortadores de cabeza alrededor de la hoguera en casa de Ramón, mi anfitrión estos días.

Al fin cesa mi viaje. Llegué.

Caigo rendida en la cama de una habitación humilde en la casa de madera que es capaz de detener el tiempo; y aunque soy consciente de que las agujetas no me dejarán moverme mañana, este lugar consigue marcar un antes y un después en mi estado de ánimo.

Desde mi ventana, los arrozales, y escucho llover… siempre llueve en Filipinas, pero es tan hermoso aquí que pareciese que la niebla y la lluvia fuesen inventadas para este lugar.

SARA HORTA. Batad, 04-02-2017


Día 04 – Batad

– Buenos días Ramón! Hoy es domingo, ¿habrá misa hoy en el pueblo? – pregunto al tener curiosidad real por primera vez.

– Sí. A las 9:30

– ¿Tú vas?

– Sí

– ¿Puedo ir contigo? – quisiera ver cómo viven la fe en una zona tan rural de uno de los países más religiosos del planeta.

Se sorprende con mi pregunta. No debe ser una actividad que demanden normalmente los turistas.

– ¡Claro! Hoy además es un día especial. Hace un año que falleció el abuelo de Marlyn, y se celebrará un ritual en su casa. Deben remover y limpiar los huesos de los familiares fallecidos y todo el pueblo participará en una comida en su casa. La familia sacrificará un búfalo y comeremos juntos. Serás bienvenida si quieres venir.

No lo pienso. Ni medio segundo.

– ¡Voy contigo!

– De acuerdo, salimos a las 9:00

Desayuno emocionada en la terraza de su casa esperando a que llegue el momento de bajar con él hasta el centro del pueblo. El cielo despeja para verlo azul por primera vez. Estoy tremendamente feliz.

Solo hay una única cosa que me devuelve a la realidad y estoy bastante preocupada por ello: no pude avisar a la familia de que desconectaba tanto y tan de golpe durante 3 días. Sí sabían que vendría aquí, pero no cuándo. En verdad me angustia, haré que la primera persona en subir al pueblo envíe recado.

Son las 9:00 y Anamaria, Regina, Manu y otros compañeros del hostel se unen a nuestro plan. Bajamos por las empinadas piedras de los arrozales para llegar al fondo del pueblo donde está la iglesia y la casa de Marlyn.

Allí, algunos rituales me son familiares. Reconozco Amén y Aleluias, pero aquí quien habla es el pueblo, quien escucha, el cura. Quien quiera puede levantarse y compartir con la comunidad sus preocupaciones o sus deseos. No entiendo nada.

Canto con timidez siguiendo un libro con las letras en en su propio dialecto, sueno tan ridícula y a la vez me siento tan bienvenida que no me importa, continúo participando a mi manera de un domingo en Batad, de un silencio que me desbloquea los sentidos.

Tras la misa, ya a media mañana en casa de Marlyn se reúnen todos los vecinos para el despiece del búfalo. Se cocinará una parte y se repartirá la otra. Es todo demasiado intenso. Me siento intrusa en su casa, rodeada de la gente del pueblo y escoltada por Ramón.

En un extremo están apoyados cuatro sacos con los huesos de cuatro personas, al otro un animal desangrado y por todas partes, gente.

No siento. Mis sentidos estan tan inhabilitados que no soy consciente de lo que hay alrededor, el olor tan fuerte a animal abierto no me deja pensar y mire hacia donde mire hay sangre, vísceras y partes de carne cruda.

Llega la hora de la comida, primero los niños, y después uno a uno nos van ofreciendo carne con arroz servida en parte de tronco de banana. Está cocinada, pero no tengo hambre, aún así no puedo rechazar la comida de quien te abre las puertas de su casa ofreciéndote una carne para ellos tan valorada.

Comparto con Manu, Ramón y el resto del pueblo esta comida. Pruebo el búfalo dejándome llevar por estar entre ellos, lo más de igual a igual que sé, participando y agradeciendo, siempre, el estar aquí.

Y agradezco estar con Ramón. Él es para Batad, lo que Batad para Filipinas: imprescindible.

Lo recuerdo en la iglesia por la mañana, es el segundo en salir a hablar ante todos. Da un discurso sobre las motivaciones que le llevan a intentar ser una buena persona; nos lo traduce al inglés, lo que me hacer ver que somos bienvenidos. Agradece con los ojos llorosos que escuchemos cuando soy yo la que quiere escuchar.

Se emociona…

Y yo también. No sabiendo por qué. No soy creyente y no entiendo lo que dicen, pero estar aquí escuchando a esta gente abriéndose, emocionándose mientras por la ventana escuchamos los gritos del búfalo que comeremos… es… intenso.

Me duele oírlo, me desconecta el no entenderlos, y aún así lloro ante este cura sin sotana en este altar sin pan de oro, en la iglesias más humilde y verdadera en la que entré nunca.

Y he rezado sin saber, como si alguien pudiese oírme.

Me siento un poco más creyente, no sé de qué… supongo que de la humanidad…

… y en las motivaciones que como las de Ramón, si consiguen hacer más creyente a esta mente perdida, sin duda podrán mover el planeta.

SARA HORTA. Batad, 05-02-2017


Día 05 – Batad

En mi mochila llevo una bolsita que mi madre me ayudó a preparar.

Desde hace algo menos de un año, recopilamos por casa objetos que a nosotros, provistos de todo tipo de cosas materiales, nos hacen gracia por un día pero que al siguiente olvidamos en cualquier rincón de la casa. Si veo que es capaz de interesar a algún niño en la otra punta del planeta, lo robo y lo meto en una bolsa.

Antes de viajar, si preveo ir a un sitio donde hay niños lejos de la sobre-estimulación moderna lo preparo, con ayuda de mi madre, y lo llevo conmigo.

Ese paquetito está ahora conmigo en el interior de una escuela de Batad.

Los niños son tímidos, aquí la gente es muy recelosa de su intimidad. Manu consigue que seamos invitados a participar en una clase y, a cambio de compartir el material con la profesora, podemos fotografiar y grabar.

La clase de inglés va sobre las emociones, identificar sentimientos y expresarlos en inglés. Me parece precioso, me tomo en serio la lección y participo.

Al acabar los niños salen para ensayar una representación, y es en ese momento cuando aprovecho para entregar el paquetito a la profesora, para que sea ella, a su juicio, quien reparta su contenido con los niños.

Ella, agradecida. Yo más, al desprenderme de algo tan material e insignificante, para que los niños aquí, sin yo verlo, lo transformen en algo con mayor significado.

Por la tarde, tras despedirnos de Manu, Joana y yo nos damos una tarde para caminar, admirar y compartir silencios. Exploramos por nuestra cuenta adelantando a grupos con guía, ya que nosotras, tras tres días aquí, nos conocemos los caminos.

Niños, montones de niños por todas partes. Aquí viven felices sabiendo que existe internet y videoconsolas, pero no parece hacerles falta. Corren de forma suicida por estos caminos delscalzos, mientras nosotros, los no criados en Batad, necesitamos botas de montaña y bastones para caminar.

Pasan bastante de nosotros, están acostumbrados a ver gente de fuera, pero supongo que no les interesa nadie nuevo que no venga para quedarse. Pasamos por aquí vagando y purificando, pero quedar, construir y ayudar, ninguno.

Y eso los niños lo saben.

Sé que tampoco yo me quedo, pero Batad sí se quedará en mí.

Seguimos. Busco una banda para el pelo que le vi a una chica en la iglesia y acabamos la tarde Joana y yo subidas a uno de los mejores miradores.

Compartimos agua, chocolate y confesiones mientras cae el día. Congeniamos.

Volvemos antes de quedar sin luz. Mientras hablamos de que al llegar a casa de Ramón nos daremos un masaje en nuestra última noche; en medio del camino, siguiendo los pasos y la conversación con Joana, el tiempo parece detenerse y me quedo en silencio paralizada.

A mi izquierda, en una casa próxima juegan tres niños despreocupados con unos globos de colores.

No sé con certeza si son los que yo traje pero en mi paquetito sí había globos de esos colores y ese tamaño.

Aunque no lo sean me doy cuenta que en otra parte del pueblo habría otros niños igual que ellos jugando con un yo-yó, comiendo con cucharas de animales y llevando pulseritas de cuentas de colores.

Me atribuyo de forma incierta el haber dado ese momento de felicidad a los niños, sus risas y lo que hablan, sin entenderlos, me llena el alma.

Sonrío en silencio guardando ese instante para para mí no compartiéndolo con nadie. Ni con Joana.

Solo lo hubiese compartido con mi madre de haber podido. Me acuerdo de ella, sabiendo que al igual que a mí, le haría feliz este momento. Así que por nosotras, guardo este momento de recelosa intimidad.

Siento una extraña felicidad, hoy en la escuela no me enseñaron la definición precisa.

Quizás… me siento un poco Robin Hood. Por haberos robado sin haberlo sabido ni pretendido y por haberlo entregado sin estar presente; y que el destino, el todopoderoso destino, me lo devuelva en forma de esas tan sinceras y sonoras carcajadas.

Te las dedico mamá.



