Nosy Be, Madagascar 10

Días 14 y 15: Nosy Sakatia y Ambatoloaka

A pesar de este cuerpo que se resiente de vivir, tengo que soltar toda la emoción atragantada, todo esto que me rebosa por dentro.

Porque para concluir esta aventura, me demostré a mí misma que la magia llama a la magia, y yo… sigo teniendo ese poder. Así que habiéndomelo merecido, me permití ser libre, en mi último día en Madagascar.

Me propuse ir a Nosy Sakatia y a pesar de ser un destino común en tours organizados, me desafié, y me propuse ir sola, por mis medios. En todo momento, fui cuestionada (por curiosidad y no por enjuiciamiento) “¿pero vas sin tour?”. Sí, quiero intentarlo y si no lo consigo siempre tendré una historia que contar.

Y efectivamente, esa historia habla de negociar taxis con intérpretes, de estar en una playa en obras (pero la más cercana a la isla a la que quería llegar) y rodeada de gente que no creían en mi plan. Estuve durante horas sentada en la arena, viendo camaleones, siendo interrogada (pero nunca intimidada), negociando con manteles y preguntando a cada barco (de pescadores, turistas, o transfers de hoteles) si me podían llevar. Me divertía la simpleza de sentirme segura y no tener prisa.

Hasta que Justin me clavó su mirada y me dijo: Sara, no te preocupes, te voy a ayudar.

Y claro que lo hizo. Porque él tiene un barco y vive en Sakatia. Es el capitán (siempre capitán) de uno de los barcos que saldrán con un guía seguido de turistas y me infiltró, cual polizón en silencio, en el mejor asiento de su barco. Me camufló en un tour que no pagué, me invitó a comer con su padre y a una cerveza con su hermano (algo que rechacé por idiota) y me llevó a nadar con tortugas. Me gustaba la forma en la que me hacía sentir segura, y allí, en ese agua verde con mis gafas prestadas siguiendo a un niño guía hasta encontrar las tortugas, me sentí poderosa por haber llegado a Nosy Sakatia.

Quisiera haberme quedado a vivir una noche en esa isla, pero tocaba volver. Y de nuevo postrada en esa playa en obras tuve que rechazar ofertas que me llevarían a Ambatoloaka. Desconfiaba que mi tuk tuk acordado viniese a recogerme, pero no podía simplemente desaparecer y no ser fiel a mi palabra. Y ahí, en ese respeto, fui aceptada, de piel a piel y el hasta pronto sincero se convirtió en un adiós que me heló el alma.

Pero tengo que seguir mi camino. Y mi camino es de regreso… a un lugar donde cubrirme con ropa pesada.

Llega mi tuk tuk, celebramos el vernos, y aunque siempre estoy asustada en carretera, en ese viaje de vuelta me nutro de esta ansia de libertad. Y estoy… llena.

Ya en Ambatoloaka negocio y preparo un paquete para importar a España, un riesgo en contraprestación a tanto cariño. Es una deuda que va dentro de una caja sospechosa y que me hará temblar a cada cruce de aduanas. Voy a una peluquería, y mi no francés ya sirve para entenderme, pedir y ser orientada por una profesional entregada que trabaja sin luz, y a la que no le tiembla el pulso al hacer o rehacer hasta que mi pelo quede perfecto.

Pelo que sin saber si me gusta o no, sí refleja mi estado de ánimo, lo tan conectada que estoy con ese país y será un buen bálsamo cuando me mire al espejo en los dos días de viaje que me quedan de regreso a casa, sintiéndome más malagasy que nunca.

Y además, en esa última noche con Aysha, me siento despreocupada y salvaje. No importándome estar sola, subiendo a bailar a escenarios, bailar con mujeres frente a espejos y con hombres descubrir nuevas nacionalidades. Ir a una fiesta extraña en Las Sirenas, y quemar el Taxi Be, no importarme el mojarme bajo una tormenta tropical, el que me presten atención, el suspirar por las ausencias y despedirme de quienes sí están. Recibir aprobación por unas trenzas que las representa, en esta blanca bronceada. El sentir felicidad pura por vivir en mi piel.

