Aroumd, Marruecos 02

Día 03: Aroumd

– Venga Sara, te llevo yo – dice Faissal, aún dormido y muerto de frío a las 7.45 de la mañana en un arcén cerca de su casa a las afueras de Marrakech. 

Intentábamos parar un taxi en un lugar donde no paran los taxis. Yo era optimista y persistía, no quería robarle tiempo de sueño a un anfitrión que deja de dormir por cuidarme, cuando solo sigo arrebatos caprichosos.

– No Faissal, lo conseguiremos – digo cuando faltan 15 minutos para que tenga que estar en mi destino – esperemos a un taxi más. Si el siguiente no para, vamos en tu coche.

Estaba convencida de que lo conseguiría, por lo que al siguiente taxi, sin dudarlo demasiado di un paso al frente y levanté la mano decidida. No paró el primero, paro el siguiente que iba detrás.

– Nos vemos en unos días – me despido de Faissal y lo abrazo sincero.

Dentro de ese taxi, yendo en silencio escuchando muy alto a una voz masculina y grave recitando un mantra o rezo por la radio, me sentí la persona más a salvo del planeta, cuando viajaba en la noche marroquí con dos desconocidos que no hablan mi idioma, ahora ya sí sola, por primera vez en mi viaje. 

He parado un taxi imposible, he sido alojada y cuidada, y estoy yendo al centro a subirme a un coche que me llevará gratis a las montañas del Atlas, cuando el día anterior casi me había rendido, porque no había sido capaz de encontrar una forma segura de llegar. Estaba saliéndome todo bien y gratis por obra del poder que hay en las bolsas, lo sabía. Aún ahora tengo un nudo en la boca del estómago, por haber sido testigo de que la generosidad y empatía habita en todas partes donde exista un ser humano, aunque haya un empeño excesivo en hacernos creer lo contrario.

Por lo que sí, estoy ya camino a Aroumd, un pueblo bereber de las montañas del Alto Atlas, muy cerca del monte Toubkal, la cima más alta del norte de África. Quería llegar allí con mi bolsa extraña (que se había dividido en dos) y deshacerme entre la nieve de todo su contenido.

Bastó una publicación en Facebook e Instagram (de alguien que no acostumbra pedir nada) y sugerir que quien quisiese podía darme algo para entregar en su nombre en las montañas. 

No puedo describir toda la emoción vivida al hablar con cada una de vosotras (también vosotros Alberto y Marinero pero hablaré en femenino porque las muchas más, fueron ellas), cómplices en esta experiencia, la emoción de ir por las ciudades recogiendo paquetes envueltos, el apretarlos e intentar descifrar qué habría dentro, el preocuparme por si podría cargarlos todos, porque han sido muchos de mucha gente. Muchas manos que me han dado dinero, me han ayudado a envolver, se han desecho de cosas en sus casas o directamente han ido a comprar ropa, juguetes y material escolar para una gente que nunca van a ver, y que ni siquiera saben con seguridad si yo, esta guardiana de brazos débiles, podrá subirlo a esas montañas.

El que hayáis confiado a ciegas, el que hayáis reforzado una idea suicida, el que hayáis puesto dentro de cada paquete tantísimo amor envuelto, me ha dado la fuerza suficiente para creer en el viaje. Para creer… en mí. Viajáis conmigo, lo sabéis, en ese amor encapsulado en envoltorios de animales y colores, esas libretas que pesan y esa ropa de niños pequeños que conozco y a los que quiero. Me estáis ayudando en esta travesía. Me lo estáis poniendo fácil.

Solo Faissal en el país sabía lo que había dentro de las bolsas, pero algo intangible y poderoso hacía que todas las puertas se abriesen, que todas las miradas extrañas fuesen cómplices y que una especie de amor empático me despojase de cualquier cadena (geográfica, logística o económica).

Llegando a Aroumd me despido de Ángel, quien me dejó ir gratis en su coche, y encuentro en el camino a quien me ayuda a subir las bolsas al punto más alto de un pueblo a 2.100 metros de altitud.

Mientras trepamos por calles imposibles empiezo a notar la aspereza de ese lugar. Mi respiración se resiente por el esfuerzo mientras la gente se encierra en sus casas al verme pasar, me giran la cara en los saludos. Soy alguien muy diferente a ojos de un pueblo que sinceramente no sé qué piensan de mí, qué clase de turista creen que soy.

Por lo que me persigue la pregunta de ¿cómo haré para reunir a los niños del pueblo (si es que los hay) en un sitio en el que no les intereso en absoluto? Sabía que no sería fácil, pero esas bolsas habían sido llenadas para quedarse en el sitio al que me estoy dirigiendo. Para quedarse a 2.100 metros más cerca del cielo.