Día 06 y 07 – de Batad a Siquijor

Supongo que conquistas un lugar cuando el transporte deja de tener ningún misterio para ti.

El poder moverte con libertad y conocimiento te da… poder…

Y hoy fue ese día, (refiriéndome por hoy al día de 36 horas que me llevó llegar de Batad a Siquijor), hoy fui poderosa en Filipinas.

Nos vamos. Es hora. Joana y yo subimos montañas hasta la carretera más próxima, a por el triciclo dirección a Banaue.

– Tenéis jeepney contratado?

– No, queremos coger un triciclo por 300 pesos

– ¡Es muy barato! – nos cuestiona la gente del pueblo nuestra decisión de ir sin un guía – No lo conseguiréis a ese precio.

– No importa. Si no lo conseguimos esperamos a coger el jeepney de las 2pm

Solo hay dos al día y no siempre se garantiza que salgan.

– ¡Igual no tenéis! – nos disuaden.

Llegamos al saddle y buscamos sin éxito un triciclo al precio que queremos pagar.

Los conductores se ríen y se niegan con la expresión de – ya pagaréis lo que nosotros pedimos cuando os veáis atrapadas sin salida.

Tenemos tiempo, estamos informadas y sabemos que en una hora es muy probable que haya un jeepney. Nos armamos de paciencia dispuestas a montar un improvisado campamento cuando un jeepney privado que sale vacío hasta Banaue accede a llevarnos por 300 pesos.

Conseguido.

En Banaue hacemos tiempo, comemos y nos ponemos al día con conexión a internet por primera vez en días. Hablo con la familia, me disculpo por desaparecer.

Encontramos allí a Elena y Lukas, una pareja especial con la que compartimos tiempo en Batad, y juntos montamos una improvisada oficina en un restaurante. Durante horas los cuatro preparamos ruta, después de caminar juntos toca despedirse, otra vez.

El autobús nocturno Banaue-Manila se hace durísimo esta vez. El aire acondicionado me enferma y mi respaldo imposible reclinarlo me tiene en vela toda la noche. Cuando llego a Manila tengo ganas de llorar. Agotada, solo pienso en el largo día que me queda por delante hasta llegar a Siquijor.

Son las 4 am y estoy tirada en Sampaloc, a las afueras del centro de Manila. Sin muchas más opciones cogeré un taxi al aeropuerto y allí esperar lo indeseable a que salga mi vuelo.

De nuevo, dos ángeles. Encuentro a Elena y Lukas, como esas luces que aparecen al final de un túnel.

– Sara, ¿vas al aeropuerto?

– Sí, iba coger un taxi ahora.

– Si quieres vente con nosotros, vamos a un hotel muy cerca del aeropuerto, de allí podrás ir andando si quieres. No iremos en taxi, buscaremos un jeepney o autobús. Será más barato pero tardaremos más tiempo.

– Perfecto, tiempo es justo lo que me sobra.

Así, sin planear recorremos calles de madrugada, que me sorprende la tanta vida que tienen a esas horas.

Encontramos mini-van.

– ¿Vas a Baclaran?

– No, voy cerca, subir. Donde os dejo podéis coger un autobús

Subimos. Bajamos. Buscamos autobús. Subimos. Bajamos. Caminamos y llegamos al fin al hotel.

Desayunamos y Elena y Lukas esperan conmigo a que se haga de día. Con los primeros rayos de sol nuestros caminos se separan, cargo mi mochila a la espalda y dejo a los dos ángeles para ir hacia el aeropuerto.

Triciclos me abordan “¿to the airport?”

– No gracias, puedo ir caminando – digo con seguridad suficiente como para que dejen de insistir.

Llego a la terminal, facturo y todo correcto. Como de nuevo me sobra tiempo decido, sintiéndome libre de la mochila, ir a protestar e intentar conseguir una recompensa por haberme perdido la maleta al llegar.

Empiezo en la propia terminal. El personal del aeropuerto me informa de cómo proceder: reclamación online. Suena mal, suena a que nunca llegará a ningún sitio.

Decido ir a la propia oficina de la aerolinea.

– ¡Oh mam! ¡Eso está en otra terminal y necesitarás ir en taxi ida y vuelta e igual ni te dejan pasar!

– No importa. Me sobra tiempo. ¿Tengo que ir en taxi? ¿No hay jeepney?

No me hace gracia gastar unos 300 pesos ida y vuelta por un taxi

– Sí, pero tienes que salir del aeropuerto para cogerlo. Es complicado llegar.

– Si me indicas por dónde empezar a caminar intentaré llegar.

Encuentro jeepney ida y vuelta por 14 pesos y tras pasar controles y ser interrogada infinitas veces, accedo a la zona de oficinas de la terminal internacional del aeropuerto de Manila. Allí tras protestar en mi ingles titubeante pero de forma muy insistente consigo salir del aeropuerto con un billete de $50.

Me da pena cambiarlo por pesos, ese único pedazo de papel impreso tiene mucho valor para mí, más que los 2400 pesos que me darán al cambio, es el trofeo por haber conseguido salvar los obstáculos que te ponen delante si decides salir del camino establecido.

Pero salí al margen, y lo conquisté. Y me siento más orgullosa por ello.

De Manila avión a Tagbilarán. Triciclo del aeropueto al muelle, ferry de Tagbilará a Siquijor y último triciclo que me lleva al fin al hostel en la playa, que aunque no veo al llegar, su sonido, en alguna parte me mece en una dulce recompensa por haber confiado, por haber sido poderosa en Filipinas.


Día 08, 09 y 10 – Siquijor

Estoy sentada en la sala de espera del puerto de Siquijor, la conocida como isla mística ya que la rodea un halo de chamanes y brujería.

Le tenía tantas ganas… y ahora solo pienso en salir de aquí. Como sea.

Estoy esperando el ferry como quien espera al barco de Caronte. Con la moneda en mi bolsillo. Como un alma. Como alguien que no es dueño ni de sí mismo.

No sé qué sentir. No sé ni sentir ahora mismo. Estoy bloqueada…

Podría escribir sobre lo que hice y lo que vi. Pero no me sale. Podría contaros sobre las playas, el qué sentí al recorrer la isla en moto a lomos de Niki, la tanta gente que conocí, lo que sentí al nadar con tortugas y los por qués guías de Apo Island me llevaron a mi sola por el agua a lugares donde nadie más visita… salí a cenar a buenos locales, hice botellón a escondidas y estuve en playas para mí sola,…

Podría contaros todo eso y más… pero solo siento contar el cómo me asfixia este lugar y que necesito salir de aquí… escapando no se de quién o de qué. Así que con un impulso que no se de dónde sale, sin darme cuenta llego a esta sala de espera de la terminal de ferry.

La ventana abierta deja entrar un viento salvaje que me agita la melena mal recogida. El cielo oscuro y el mar enfurecido me augura que no será un buen viaje. Pero me da igual.

Pasa a mi lado un matrimonio de ancianos muy ancianos, viejos y deteriorados caminando despacio con la templanza de quien conoce demasiado de la vida.

Me enternecen. No se cómo pero consiguen que esta alma dormida despierte de un largo sueño de 3 días y 4 noches bajo el embrujo de Siquijor.

Podría quedarme, lo pensé. Estar una noche más y no dejar que la isla me venciese pero no quiero luchar contra lo que no sé que estoy luchando.

Desde que llegué todo fueron señales de que este lugar no es para mí. Al coger el primer triciclo a medio camino, de noche, pinchamos una rueda. Tras el primer día empiezo a tener síntomas de una gripe que me esmero en cuidar. Se rompe mi cámara de fotos (algo que hace mucha mella en mi estado de ánimo). Tuve un problema en la reserva del alojamiento de mi próximo destino, playas que no me gustan, cascadas que me son indiferentes,… y me vi rodeada de gente pero sintiéndome muy sola.

La isla me anula. Quise ir y quise hacer, y así, como quien no es dueña de sus actos, me vi obligada a conceder y no hacer. Me arrepiento y me avergüenzo, y por ello, me voy.

Como quien descubre que un hechizo se conviernte en un embrujo, dedido salir. Escapo. Adiós

Los ancianos regresan. Comprobaron su puerta pero no es la hora.

Como todas las cosas que aunque parezcan casualidad es imposible que puedan serlo, de todos los sitios libres que había en la sala (que eran muchos) se acaban sentando, una vez que un chico se desplazase para dejarles el sitio a ellos, a mi lado.

Y efectivamente, como si fuesen curanderos y detectasen un alma decaída, llegaron y se sentaron para darme calor.

El hombre no habla, la mujer intenta ponerse el jersey para protegerse de este viento extraño, y yo, atraída como un insecto a la luz, la ayudo y le sonrío.

Y ella a mí.

Me habla con una paz que solo las sanadoras pueden tener y con su hilo de voz y el amor que desprende consigue hacer la pregunta que desata todas las emociones

– ¿Estás sola?

– Sí – digo por primera vez con la voz entrecortada.

Tengo un nudo en la garganta, la anciana consiguió desbloquearme: me doy cuenta de que así lo siento después de estar en esta isla rodeada de gente me sentí sola. Tremendamente sola. Sí, rodeada y sola.

