Nosy Be, Madagascar 09

Días 12 y 13 – Ambatoloaka y Nosy Iranja

Llego al fin al lugar donde sabía que sería feliz, esa clase de lugar que una vez en él piensas que tendrías que haber venido antes. Aún así decidí no hacerlo… porque a este viaje no vine a ser feliz, vine a hacerme mujer.

Al aterrizar en Nosy Be, no me puedo creer que Aysha haya venido en mi mismo avión. Aysha es una viajera solitaria nepalí de aproximadamente mi misma edad, mismo espíritu y que de una forma u otra estamos destinadas a seguirnos los pasos. Me encontré con ella en la Avenida de los Baobabs, en el momento en que la luz era más mágica, y sabiendo que ella estaba en Morondava, la evité. Coincidiendo con ella en el avión a Tana la esquivé, pero estando ambas en un segundo avión, para ir a un tercer destino juntas no puedo seguir omitiendo tanta coincidencia y a pesar de mi recelo por mi reciente independencia, me acerco a ella por fin, porque ya estaba dispuesta a encontrar a mi tribu.

Compartimos en esa isla taxi y objetivos. Desde el primer momento nos ayudamos en la elaboración de planes y búsqueda de alojamiento. Y aunque nos separamos nos damos nuestros contactos, pues las dos queremos hacer planes donde posiblemente nos necesitemos la una a la otra (aunque el tiempo dirá que la necesitaba yo más a ella).

Aysha se queda en un bonito hotel en una playa tranquila, mientras yo, desoyendo sus recomendaciones, sigo dirección Ambatoloaka, el punto más frenético de esta isla. No quiero paz para mis últimos días, busco la guerra.

Aunque voy con todas las dudas…

… y al llegar de noche me da una bofetada en la cara. 

No me siento bienvenida en el hotel y cuando bajo a cenar cargo con esa resignación de quien apuesta todo a una mano y falla, estrepitosamente. Tengo que escuchar una y otra vez a una conciencia burlona que dice… “te lo dije”, mientras emergen de mi mente todas esas frases que leí acerca de ese sitio:

-Es un lugar extraño.

-Hay mucho turismo sexual.

-No dejarás de ver hombres mayores con mujeres jóvenes.

-Será incómodo.

Y todo… era cierto.

Había una última frase que suplicaba que también fuese verdad:

-Si eres capaz de abstraerte de todo eso, verás que es un lugar amable, lleno de diversión y que vale la pena.

Pero mirando alrededor semejaba imposible que pudiese abstraerme, y mucho menos divertirme en un lugar como este. Mirase a donde mirase veía jóvenes mujeres malagasy (mayores de edad, eso sí) preciosas, arregladas y con una mirada a veces de vida, a veces de muerte; al lado, cual llavero o perchero, un hombre mayor (de unos 50-60 años) que a mis ojos todos ellos podrían ser hijos de una misma nacionalidad.

Y nadie… como yo. Pocas mujeres turistas, y menos jóvenes, y menos solas.

Aún así, confío. Había elegido ese lugar por algún motivo, y fiel a mi intuición a pesar de que podría mudarme a cualquier otro punto tranquilo de esa isla, decido quedarme. Y al hacerlo, sé que debo malgastar (o invertir) un día en entender y familiarizarme con este lugar.

Al día siguiente busqué otro hotel donde sentirme más cómoda, conocí en la playa a los vendedores y me amisté y enemisté con algunos de ellos. Me bañé en la playa por primera vez en este viaje, por la mañana (por lo extraño) arropada por una europeidad cómoda, y a la tarde, ya resuelta, en la mejor zona de la playa con los niños malagasy. Fui cuidada y acogida en clubs por el día y todo el mundo (sin condición) me trataba especialmente bien.

Cuando empezaba a sentirme confiada, llegó Aysha a Ambatoloka trayendo atraídos con su magia a nuevos conocidos, para tomar contacto con una noche que a priori me daba escalofríos.

Sin embargo, intentando abstraerme, me dejé llevar por la música. Me fascinaron sus bailes en espejos y me sentí cómoda a pesar de ser tan diferente. Conocí los locales famosos y los desconocidos y empecé a descubrir poco a poco cuál era la clave para que ese lugar sí valiese la pena: ellas, las preciosas chicas malagasy.

Ellas, que incendiaban la noche con sus brillos y caderas me mostraron en apenas pocas horas lo que es el apoyo incondicional de mujer a mujer, destilando por cada poro una norma implícita y sagrada: antes compañera que competencia. Y aunque sí lo había vivido antes, no con esta intensidad, no con esta clase de empatía.

Esta europea blanca que poco podía ofrecer, en esa diversión que tanto dista de la de ellas me sentí incluida y arropada. Me sentí cuidada y sobre mí pusieron todo el cariño. Me ayudaron en las pequeñas cosas y necesitaba ese apoyo, en ese momento.

Ya no me intimidaba ni me generaba desprecio ese lugar, al contrario. Me fascinaba. E intenté, en el tiempo que me quedaba, descubrir todos los secretos de Ambatoloaka.

En el nuevo hotel me seguía cruzando con hombres (a veces solos, a veces acompañados), pero las mujeres de ese lugar me cuidaron, y pude emerger y disfrutar a pesar de su decadencia. También fui dura negociando y madrugué para nada. Fui en un tour a la playa más preciosa que vi nunca (después de haber visto unas cuantas) y me permití seguir siendo egoísta de día y sociable de noche.

Estuve en el agua durante horas, por todas las horas que quise vivir sumergida en anteriores fases de mi viaje. Vestí pendientes por primera vez y dejé salir todo el verano que llevo dentro. Exhumé mis ganas de fiesta y me desquité bailando por todas las horas que quise haber sucumbido en la noche en Morondava.

Y sintiendo que me sanaba y me conciliaba con mis debilidades y fortalezas a dos días de marchar; me permití, al fin, ser despreocupada y vivir al margen de todo. Me perdoné. Y me pregunté:

¿Habrá un lugar para el amor real en esta isla? 

Sé que no estaba en ese bar, ahí había un cariño subastado, pero es posible, que paralelamente en alguna de esas calles ocultas sí hubiese lugar para el encuentro clandestino de mujeres que quieren querer y que tienen que hacerlo a espaldas de los intereses de su propio negocio.

Y me obsesioné por encontrarlo. En conocerlas. Porque si ellas conseguían desbloquear su condición y conseguir sentir más allá de la aparente frivolidad, quizás… yo también.

También yo quería emitir mil luces, luces que pudiesen brillar entre tanta oscuridad.

Escrito en Santiago de Compostela el 03-12-18 

Sobre experiencia en Ambatoloaka y Nosy Iranja el 21-12-18 y 22-12-18

Sara Horta

Sara Horta

De pequeña soñaba con ser astrónoma y ahora el cine es mi medio de vida. Me encanta el agua y estoy segura que en otra vida viví en un país tropical. Soy ese tipo de persona que habla con los perros y dice “¡mira la luna!”.
Soy una adicta a viajar sola y a la búsqueda de veranos interminables.

sarahortacrugeiras@gmail.com

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