Y en la que le cogí cariño a Alizee, la chica malagasy que se pegó a mí durante todas mis noches en Ambatoloaka. A pesar de no hablar un mismo idioma, la ayudé en su despropósito, no tuvo éxito pero yo fui buena cómplice de su intento. Y ella, como un ángel intuitivo que lo sabe todo de ese lugar, me guiaba y apoyaba. Me conmovía cada vez que me daba su aprobación sincera, con una mirada comprometida y asintiendo, lento en cada uno de mis movimientos.

Cuando al fin me desarmo, cuando se disuelven todas las barreras (necesarias e imaginarias) tengo que volver. Cuando ya estoy cómoda, morena y mimetizada, cuando ya sujeto oraciones en francés, cuando ya anticipo los problemas, cuando ya sonrío y soltando la melena camino libre, con música en mi cabeza.

Habiendo conquistado Madagascar.

Habiendo sido correspondida por este país durísimo y generoso, cuya dulzura me sobrecogía a cada instante y unas lágrimas latentes y constantes aguardaban el menor motivo para brotar y limpiarme, purgando esta falta (o sobra) de sensibilidad.

Si tenía mal de África antes de llegar ahora tengo mal de amor por África.

Y no sé qué puedo hacer con él.

Toca dejar de sentir que tengo familia en la otra punta del planeta, recibiendo llamadas de Djaolyn quien a pesar de no entendernos, le gustaba saber que estaba a salvo en lugares que él nunca visitó. Toca dejar de estremecerse cada vez que veía a alguien con una de esas camisetas naranjas. Dejaré de saludar y ser saludada sin motivo aparente. Y dejaré la frustración por no poder, no conseguir o no saber.

Y me sorprendo por mi transformación (física y emocional) en solo 15 días. No sé qué hubiera hecho ese lugar conmigo de tener más tiempo.

De allí traje marcas en el cuerpo, sed en mi piel, dolor en mis entrañas y resaca de calor.

Traje polvo cobrizo en mi ropa y la falta de cámara en mi mochila. Temí por mi vida, un par de veces y pasé miedo. Y pena. E indignación. E impotencia

Y no cambiaría nada.

Ni mi pasividad ante lo vivido, ni mi osadía a lo nuevo. Ni ese arrepentimiento por no haber llegado antes a esa isla, para aceptar todas y cada una de las invitaciones.

Tampoco lo tan egoísta y ensimismada que fui allí. Me dio igual todo. Quizás porque necesitaba cada átomo de energía que se cruzaban en mi camino para enfrontarme a Madagascar, sola, en francés y estando (supuestamente) desentrenada.

Pero no es cierto. Mi intuición sigue aquí, mi sonrisa todavía funciona y mi alma todavía absorbe a pesar de su aparente neutralidad.

Pero tampoco es cierto. Hay un corazón que late, sensible y es fuerte. Y sobrevive haciéndose más grande de cada vez. Y también sufre al deshacer mis trenzas al llegar, admitiendo que ya no hay sitio en mi cuerpo para el espíritu malagasy.

Gracias Madagascar, por infligirme tanta dureza con esa sensibilidad.

Porque no vuelvo siendo otra, vuelvo siendo mejor.

Escrito en Santiago de Compostela el 7-12-18

Sobre experiencia en Nosy Sakatia y Ambatoloaka el 23-11-18 y 24-11-18

Sara Horta

Sara Horta

De pequeña soñaba con ser astrónoma y ahora el cine es mi medio de vida. Me encanta el agua y estoy segura que en otra vida viví en un país tropical. Soy ese tipo de persona que habla con los perros y dice “¡mira la luna!”.
Soy una adicta a viajar sola y a la búsqueda de veranos interminables.

sarahortacrugeiras@gmail.com

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