La anciana sigue hablando y a cada nueva pregunta consigue desbloquear todas esas emociones dormidas. Me cuesta muchísimo aguantarlas y no desprenderlas al aire para que ese viento violento se las llevase.

– ¿De España? Estás muy lejos de tu casa…

Y su cara de compasión es tan sincera que me devuelve a la vida, y yo solo quisiera abrazarla para siempre.

Llega mi turno, llega Caronte. Me toca ahora pasar, purgar, transitar y sobrevivir a la decepción de quien quiere ser y no puede. Tengo que subir a un ferry que sé que será durísimo. Ellos se quedan, saldrán en el siguiente.

Es la hora.

Me suelto la melena, algo que siempre me da fuerza, y me pongo en pie. Me despido de los ancianos con los ojos congestionados, e intento desprender el mayor amor que sé.

Me pongo en la fila, y cuando es hora de cruzar la puerta que al fin me sacará de esta isla miro por primera vez hacia atrás, buscándola a ella una última vez. La encuentro mirándome, me sonríe y la expresión con la que me dice adiós, con la mano, con los ojos y con el alma; desata unas lagrimas incontrolables, lágrimas de quién ha sido bendecida sin haberlo merecido.

Quizás no entendí este sitio o quizás soy demasiado sensitiva como para poder estar aquí sola, sin la ayuda de esa mujer.

Quizás Siquijor está maldita, pero también en ella hay luz, la vi, esa clase de luz que brilla más fuerte por haber surgido de entre las sombras.


Día 11 – De Siquijor a Loboc

El ferry no perdona. Dentro da más miedo que haberlo visto desde fuera.

El barco golpeándose contra el muelle y yo con los ojos cerrados me obligo a no abrirlos hasta que lleguemos al destino. Cumplo la orden hasta que con alguna sacudida que me sobresalta los abro por inerciay veo a través del cristal un horizonte oscilante que divide un mar y un cielo que parecen estar enfadados, el uno con el otro.

Sé que quiero ir a Bohol, es la isla más selvática. Hay un sitio en el interior, Loboc, al que quería ir por un alojamiento en concreto. Ahora, al perder la reserva, no se si tiene sentido ir a allí o buscar… otro lugar.

Subí a este ferry sin saberlo, y ahora me siento tan perdida y mareada como decepcionada por asimilar que escapé como una fugitiva de Siquijor.

Supongo que mi expresión desencajada no pasa desapercibida cuando un marinero uniformado y elegante me saluda con énfasis, como si ya nos conociésemos.

Me recordó a un niño. En el viaje de ida, en este mismo ferry quise refrescarme la cara y la frente intentando despejar el agotamiento. El grifo, inerte, parece reírse de mi.

– ¿No funciona? – le pregunto a un niño de camiseta roída

– No, mam

No pasa nada, sonrío.

Aprovecho el viaje y voy al baño. Al salir, me tropiezo con un cubo lleno de agua, agua que a mis ojos valía miles de euros. Miro a un lado y ahí está ese chico, con cara de orgullo y una sonrisa cómplice.

Esa sonrisa…

Me costó reconocerla hoy, al verlo de un blanco impoluto. Tenía la cabeza mucho más alta. Parecía haberse convertido de niño a hombre en tan solo tres días. Ya era marinero entonces, pero en mi mente reconstruyo que ojalá esos galones fuesen entregados al ser tan buena persona.

Sonriente y resplandeciente en un barco que se agita, su mirada tranquilizadora consigue calmarme, me da a entender que todo irá bien.

El viaje muy movido. A mi alrededor gente vomitando y gente asustada. El aire acondicionado me obliga a ponerme el pantalón largo y la chaqueta. Al revolverme en mi asiento desprendo un aroma que no me es conocido. Un aroma que me transporta sin querer a un hogar.

En Siquijor llevé la colada a casa de una vecina del hostel. Al recogerla me la devolvió tan doblada y cuidada que al recordarlo me hizo sentir a gusto y a cada nuevo movimiento, ese aroma que no me es conocido me transporta sin querer a un hogar. No el mío, otro.

Por suerte falta poco para llegar, pero todavía no sé a dónde ir. Llego a Tagbilaran muy tarde, igual demasiado tarde como para conseguir llegar a Loboc. Puedo intentarlo, o… cambiar. Ir a Alona Beach o directamente a Cebú, la siguiente parada, olvidándome de Bohol.

El ferry se para. Tardó cinco horas en vez de tres en llegar y hace más de una hora que salía el último jeepney a Loboc. Tengo que esperar a la mochila, parar un triciclo, negociar un buen precio e ir a la estación de jeepneys en la otra punta de la ciudad… y no confiaba que fuese a funcionar.

Con un impulso, como un resorte automático me despido con prisa de los nuevos conocidos (que sin saberlo, seguiríamos en contacto a lo largo de nuestro viaje); me cargo la mochila y voy a por el triciclo. Dejo en manos del destino una decisión que no doy tomado por mi misma. Si llego al jeepney, si todavía está (esperando por mi) será que es mi camino visitar Bohol; si no, si ya no está, me quedaré en cualquier lugar de este sitio sin encanto a pensar, descansar y recalcular.

Pero sí, cogí el jeepney, llegué al centro de Loboc, me subí a una moto y directamente me llevó al Stefanie Grace Paradise Inn. Este modesto resort es más caro de lo que que quisiera pagar pero todas mis otras opciones no estaban disponibles.

Entro y a pesar de que es muy tarde, sale a recibirme el dueño, un filipino de unos 65 años muy amable y educado.

– ¿Sara? ¡Te estaba esperando! – dice en un perfecto español

Y estoy segura de que con esas palabras y con esa sonrisa consigue romper el maleficio que traía en mi maleta ya que en su casa consigo arreglar mi cámara, consigo de nuevo cama para el lugar al que quería ir, y además tengo… piscina, habitación individual y… agua caliente.

Me relajo al fin y descanso sabiendo que ya no soy presa de ningún encantamiento, sabiendo que estoy donde debería estar y aprendiendo que puedes encontrarte un hogar incluso a millones de kilómetros, bastará con saber apreciar un cubo de agua, un aroma a flores o un abrazo en tu idioma.


Día 12 y 13 – Loboc

Llevo unos cuantos días atascada en escribir algo de Bohol, valió la pena en verdad, pero no sé por qué, no me sale…

Escapando de Siquijor me quise refugiar en el interior de la selva, pero por algún motivo esta isla no me daría alojamiento cómodo y constante para el descanso que necesito. La primera noche en el Stefanie Grace, a la mañana siguiente coger maleta, empaquetar de nuevo y moverme; a donde voy solo me dan cama para dos noches, después empaquetar de nuevo esa mochila con ropa sucia y mal doblada de quien hace y deshace la maleta demasiadas veces, demasiado deprisa.

Así que por eso supongo que si Bohol no me quiere allí, yo respondo no sabiendo que decir de el.

Pero a pesar de las prisas, sí tuve mi pequeño momento de magia. Todo empezó una mañana en un trayecto de 10 pesos en un bote viejo de madera, un bote que cruza el gran río que separa el pueblo de Loboc, que separa mi hostel del sendero que me lleva al pueblo por el camino más corto.

El camino trancurre entre palmeras, cocoteros, arrozales y humildes cabañas de nipa, entre tendales y perros guardianes, ríos y caudales. Está muy poco transitado en una mañana de mucho viento. Escucho crujir los troncos y mecer las hojas. Apuro el paso mientras ese sonido me embriaga y me hace mirar hacia arriba, por si cae algun coco.

Cuando llego a la primera zona habitada, me empiezan a ofrecer las omnipresentes motos y triciclos. Aquí la gente nos ve a los extranjeros como gente con mucho dinero. Sí tendremos más que ellos, pero no por eso queremos gastar y gastar y gastar. Y muchos de nosotros (como yo) no tenemos tanto. Cada vez que les digo “no” un leve signo de indignación aparece en su cara, por no querer darle trabajo esta españolita pudiente. Ahora bien, en cuanto ven que efectivamente no vas en taxi porque igual es caro para ti y te metes en transportes públicos, en el mismo que ellos, que prescindes de barreras de privacidad y exclusividad; te fusionas al momento con ellos y esa mirada de indignación se convierte en una de apoyo, y te ayudan… hasta el final.

Así pasó con Joseph, él estaba en su casa y yo al pasar por delante negué su servicio de triciclo. Quince minutos después él se dirigía al centro mientras yo seguía caminando

– Sube, el viaje es gratis – me dice con una sonrisa

Agradecida subo y me deja no en el pueblo, sino en el propio jeepney que tenía que coger.

Agarro mi bolso

– No, mam, es gratis.

– Si Joseph, lo sé. Pero quiero que me des tu teléfono, si necesito triciclo estos días, te llamaré.

Mi primera parada del día es en el santuario de los Tarsiers, ese mono diminuto que solo existe en Filipinas y que es tan sensible que muere si está en cautividad, y que cualquier sobresalto puede hacer que se suiciden.

