Llegada a Morondava, Madagascar 06

Día 07 – Llegada a Morondava

Llego por fin al lugar que puso a Madagascar en mi mapa, esta obsesión que me persiguió hasta acabar comprando el billete: la avenida de los baobabs en Morondava.

Llegamos unas horas antes de la puesta de sol y tras recorrerla una única vez decido sentarme y sentirla antes de seguir este constante movimiento. Bajo mi cuerpo al suelo a la sombra de un baobab, y ahí, con las piernas sobre sus raíces y mi espalda pegada al tronco, aspiro toda la energía que puedo. La necesito para la decisión que voy a afrontar… 

Sara, ¿dónde te estás metiendo?

Viajar sola supone que todas tus experiencias se definen única y exclusivamente de tus propias decisiones. Y no siempre es… fácil. A veces es agotador encontrar el equilibrio del quiero y no debo, entre el miedo que te frena y la inconsciencia que te impulsa. Y es algo a negociar durante 24/7 contigo misma, a veces tu peor contrincante.

Cuando se ponga el sol en esta avenida diré adiós al grupo para empezar el viaje por mi cuenta. Salir del caparazón. Retarme. Desubicarme. Y tengo… ganas. Así que cuando empiece la noche el jeep me dejará en Tsimahavaobe vendida a mi suerte.

Todo lo que sé es que tengo que desviarme a mano derecha en el Karaoke Karafun’s y a medio camino, en la noche aplastante de África, bajarme en la Escuela La Fountaine en la periferia de Morondava. Allí me espera un hombre del que sólo sé su nombre: Djaolyn Ernest que me dará alojamiento.

Y allá voy. A su casa. En la noche. No hablo francés ni él inglés.

Pego mi espalda con fuerza al tronco e inspiro…

Djoly es el padre de un nuevo conocido de Morondava que vive en España. Lleva meses siendo un apoyo en la distancia ayudándome en la preparación del viaje con contactos y resolviendo dudas. Tras haber sentido que puede confiar en mi, me invita a su casa vacía; y yo, dando un salto de fe, acepto.

Porque… tengo que intentarlo. No todos los días se tiene la oportunidad de dormir en una escuela en Morondava. Escuela que tras lo visto y vivido en Madagascar, se convierte a mis ojos en una catedral o un mausoleo.

Me acompañan en el jeep Bernis, Thelma, Theresa y Wally. Al girar a la derecha en el Karafun’s y mientras avanzamos en la noche, lo noto. Siento sus alientos de duda y su olor de miedo tras mi nuca.

Sara, ¿dónde te estás metiendo?.

Al llegar a lo que se supone que es la escuela, solo hay murallas. Mientras el coche da la vuelta salen del portal 3 personas y todo ocurre… muy deprisa.

Me despido de Bernis mientras le doy un billete: “no es propina – le digo – es para ayudarte a comprar una nueva biblia”. También me despido de Thelma, Theresa y Wally quienes fueron imprescindibles para aclimatarme a la aspereza de este país.

Quedo a solas con estas tres personas que no conozco en una penumbra que me asusta y un calor que me aletarga. Sin francés, sin poder usar mi inglés y con una elocuencia dormida por la falta de sueño. Y con el cansancio de sentir la presión constante de todas estas decisiones.

Me presento a Djaolyn mientras me apunta con una linterna y al que acompañan un hombre y una mujer. El hombre me quita la mochila de la espalda mientras el jeep se aleja. Djaolyn me lleva a ver el lugar donde voy a pasar las próximas 3 noches pero no veo nada de lo que hay alrededor, no hay luz ni dentro ni fuera de casa. Pero iluminando nuestro camino con velas y linternas, me ubico: estoy en una casa de dos plantas independientes, la de arriba será completa para mí, la de abajo de Djaolyn y en el patio trasero la Escuela La Fountaine.

Así que a pesar de la noche y su oscuridad, a pesar de historias de dahalos en mi mente y el miedo en mi cuerpo, estoy en una casa malagasy tras ser adoptada por gente generosa que me abren las puertas de su casa.

Y tengo aquí además… un objetivo.

Les haré unas fotos y un vídeo, por si les fuese útil en algún momento, y me encanta sentir que tengo un objetivo en Madagascar y que puedo ofrecer algo más que limosna y sobras a este país.

Me encanta completar misiones. Me encanta transitar con rumbo.

Así que a pesar de los problemas y dudas, empiezo a creer. Y al amanecer, en esa mañana de sábado, me despierta el sonido de niños jugando en el patio trasero de lo que es ya mi hogar en Morondava.

Peta Djaolyn en la puerta: “están aquí por tí, Sara”.

Y salgo mientras los niños me saludan desde el patio haciéndome sentir cual reina en su castillo con llaves, familia y una pausa al fin en Morondava.

Escrito en Addis Ababa el 24-11-18

Sobre experiencia en Morondava el 16-11-18

Sara Horta

Sara Horta

De pequeña soñaba con ser astrónoma y ahora el cine es mi medio de vida. Me encanta el agua y estoy segura que en otra vida viví en un país tropical. Soy ese tipo de persona que habla con los perros y dice “¡mira la luna!”.
Soy una adicta a viajar sola y a la búsqueda de veranos interminables.

sarahortacrugeiras@gmail.com

1 Comment

  1. Anónimo noviembre 29, 2018 at 12:59 am

    Que valiente eres Sara !!!! Otra vez más te digo que no me canso de leer todas tus aventuras ,haces que me enganche jajajajaj parece que soy yo la que estoy contigo ,ME ENCANTAS ❤️

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