Al acabar vuelvo a necesitar un autobús. En la parada un grupo insistente ofreciéndome alquiler de moto. De nuevo se indignan con mi negación, no les entiendo, pero sé que en un primer momento se burlan de mí, se creen que estoy perdida. Pero no, sé donde estoy y sé que no quiero pagar por un viaje en moto 10 veces el precio de un jeepney que sé que pasará por ahí.

Así que de que ven que estoy allí, 40 minutos al sol con ellos, mientras juegan a las cartas y paran a comer, es suficiente para que me miren de otra forma y me ofrezcan su sombra, su comida, su agua y acaben haciendo guardia por mí para vigilar de parar el autobús mientras me relajo y escribo.

La última parada del día era en las Chocolate Hills, uno de los puntos más representativos de Bohol que atrae a manadas y manadas de turistas en autobuses.

Todo el mundo me lo decía: la cantidad de gente que hay hará que la experiencia no sea especial. Aun así debieras ir, porque es increíble.

Tenía tiempo, quería intentar conectar con las Chocolate Hills pero al llegar sé que será difícil. Manadas de turistas peleándose por un pedazo de barandilla donde sacarse la mejor foto… pero yo venía preparada.

Decidí venir en autobús para poder quedarme aquí, sin mirar el reloj, incluso hasta que hiciese de noche. Montaré una oficina improvisada en el punto menos bonito (y menos concurrido) de este mirador esperando paciente a tener un cara a cara íntimo con esas montañas.

Ser es un horizonte increíble. A día de hoy no tiene auténtica confirmación científica lo que deja paso a mitos y leyendas. Quizás me quede con la historia de que son las lágrimas de un gigante triste.

Aunque poco me importa cómo se formasen, ahora estan ahí para mi, coronadas con un manto de hierba que el viento al moverlas hace que cobren vida. Parecen sacadas de un cuento, parecen el hogar de un millón de hadas

Lo disfruto y aguardo paciente al atarceder, confiando que temiendo a la noche, los autobueses y la gente fuese desapareciendo. Consigo, no sé cómo, abstraerme de la gente que pasa por delante, y me centro, mientras leo y escribo en lo que es constante frente a mí

cuando alguien me toca en el hombro. Es Niki, con toda su aura, aparece trayendo con ella todo el recuerdo del embrujo de Siquijor. Aquí compartiremos cuarto de nuevo, sin haberlo planeado, como si el destino me quisiese decir que debo aprender la lección de la que quise escapar.

Compartimos ese momento hasta que ella, y el resto de gente, sucumben a mi plan y abanadonan ese lugar, temiéndole a la noche.

Resistiré, hasta que me saquen de allí o hasta que sea hora de mi ultimo autobús de vuelta.

Quedamos poca gente y me impaciento el imaginar lo tan mágico que sería ese sitio en el atardecer, en una luz que no tardará en llegar.

Pero supongo que tendré que volver para saberlo, porque un manto de nubes cubriría ese lugar encantado y aunque frío, gris e incluso algo triste me da el mejor de los regalos, uno que ni yo misma hubiese imaginado: la lluvia. No la temo. Me protejo y resisto, me agacho bajo un saliente y cuando para de llover, siempre para aquí, compruebo que lo conseguí. A poco de hacerse de noche y tras la lluvia, tengo un tiempo de soledad, una cita íntima con ese lugar, con ese mágico campo de montañas redondas.

Un momento donde imagino estar en un cuento… pero un cuento que no me quiere allí, un cuento donde la mochila de nuevo tiene que abrirse y cerrarse en otro lugar, fuera de ese mundo de hadas, mundo de hadas que supongo no es para mí


Día 14 y 15 – Mactán Island

Estoy en un hostel que es una auténtica casa de locos, pero locos de verdad, de los que salen en las películas de terror. Como en un circo de variedades, como en un antiguo espectáculo de feria, transitan frente a mí auténticos personajes de locura, con muchos de los cuales, comparto cuarto.

El hostel es moderno, pero tan descuidado y sucio, que en él siento por primera vez… asco… de no tocar paredes, de no usar su baño. La encargada, una ladyboy pasota y borde que si pudiese hablar sin abrir la boca o caminar sin mover los pies, lo haría. Sus amigos usan las instalaciones comunes del hostel como si fuese su propia casa, entre ellos una chica tímida y un señor extraño de grandes colmillos que siempre va sin camiseta. En mi cuarto una pareja de japoneses que estoy segura de que viven en una realidad paralela ya que pasan a través nuestra como si fuésemos fantasmas. Ella, acuclillada sobre sus caderas en la cama lee sin parar un libro infantil mientras se mece a sí misma, durante horas. Y Albert… él es quizás el más cuerdo de los locos aunque su fija mirada de ojos enormes cuando te hace preguntas incómodas, para después reír, a carcajadas, con ese pelo canoso, largo y rizado, crispado… me recuerda a un sombrerero loco y automáticamente me veo tomando el té en esa mesa sucia, en una atmósfera irreal mientras siento que pierdo el tiempo, en el peor lugar del mundo.

Llego al ecuador de mi viaje y estoy deseando que pasen las horas, y eso… no debe ser bueno.

Por la mañana intento desayunar en esa cocina usada y asearme en ese baño húmedo. Me frustro al ver que el tiempo, un temporal de lluvia que amenaza con no parar, me tendrá allí retenida en esas paredes de terror.

Como quien espera una señal, miro el reloj del móvil con insistencia, todavía faltan 8 horas para mi vuelo… desespero…

… cuando recibo un mensaje de Wendy.

Conocí a Wendy y las demás en un ferry lanzadera que cogí el día anterior cuando no sabía qué hacer, cuando no sabía a dónde ir. Fui errando de bus en bus y ferry en ferry sintiéndome una desterrada frustrada y sin un plan hasta que llegué a Cebú.

Una vez allí cargué con mi mochila de 15kg para buscar bajo un calor asfixiante una buena opción para pasar la noche. Pregunté, busqué oficina de turismo, me marearon, nadie sabía donde estaba… Fui al ayuntamiento, a la policía y finalmente un agente me acompañó a la delegación del gobierno de turismo en Cebú.

Allí no saben responder a mis preguntas y definitivamente… me rendí. Reservé habitación lo más cerca del aeropuerto para dejar que pasen las horas hasta que salga mi vuelo. Me quiero ir.

Evitando pagar taxis, encontré el ferry lanzadera que me lleva a Mactán Island, donde conocí a Wendy.

Hoy ella se acuerda de que quería ir a la playa y en el mensaje que recibo lamenta que el tiempo no me lo permita.

Seguimos hablando.

– Puedo acercarme ahí, tomamos un café en tu hostel y después te llevo al centro comercial si quieres, es mi día libre.

Leo y se hace la luz, veo que quizás pueda tener un plan, aunque se me ponen los pelos de punta pensando en que pueda meter a esa buena mujer en este lugar de película.

– ¡Sí, Wendy! ¡Me encantaría! Pero si te parece, mejor quedamos en un café o bar, en el hostel no estoy muy cómoda por lo que podemos vernos en otro sitio, más cerca de tu casa para que no tengas que desplazarte, no me importa coger un triciclo.

No contesta

Miro la pantalla del móvil esperando una respuesta cuando leo: “Llamada entrante de Wendy Lapu-Lapu”

– ¡Hola Wendy, buenos días!

– Sara, mira… Mi casa es humilde, no está muy limpia y está llena de trastos… pero si ahí no estás a gusto haz la maleta y te recojo, vente para mi casa. Aunque no es gran cosa, estarás cómoda.

Casi empiezo a llorar. Ella, auténtica filipina generosa, sentía un absurdo complejo sobre su casa humilde, no muy limpia y llena de trastos. Suponía que los europeos estamos acostumbrados a otro tipo de casas, pero sí, no deseo más que moverme de ese hostel de sanitarios modernos para irme a donde sea, pero un lugar que me haga sentir bienvenida. Y ella, amigable y hospitalaria me está liberando de las cadenas en esa jaula de grillos donde perder la cordura era mi siguiente paso.

Cojo el triciclo hasta la estación Shell Tamiya. Llueve, llueve como hasta ahora no había visto llover en Filipinas. Wendy me está esperando a mí y a mi gran mochila con un paraguas y una sonrisa

– Vamos, vayamos a mi casa a dejar las cosas.

Me ofrece un techo ante esta lluvia y me da un abrazo que me calma la ansiedad por sentir que estoy perdiendo el tiempo. Me arropa al fin en un lugar que me acepta, me da un hogar por unas horas.

Abandonamos la carretera general y con ella, las aceras, el asfalto y el cemento. Caminos de tierra convertidos en lodo por la fuerte lluvia me hace resbalar un par de veces. Wendy me sujeta y se ríe.

Me ofrezco a que, ya que tenemos tiempo, podría ir al mercado y comprar algo para cocinar comida española. Se ríe.

– Vayamos primero a mi casa, después podremos ir juntas al mercado

No me creo la felicidad que siento al respirar profundo mientras me mojo los pies y resbalo en esos caminos de tierra.

Para llegar a su casa cruzamos un terreno arenoso a modo de zona comunitaria de los vecinos. Ahora está llena de baches y charcos, pero me imagino tardes soleadas donde los niños seguro que pasarán horas jugando.

El interior de su casa comunica con la explanada por un ancho pasillo. En él, un mostrador lleno de dulces y un escritorio con ordenador.

– ¿Tienes una tienda? – había visto cientos de ellas en todo Filipinas

– Sí, una pequeña tienda donde los niños vienen a comprar caramelos y un ordenador con conexión a internet, que por unos pocos pesos pueden usar para jugar.

– ¡Entonces no solo eres ama de casa Wendy! ¡También eres empresaria!

Se ríe.

La tienda da paso a su cocina y sala de estar, quita el plástico protector la televisión “por las goteras”, se ríe de nuevo. Siempre se ríe. La enciende, me ofrece una silla y su carácter filipino me recuerda tanto a la hospitalidad española y sobre todo gallega…

– ¡Siéntate! Deja la mochila por ahí. ¿Quieres un café?, ¿una cerveza? ¿Como que nada? ¿Segura?

Se levanta, abre la nevera y saca una Red Horse de litro bien fría. Dos vasos de la alacena y brindamos con cerveza. Escuchamos la televisión y la lluvia. Llueve de forma constante sobre el techado de esa casa humilde que me hace sentir en familia.

Hablamos de su casa y de la mía, de cómo funciona Filipinas y España. Sobre nuestras familias, sobre sus viajes y los míos.

Bebemos, brindamos, reímos y nos olvidamos del tiempo, de la lluvia y de las diferencias.

Me ofrece su comida, abrimos más cerveza y se sirve de su propia tienda para traer bolsitas de patatas.

Cuando los niños salen del colegio aparecen, poco a poco a comprar chucherías y jugar con el ordenador. Ella se disculpa por levantarse y dejarme en la cocina sola. Mientras los atiende aprovecho para asomarme por la puerta para ver desde una pequeña distancia, desde esa trastienda que es su hogar, cómo entrega caramelos, conexión y útiles a sus vecinos.

Su gata naranja y embarazada aparece ronroneando entre mis piernas y me mira con su único ojo, y es ese único ojo lo que me hace tomar conciencia de lo tan increíble que es ese momento…

Parece todo irreal, ese gato, esa casa filipina, Wendy vendiendo caramelos y esa lluvia que no cesa, que casi me retiene en esa casa de locos. Parece tan irreal como magia, como un sueño consciente. Sigo respirando profundo y me sigo sintiendo feliz. Ese tiempo con ella me recuerda a las largas sobremesas con familia, entre café y café, entre bizcochos y aperitivos, entre el cariño y la simpleza de quién ya no necesita nada más.

Bastó sentarme a su lado en ese ferry, bastó que ella empatizase conmigo al buscar una referencia de precio, bastó que compartiésemos triciclo, y bastó el que yo me sincerase y dijese en voz alta que no estaba bien; para que ella, hasta entonces desconocida, me abriese la puerta de su casa y de su vida y se cayesen los muros que tanto ella como yo creíamos que nos separaban.

Pasan las horas, y llega el momento que tanto deseaba, tengo que coger ese avión para marcharme lejos; aunque ahora esa mujer con su sentido del humor me hace ver que no tengo por qué seguir escapando. Aún así me acompaña, Jeepney tras Jeepney, paso a paso hasta el aeropuerto, hasta que nos despedimos en la puerta de control.

Para llegar sorteamos charcos, mancho los pies de barro (otra vez) y ella, en cuanto llegamos a la carretera, compra agua en una bolsita por un peso para lavarme los pies con cariño en la lluvia, en esa Shell Tamiya. Soy una más, casi con los pies descalzos, por caminos enlodados lejos del asfalto… sin ser tan diferente, pues también ella va casi descalza y también se limpia sus pies manchados.

Te agradezco tanto el haberme dado ese día Wendy, me diste con tu hospitalidad y humildad la calma y el sosiego en este viaje de escalas y sin paradas. Tenía que contarlo al mundo.

Temías que señalase las diferencias, pero solo agradezco, de corazón abierto, que haya gente como tú en el mundo. Me has hecho sentido una igual y una más en tu vida, vida que quizás tu veas como sucia, humilde y llena de trastos, pero yo solo veo una vida verdadera y completa.

Te deseo lo mejor. Ten fuerza para seguir sanando y rescatando a gente que vive en auténticos mundo de locos.


Día 16, 17 y 18 – Boracay

Y por fin… Boracay

Tengo tanto de contar de Boracay como de esconder. Lo amé tanto como creí que lo odiaría, fue tan fácil como difícil, y era tan fuerte el deseo de ir tan que al final no quise marcharme.

Allí fui yo. Gané alas. Mi risa fue más sincera y mis miedos más pequeños. Boracay consiguió al fin relajarme y al hacerlo pude ser libre… y enseñarle quien soy al mundo.

Pensé mucho si venir o no. Genera amor y odio. Durante el viaje preguntaba uno a uno a los viajeros que me encontraba, buscaba argumentos para ir o no ir. Quienes no estuvieron me daban los mil motivos por los que no la habían incluído en su ruta; sin embargo, los que sí, de forma unánime me decían que fuera a Boracay.

Y creyendo que conseguiría unas vacaciones dentro de mis vacaciones llegué a esta isla diminuta, isla en la que solo encontraría una playa (aunque una de las mejores) abarrotada de turistas, hoteles y restaurantes. Sabía que odiaría su falta de personalidad. Creía que Boracay no sería Filipinas… pero qué equivocada estaba.

La temperatura, los colores de las tantas luces en la playa por la noche, así como las palmeras perfectas hacen que al llegar en un bote suicida, sienta que hice bien en haber elegido este lugar.

Me encuentro cómoda. Un buen hostel con buenos compañeros. Buena comida, tranquilidad, sol y playa. Paso mi primer día descansando al fin de este viaje itinerante, buscando los motivos para poder enjuiciar por mi misma si Boracay vale o no vale la pena. Es turística, sí… pero es una clase de turismo que no acostumbro a ver. Asiáticos por todas partes, con extrañas ropas y artilugios; mientras el atardecer, intenso y duradero, se toma su tiempo en teñir el cielo de intensos colores. Su luz transforma a mi alrededor a esas personas y personajes de extraños a hermosos, esa luz crea sin quererlo belleza en todas partes.

Por la noche la playa da paso a música y ambiente. Salgo a buscar un lugar para cenar pero camino y camino y camino…. sobran bares, aún así doy la vuelta y sigo caminando, caminando, caminando…

Freno, pienso, y me veo a mí misma sin saber qué mesa elegir. Nunca tuve problema en comer sola, pero en ese precioso y festivo lugar donde la gente va a disfrutar con familia, amigos y pareja, al estar sola me siento vulnerable, me hace sentir avergonzada.

A los 10 segundos borro esos conceptos de mi mente y solo por pura testarudez que nos caracteriza a los tauro me siento en la primera mesa que veo, aunque sea sola, en ese bullicioso lugar. Ahí me doy cuenta de que Boracay es tan vibrante y frenético que nadie se detiene a mirarte, y mucho menos a juzgarte. Pido en mi anonimato y saco mi libreta, esta constante compañía.

Mientras divago aparece frente a mi una de las mujeres más hermosas que vi nunca, con esa clase de belleza que tiene quien no pretende serlo a pesar de su pelo rubio y ojos azules, de su figura esbelta y andar delicado.

Se sienta en la mesa de al lado, y está… sola.

Empatizo al momento. No sé los paseos que daría hasta decidirse a elegir esa mesa; si esa mesa la estaba llamando, o quizás al verme, a esta solitaria que escribe, fue suficiente para sentarse y pedir, en el medio de toda esa gente.

No soy capaz de estar callada, y así como quien tiene la osadía de meterse donde no le llaman aprovecho el primer cruce de miradas para espetarle un rotundo, aunque sonriente “¿estás sola?”. Se le ilumina la cara y con su expresión de alivio y agradecimiento, sin mediar más palabra de por medio, coge sus cosas y se sienta a mi lado.

Hablamos durante horas, me explica sin yo preguntar y yo me sincero sin apenas conocernos. Noto una conexión instantánea, esa clase de conexión que no necesita de palabras para aceptar una invitación muda.

Y es a partir de esa noche cuando todas las vivencias de Boracay están vinculadas a ella. Todas. Fuimos cómplices y en su apoyo me sentí libre y fuerte. La escuché y ella me conoció. En poco tiempo podríamos decir que nos hicimos amigas. Exploramos la isla, dijimos que sí a todo, ampliamos el grupo y salimos de fiesta. Fuimos en moto de tres y en triciclo de cuatro. Encontramos a la española-colombiana y a los demás representantes del planeta. Bailamos, bebimos y conocimos gente. Vivimos fuerte e intenso, esa clase de vivencias que no quedan reflejadas en fotos ni en textos, y allí, en la simpleza de estar segura y acompañada, fui feliz.

Ella rubia y yo morena; ella grácil y yo imperfecta; ella tímida y yo desvergonzada…. y juntas…. fuimos imbatibles. Cree que somos diferentes pero ella es yo, y yo soy ella, solo que en diferentes puntos de nuestra vida. Y verla a través del espejo del tiempo hace que conecte todavía más con ella. Con su apoyo expando mis alas, las mismas alas que a ella también le están creciendo; y entre nosotras nace, un vínculo para siempre.

Boracay me dio sol, salitre y arena. Me dio reggae y ron Tanduay, me dio resaca y descanso. Me dio a Kate y más conocidos. Pero lo que más aprecio de esta isla es que me dio Filipinas en el medio de la no personalidad.

Conocí a gente que me abrió las puertas de sus casas, casas de las montañas de Boracay, un lugar que parece gardar y respetar la esencia de la auténtica Filipinas. No veo objeto en el ir, ver y no quedarse, así que por puro respeto mantengo la distancia a pesar de que llamaba por mi como un fuerte campo magnético, como una palabra de un Dios hacia un creyente fiel.

Planeé por un momento replantear ruta para vivir por el día en la playa como una sirena, y por las noches en las montañas con los lobos. Pero no, mi religión no es otra que la de seguir mi propio camino, camino que también me llama; y así, entre la noche, plumas y brazaletes digo adiós a todos los que allí conocí, a todos los que allí me hicieron tan feliz.

Pero entre todos los adiós, hubo un uno que sonó a hasta pronto: Ekaterina. No tengo ninguna duda que este vínculo cósmico que nos unió hará que coincidamos de nuevo en otra mesa de otro restaurante en cualquier lugar bullicioso de este mundo, cuando nos necesitemos la una a la otra.


Día 19 y 20 – Ferry a Cuyo Island

La primera impresión del ferry “La Milagrosa” no fue buena.

La cubierta techada pero con los laterales abiertos, deja a la inclemencia del tiempo nuestras literas, que simulan las de un hospital, incluso las de una cárcel. Dentro, nuestra intimidad se queda reducida a dos pequeñas letrinas y un cuarto húmedo con un cubo de agua. La litera, demasiado estrecha, no es suficiente para mí y mi mochila; y mi mente, obligada a drogarse por el mareo, me aturde y me inunda con su negatividad…

Aquí pasaré unas 36 horas. Aquí pasaré dos noches en busca de un sueño.

Este ferry conecta Iloilo y Puerto Princesa por mar, una alternativa barata pero lenta que no todos están dispuestos a coger habiendo vuelos por 30€. De todos y cada uno de los viajeros que me crucé en mi camino, ninguno sabía que existía esta opción, ni tampoco es una experiencia para cualquiera… hay que confiar y atreverse a subir a un ferry oxidado y compartir litera en un cuarto sin demasiada intimidad con otros 200 filipinos.

Pero a cambio ese ferry pararía durante 6 horas en Cuyo Island, isla virgen en el medio de la nada; parará a abastecer a la gente del pueblo ya que es la principal puerta de entrada y salida de la isla.

Zarpamos mientras se hace de noche en el interior del ferry. Mi mente hiperestimulada por lo vivido, con solo 2 horas de sueño, así como cientos de km encima para llegar hasta allí; colapsa ahora con el miedo, con el temor, de no saber con certeza dónde me estoy metiendo. Tengo miedo de sufrir 36 horas con mala mar, tengo miedo de naufragar, tengo miedo de que Cuyo no sea para tanto… había leído que es paraíso de windsurfistas ya que hay demasiado viento en esa isla… ¿Y si llego a Cuyo y no me gusta? ¿Y si llego a Cuyo y ese viento no me deja disfrutar de su playa? Tanto sacrificio para nada… Porque sí, aparte de un salto de fe, al coger este ferry sacrifiqué una buena e irreal vida en Boracay por unos días mas…

En silencio me doy un minuto para mirar a mi alrededor. Filipinos por todas partes apilados en literas y sepultados entre maletas, cajas y bolsas. La escasa luz, un fluorescente frío y parpadeante; así como el ronroneo constante y fuerte del motor, me parece sacar de la realidad…

… y semejo vivir en un mal sueño cuando veo corretear a una gigante cucaracha entre las camas, entre las cosas, entre las piernas de la gente.

Palidezco.

Por un momento dejo de creer en el viaje y el destino me castiga: algo me me toca en la cabeza y al revolverme hace que directamente quiera llorar, cuando salta la cucaracha de entre mi pelo. Me sacudo ahogando un grito por no despertar a mis compañeros y ésta cae en el interior del saco de dormir.

De alguna manera este barco se está vengando de mi, lo sé.

Al mover la mochila en un movimiento desesperado, aún con la sensación de un horrible insecto en el medio de mis rizos, sufro un pinchazo de lumbago, y ahí sí, rompo a llorar de impotencia. No puedo escapar de aquí, quisiera hacerlo, siempre lo hago… pero no puedo.

Me resigno, me medico, subo a mi litera como puedo y sé que es posible que tenga que quedar recluida ahí para siempre, que es posible que pese al esfuerzo no pueda visitar Cuyo Island.

Lloro lágrimas silenciosas al pensarlo hasta que consigo dormir.

Suena un gallo en alguna parte de este ferry y despierto de mi letargo con los primeros rayos del sol. Como si ese sonido y esa luz me hiciesen creer que nada ocurrió realmente, soy capaz de bajar de mi litera sin demasiado dolor de espalda, y empiezo a ver belleza en ese ferry.

En el amanecer conozco a Petr (otro turista valiente, más valiente de lo que cualquiera pudiese creerse que es) y le dedico el tiempo que mi compañero de litera, Víctor Escobar, merece.

Víctor es muy amable y me cuida. Me invita a desayunar y me presenta a más compañeros. Uno a uno van pasando frente a mi litera mientras me desperezo y todos son todos… pastores. No entiendo muy bien qué es un pastor en Filipinas, sé que son religiosos, y en ese ferry van a una convención… demostrándome así que ninguna experiencia aquí será nunca normal y cotidiana… vivir esto es simplemente… excepcional.

A medida que la temperatura sube y la luz se hace más cálida, empiezo a tomar conciencia de la grandeza que hay en el interior de este ferry. Quizás fuesen mis marcas o mi mala energía de la noche anterior, pero algo invocó a ese ejército de pastores que me rodean y que sé que me protegen en La Milagrosa. Por lo que esta noche, mientras creía estar agonizando en el infierno, dormían junto a mí pastores y pastoras, gente buena y humilde, que ahora, con los rayos de sol y mi disposición a apreciar este viaje, me parece increíble esta clase de magia.

Hablamos de Dios (yo callo, pero escucho), de la Biblia y de la familia. Se inician debates alrededor de mi cama. Por todas partes aparece un coro de voces amables que me dan consejos, pero sin juicios, sin condescendencia, simplemente desde el amor. Y yo los recibo con cariño, entendiendo la lección, entendiendo que ese viaje sin salida sí es para mí.

El sonido del motor se hace más suave, eso me indica que estamos llegando. Me asomo a la borda y me quedo sin palabras. Cuyo es mejor de lo que jamás me hubiese imaginado… Desde el barco veo un pequeño pueblo y una larga playa que finaliza en una lengua de arena, brillante, virgen. Al bajar del ferry nadie intenta venderme nada, ni comida, ni triciclo, ni moto. Nada, por primera y última vez en este viaje. Allí en Cuyo no viven del turista, el turista ni sabe que existe el paraíso en Filipinas.

Solo Petr y yo en este ferry.

Víctor, Pastora Evenlyn y los demás me invitan a recorrer con ellos la isla, y así como si de una excursión del colegio se tratase, compartimos ese pequeño paraíso, el ejército de pastores, Petr y yo.

Su playa impoluta, vacía, infinita y cristalina estaba llamando por mi. Me desvío del grupo y me baño en el final de la barra de arena, compartiendo con un joven pescador ese momento, no siendo consciente de lo tanto que aprecio esa maravilla.

Cuando tengo que volver al ferry me abruma la simple belleza, siento que el viaje se acaba, siento la nostalgia, siento que tengo que volver a mi mundo. Ya pasó Cuyo… y solo quisiera llorar por tener que abandonarlo.

En este barco oxidado me despertaron gallos, me duché en su cuarto húmedo imaginándome vivir en un crucero y compartí comida y confesiones con desconocidos. Perseguimos atardeceres y escapamos de amaneceres mientras su luz inundaba estas camas asépticas de hospital; vi el amor de un niño al mar y pude filtrar… pude tomar conciencia de lo vivido hasta ahora, que fue mucho, muy bueno y muy corto.

¿Pero sabes qué? No me acuerdo de la cucaracha, ni del lumbago; no me acuerdo del miedo ni del aburrimiento, ni siquiera me acuerdo de que abandoné Boracay demasiado pronto…

Solo me acuerdo de esa isla, de esa comunidad de pastores, de ese niño hipnotizado y de compartir en silencio las pequeñas cosas con Petr; en el ferry que no todos conocen, en el viaje que no todos harían.

Y me acuerdo del viento… el viento se había marchado por mí esa mañana

Y yo correspondo cayendo de amor eterno por ese lugar.


Día 21, 22, 23 y 24 – Port Barton

Hace ya demasiado tiempo que me fui de allí. Hace ya demasiadas horas que estoy sumida en la rutina y el invierno. Y aunque creo que es imposible escribir con tanta verdad como hacerlo desde allá, lo intentaré, intentaré acabar con la última parte de mi viaje.

Necesito que queden en mi recuerdo todas estas emociones…

Ahora en la distancia puedo al fin entender por qué Port Barton, a pesar de tener turistas, es tan especial. Aquí es el turista quien se adapta al pueblo, y no al revés. Aquí no hay resorts, no hay asfalto ni tiendas de souvenirs; por no haber no hay ni electricidad la mayor parte del día, solo por las noches de 18:00-00:00, después todo se apaga…

Quien decide aún así venir, es por definición gente pacifica y sencilla que quiere seguir manteniendo este espíritu local. No transformar, sí convivir. Y ahí, en el mutuo respeto, nace la magia de Port Barton.

Llego aquí por una carretera que llevan años construyendo, y que ahora, por puro amor egoísta, pediría que no acabasen nunca.

Charly me estaba esperando, mi padrino en Port Barton, un español que llegó a Filipinas unas semanas atrás, y que el destino hizo que tropezásemos sin vernos. Yo le hablaba de paraísos y él a mí sobre el infierno. Él lo conoce, escapó del él.

Me recibió a mi llegada, fue mi guía descalzo por sus siete únicas calles y me enseñó que Port Barton es un increíble lugar para dejar de buscar, es un buen lugar para generar costumbres a 20.000km de tu hogar. Bromeaba sobre un agujero negro que hacía que quien visitase Port Barton se quedase más tiempo del previsto, como le pasó a él. Sabía cuánto cuesta construir una casa aquí y me contaba que consiguió ser feliz al fin en este lugar, pudo sanar esas heridas de quien ha padecido entre las llamas.

No tengo derecho a contar su historia, pero la conozco y la viví en sus ojos al contármela. Quizás debiera ser él quien cuenta esa historia algún día.

Con Charly a mi lado no tendría que descubrir nada, él me lo enseñó todo. Me presentó a gente, me descubrió secretos, me ofreció su casa al irse, y así, como quien consigue curarse, se va, dejándome a solas en ese lugar sin misterios, con tres días por delante. Fui una buena discípula y me quedé postrada en la playa, comiendo en los mismos lugares y saludando a la misma gente. Dejé que creciesen esas raíces que él me había enseñado a germinar.

Aquí hablé al fin en español, me relajé, me protegieron, me enamoré del reggae y del ron con calamansi. Aquí conocí a su gente, a mucha gente, sus historias, sus costumbres y entré en sus casas. Aquí fui libre y arriesgué. Aquí reseteé muchos prejuicios. Me hicieron regalos y vi bondad en la mente más perversa. Conocí Purple turtle y cerré el Reggae bar, fui al 7170 karakoketv y no fui a Jungle bar. Dormí en cuartos comunitarios que hice muy míos y en habitaciones muy extrañas. Conocí a Lucy de Guzman, a Coco, a Lorrito y a Frederick; a Lovely y a Daniella. Fui invitada a tatuajes y a viajes en barca. E hice compañeros de viaje por unas horas Céline y Sophie, Xabat y Anselmo, Javiera y Rafa; Cris, Laura y Victor. Y sin saberlo, y filtrando como me enseñó Siquijor, nos convertiríamos unos cuantos en un gran equipo.

Acabé mis días y no fui a White beach (la mejor playa) ni hice tour en barco entre islas, aún así siento que no me queda ningún misterio por resolver en este lugar…

… porque conseguir descifrar su noche, y en ella se encuentra la auténtica naturaleza de Port Barton.

Cuando a medianoche se va la luz y todo queda a oscuras, aparece otra forma de vivir esa vida. Por el día, es fácil. Lo conozco, me defiendo. Es playa, sol, arena, son palmeras y colores. Pero la noche… la noche es más extraña y a la vez más atrayente. La noche es solo oscuridad y en donde se cuentan las peores historias. Es en la noche donde percibes las auténticas miradas y expresiones, donde conoces a toda esa gente que ha vivido demasiado tiempo en el infierno, y que siguen aquí, sanando.

Pero no me asusta, y como si quisiera presentarse al desnudo, conocí Port Barton a oscuras en noches sin luna. Noches más oscuras que hicieron mis miedos más pequeños.

Confié, reí e iluminé caminos con linternas. Me crucé con gente y hablé con ellos sin siquiera poder verles las caras, escuché ruidos de animales que no supe reconocer y caminé por caminos que nunca vi de día, que solo recuerdo en mi mente como un espacio que comprende con mi pobre haz de luz. Caminé acompañada y sola, caminé tranquila y protegida pero también asustada y perdida. Caminé aguantando la respiración y corrí en la absoluta oscuridad con miedo de que me quedase sin batería en el móvil, móvil que era mi única luz en el camino.

Y ahí en esa angustia y ese miedo me sentí más viva que nunca, porque era vida esa adrenalina que corría por mis venas, y era a la vez casi la total seguridad de que estaría a salvo, aunque se me apagase el móvil y tuviese que ir a tientas, aunque me encontrase con alguien y no pudiese verle la cara.

Fui libre en el escapar y enfrontar, en el atreverme, en la playa y en las luces, en la noche y en el miedo. Fui libre en la vida, en la simple vida sencilla de un pueblo de dos calles sin luz.

Sabía que estaría a salvo porque en la ausencia de luz, pude ver mi propia magia. La vi en el agua sin luna, la vi en las estrellas sobre mí y entre mis pies, ya que, al sumergirlos y agitarlos en el agua, se encienden a mi alrededor partículas de luz, pequeñas constelaciones móviles que me dejan impresionada.

Como si desprendiese poder en ese elemento que reconozco como tan mío, como si efectivamente fuese magia, pero magia invisible a los ojos, siendo solo perceptible en ese lugar. Es aquí donde veo por primera vez mi poder, mi magia al nadar en el agua entre partículas de luz que alargan el cielo a la tierra haciéndome sentir hermosa en la noche de Filipinas.

El plancton brilla para mí al contacto con mi piel, como un quejido hermoso que me esfuerzo en provocar, sintiendo como si fuese extensión de mi poder, como si fuese el delator de mi relación con el mar, como si solo en ese lugar pudiese apreciar mi propio polvo de hadas.


Día 25, 26 y 27 – El Nido

Cuando pienso en esta última parada del viaje siento una extraña felicidad.

Fue fácil. Me lo pasé bien. Estuve con gente buena en un sitio precioso. Ya había conquistado Filipinas hacía tiempo y era una más, en su comida y con su gente. Sentía que los conocía, los conocía de verdad. Me hice al país, a su cultura y a mi soledad; encontré a gente buena y a gente no tan buena, a tóxicos y a hechiceros, a hadas y mesías. Y todos y cada uno de ellos me enseñaron a ser un poco más libre.

Y como buen alma y aunque no de forma consciente, sí fui suficientemente intuitiva como para respetar la lección, el destino se reservó un truco final y tuve durante unos días una familia aquí: Laura, Cris, Xabat y Víctor. Cada uno de una ciudad aterrizamos en Filipinas en diferentes puntos con diferentes trayectos. Nos conocimos en Port Barton, lugar que abandonamos juntos y por algún motivo convergimos en El Nido.

Aquí fui feliz desde el primer atardecer, al llegar, cuando creía que este lugar no me aportaría nada nuevo, y vi en esa puesta de sol en Cabanas que estaba equivocada. El Nido es hermoso y punto. Es posiblemente de lo más bonito que vi en este viaje, y por suerte (o por búsqueda) conseguimos explorar su punto fuerte en un tour privado unos siete amigos con un capitán dispuesto a escucharnos. Me entendí con él, y respetando nuestras súplicas de alterar el itinerario evitando masas de turistas, su intuición y su conocimiento (a pesar de ser tan joven) nos dio un increíble viaje recorriendo el archipiélago de Bacuit.

Perfecto. Incluso el tiempo… ese clima que me respetó tanto en Filipinas, lo hizo también aquí. Un sol radiante, haciendo más hermoso lo sublime, haciendo más transparente esas aguas claras; y algo de viento en algunos puntos, que era entre molesto y bromista. Por su culpa nos reímos, y nos mojamos, pero sobre todo nos reímos

Fui feliz al no planear salir de fiesta y acabar cerrando locales; y al pretender salir y acabar ofreciendo clínex por los callejones. Fui feliz en locales con gente extraña, también yo; sentirme abierta, social y sin prejuicios, hablar con todos, por igual, durante mucho tiempo. Nadar entre medusas e ir en kakay de cinco. Abusar en desayunos y compartir cuarto. Encontrarme por azar y sin buscarlo a la única persona con la que tenía una conversación pendiente. Y también dejé pasar personas por delante, sin más.

Pero… ya me había divertido en Filipinas, había visto atardeceres bonitos, había estado en sitios hermosos, había conocido a gente en otros lugares… Entonces… ¿Por qué esta extraña felicidad?

En el tan melancólico último día en este lugar con esta familia, Xabat y yo exploramos el pueblo perdido y prohibido de Nacpan Beach mientras los demás descansaban en la playa. Caminamos sin propósito y suspirando hasta que unas niñas nos detienen. Están dentro de unas murallas (no muy altas) en el recreo del colegio y una de ellas se acerca para decirme: “You are beautiful!”, para al momento entregarme una flor.

Me paraliza. Ella sí es hermosa, no yo, pero quizás, a su manera quiso darme otro mensaje. Al regalarme esas flores, al bendecirme, interpreto que es una recompensa, que el universo quiere decirme realmente: “You are free!”

Libre, libre al fin de mi misma y de mis juicios, y estoy segura de que esa niña pudo verlo.

Por lo que ahora, con el tiempo y en la distancia concluyo y extrapolo a otros momentos de mi vida que la felicidad es directamente proporcional a la libertad… pero a la de verdad, la que asusta, la que no siempre estamos dispuestos a enfrentarnos.

Tras esa niña, muchas otras, revoloteaban por el jardín y se acercaban hasta construirme un ramillete, sin más pretensión que hacerme feliz con ese simple gesto. Una despedida en manos de unas niñas que ojalá algún día puedan sentirse así y alguien al verlas en ese estado pleno, les regale flores, flores que digan: “lo conseguiste! eres libre, por tanto eres feliz”.

Y aunque sé que es un estado imposible de mantener en el tiempo, esas flores se marchitaron y me sumí en mil y un estados de ánimo desde ese momento, pero ocurrió y fue real. Por ello me siento agradecida.

Toca disolver esta burbuja. Apuro a respirar todo lo fuerte que puedo, a retener toda la emoción posible y nos despedimos uno a uno los miembros de esta familia, ya que todos, con unas horas de diferencia llegamos y nos vamos a la vez, dejando para siempre el recuerdo de El Nido vinculado, los unos a los otros.

Entre vosotros me sentí respetada, valorada y arropada. No me conocíais y no me juzgasteis, me abristeis los brazos y me incluisteis. Trasnoché y hablaba poco, pero me sentía libre de no hacerlo. Me sentí libre de ir o no ir. De seguiros o no, pero ante la decisión de cada uno de nosotros, fuese la que fuese, estabais ahí, en cada momento.

Sin apenas abrir la boca sentí que me conocíais y yo a vosotros, me sentí tan querida con tan pocas explicaciones, me lo pasé tan bien en un sitio tan precioso, y a la vez ser… libre total y absolutamente de pensar o hacer… Que me hizo reflexionar para entender por primera vez lo que es el amor no dependiente, o lo que puede llegar a ser.

Conté en otros momentos que en el viaje me sentí creyente, poderosa, hermosa y al fin, gracias a vosotros, libre en Filipinas.

Como la belleza que hay en un animal, cuando salvaje, decide entrar en una casa y quedarse o irse, libre. Y con esa libertad, volver… Y aquí, gracias a vosotros, me sentí gato y me sentí salvaje, sentí que tenía una casa a la que podría volver, a cada instante si quisiese.

Sin preguntas – sin porqués.

Simplemente una puerta abierta.

Gracias. De corazón, porque no fueron solo risas, no para mí.


Día 28 y 29 – Manila

Tenía indicaciones muy precisas en el email para completar una misión en mi escala fugaz en Manila antes de volver a España:

“Ve al 339 de xxx calle de Pasay City. Busca una puerta verde con un botón rojo a la derecha. Allí pregunta por Mommy Corazón Castro, ella cuidará de ti”

Busco la dirección mientras en mi mente suenan todas esas historias de terror que se cuentan acerca de Manila. Encuentro el número. Parece la entrada a una nave, solo una muralla y un gran portalón. Es de noche y frente a la puerta respiro un momento. Mi corazón está a punto de explotar. Tengo solo medio minuto para elegir: timbrar o escapar…

“¡¡¡Riiiiiiingggg!!!”

Me abre un niño

– Busco a Mommy Corazón Castro

– Sí, sígueme

Accedo al interior de esas murallas, dentro hay unas 5 casas con una zona comunitaria, casas que me recuerdan mucho a Galicia, con un cemento donde los niños juegan tranquilos sin miedo al tráfico, sin miedo a esos monstruos que parece que acechan en la noche.

Sigo al niño hasta la última casa, la más grande de todas. La mejor. Me indica que puedo pasar y debo esperar. Me siento en un sofá bajo una gran escalera y descargo mi mochila. Miro alrededor. Una buena casa, muy buena, la mejor que vi en Filipinas.

Aquí espero a Regina, con quien compartí paseos y fe en Batad, y eso haré, mimetizarme, dar el mínimo problema hasta que ella, generosa, me recoja.

Alguien baja por las escaleras. Frente a mi tengo por fin a doña Corazón Castro, la madre de Regina, y solo una mujer con ese nombre podría recibirme en una Manila que me abraza.

Efectivamente, ella me cuida, y se sucede la emoción: me presenta a su nuera, a sus nietos, a su arquitecta y a sus gallinas; me invita a comer en una mesa para mi sola mientras todos observan y me hacen reír, mucho, hasta que llega Regina. La veo entrar radiante, como si nos conociésemos desde hace años, con un nuevo color de pelo y arropada con sus dos hermanos, Nando y Herbi, y unas enormes cajas de pizza, que auguran que tendré que volver a cenar. No me importa. Cenaría una y mil veces más.

Toda esa logística en la doble cena, en reunir a sus hermanos, en prevenir a su madre… me hace sentir tan bendecida y privilegiada que de pura alegría no sé más que sonreír y hacer chistes, como una cría, mientras por dentro oscurezco de pena al ver que acabará esta magia en cuanto deje la isla que me hace tan feliz.

Ella y sus hermanos me enseñaron la ciudad moderna y pudiente en la noche, donde los Jollibees vencen a los Mcdonalds y donde la gente está orgullosa de sus senadores boxeadores. Me contaron historias y me ubicaron mejor en esa Manila que ya intuyo entre las sombras.

Al día siguiente y tras dormir muy poco Regina me lleva con su marido Nelson a un lugar donde nunca me habían llevado antes a hacer turismo: a visitar UP, Universidad de Philipinnes. En mi primer día en solitario había visto la parte histórica y el pasado de Manila, pero ella, en mi último día, me enseñó a mirar al frente dándome a entender cómo será el Manila de mañana, en qué se está convirtiendo esa megalópolis bien planificada, ordenada y formada.

Acabando el día de visita en su oficina, Nando se acerca a mí pocos segundos antes de despedirnos y me entrega un regalo: “Ten, para que cuando vuelvas a Filipinas, te proteja”

Lo miro. Es un pequeño colgante de madera tallado con forma de cuchillo, es hermoso.

– Ábrelo

Y desenfundo ese colgante para que aparezca un filo diminuto y brillante, pero afilado. Su brillo y el valor que le doy al venir de la generosidad incondicional de un nuevo filipino en mi vida, hace que ese pequeño colgante se presente ante mis ojos como la más fiera de las espadas.

Lo enfundo de nuevo y lo apretó entre mis dedos, mientras miro a Nando con los ojos llorosos, mientras me despido, quizás para siempre, y agradezco que me haya dado algo tan simbólico, que sé que me dará fuerza en los viajes. Un talismán que me protegerá, por su fiereza y por su aura bendecida por este buen hombre, que me hace entrega de un regalo que le han hecho, y lo comparte, como quien siente que el objeto con él ha cumplido su misión y se desprende, generoso, para que siga su cometido con otra persona. Ojalá algún día tenga el valor de regalarlo a alguien que lo necesite.

Se emociona espejo de mis ojos. También Regina.

Digo adiós a Manila sin poder creerme la suerte que tengo. Estoy orgullosa de no haber escapado frente a ese portal verde y timbre rojo, nunca hubiese imaginado que alguien se apenaría por mi marcha en Filipinas, ni que tendría una despedida de emoción contenida y esperanzados hasta prontos.

Gina, te abriste a mí y en pocas horas conseguiste transmitirme miedos, dudas y amor, y yo te confesé cosas que nunca antes había dicho en voz alta (ni volví a decir a día de hoy). Sé que te apenó separarnos, fue poco tiempo pero contigo sé con total certeza que nos volveremos a ver. Siempre serás bienvenida en mi casa y yo sé que lo seré de nuevo en la tuya. Cambiaste mi concepto de Manila para siempre y te doy las gracias por seguir confiando en la humanidad y la bondad.

Fuiste una auténtica bendición para mi, Gina. Me llamaste Moana y tu hermano me regaló una espada, y juntos, con tu familia, conseguisteis darme la fuerza para vencer el concepto de pesadilla de esta ciudad, y conseguisteis recordarme mi propia fuerza, reconocisteis mi valentía en una experiencia que no olvidaré nunca en un país que forma parte ya de quién soy.

Aprecié a todas y cada una de las personas maravillosas que se cruzaron en mi camino, ellos fueron las luces que hicieron brillar este viaje, y por ellos, permanecerá en mi memoria para siempre, porque fui feliz en Filipinas.

Magia pura en este viaje

Salamat po Pilipinas

Sara Horta

Sara Horta

De pequeña soñaba con ser astrónoma y ahora el cine es mi medio de vida. Me encanta el agua y estoy segura que en otra vida viví en un país tropical. Soy ese tipo de persona que habla con los perros y dice “¡mira la luna!”.
Soy una adicta a viajar sola y a la búsqueda de veranos interminables.

sarahortacrugeiras@gmail.com

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