Y de nuevo, la respuesta: encuentro el colegio y a pesar de ser sábado, está lleno de niños. De nuevo, mi poder.

Casi sin recomponerme, casi sin descansar, no pierdo un segundo y hago el último esfuerzo. Encuentro a un cómplice, el único profesor que habla inglés dispuesto ayudarme.

– Ok Sara, buscaré y traeré aquí a los niños y niñas más desfavorecidos. Mientras puedes ir a comer con mis compañeros, ellos te guiarán.

Entro en el aula de informática (con dos ordenadores), me invitan a sentarme y me ofrecen una cuchara para compartir con todos dos tajines en una mesa enorme. Como en silencio entre ellos, podía casi oír sus pensamientos en otro idioma preguntándose qué hace allí alguien como yo, con tanto frío.

Me paralizan sus miradas. Soy tan extraña que me veo incapaz de sacar mi cámara y retratar ese momento, y eso, el no haber sido valiente de pedirles una foto que seguro que me hubiesen dado, es lo único de lo que me arrepiento en este viaje. Pero es muy pronto, no estaba mimetizada, no me había ganado su respeto, no les había demostrado que somos iguales piel con piel, por lo que todavía no era capaz de fotografiar nada de ese lugar.

El profesor viene a recogerme. Es hora de completar la misión que me trajo a este pueblo de Marruecos.

Nunca sentí tanto frío como cuando entré en ese aula. Muchos ojos pequeños me miraban horrorizados y otros muchos ojos mayores curiosos. Todos concentrados en mí, en mi forma de vestir, en la forma de llevar mal el pañuelo sobre mi cabeza.

Rompí el hielo. Convertí al profesor en cómplice e intérprete y entregué uno a uno los regalos, en medio de un silencio que me helaba el alma. Los niños, paralizados. Pareciesen estar esperando el momento en el que iba a pedirles algo a cambio. Pero no. Sus caras me imposibilitaban pedirles nada, ni una foto, y eso que sentía la presión de compartir ese momento con quienes me impulsaron en esta travesía.

Pero lo siento… no fui capaz.

No abrían los regalos. No sonreían. No parecía siquiera que estuviesen vivos. Y creyendo que podía ser demasiado incómodo para todos, quise marcharme.

– Espera Sara – dice la única voz que entiendo – ¿puedo hacerte una foto de recuerdo con ellos?

Algo se mueve dentro, aún ahora al recordar ese momento tan duro y maravilloso. Aunque no es la mejor foto, es una de las más difíciles que hice mi vida por lo que estoy increíblemente orgullosa de tenerla. Y enseñarla.

* Aunque parezca una profesora fantasma de tantos niños congelados.

Cuando se marcharon me entretuve recogiendo con los profesores. Al plegar las bolsas ya vacías me preguntaba e invocaba que por favor no malinterpretasen esos regalos, que no pensasen que son limosnas, que entendiesen que son dados desde el más profundo y sincero cariño y desarraigo por gente amable que no pide nada a cambio. Y me castigo al pensar que quizás no fui la mejor recadera de tan buenos propósitos.

Porque nada funciona nunca entre los niños… y yo.

Hasta que pongo el primer pie en la tierra del camino. Allí, en el mismo umbral de la puerta del colegio, yacían vacíos y silenciosos todos los envoltorios de colores.

Me emocioné al saber que sí eran unos regalos deseados, esos niños no pudieron esperar a llegar a casa para abrirlos, y que quizás fue la barrera de seriedad que habita entre los muros de esa escuela la frontera para que los niños volviesen a ser niños… de carne y hueso.

Seguí ese peculiar rastro de migas de pan hasta llegar a ellos, y me pareció tan hermoso que no pude tocar nada, no quise cambiar nada de ese lugar, de ese momento. Pudiéndolos recoger, dejé en el camino el rastro de una Navidad que no existe, el testigo de vuestra generosidad sobre en el suelo, el recuerdo de un poder que me abandona, la satisfacción de una misión que concluye.

Y fui feliz. Lo juro.

Los niños se acercaban pidiendo que les explicara cómo se usaba todo o incluso cómo sacar los juguetes de sus envoltorios de plástico. Juguetes que muchos de ellos relacionaba con mi propia infancia, esa que tuve tan feliz.

Me había guardado un último paquete sin envolver, unos 30 patitos de goma amarillos por si otros niños, los que el profesor no había considerado tan desfavorecidos, se acercaban pidiendo regalos. Y no sabiendo de dónde salían tantos niños en un pueblo tan pequeño, los patitos fueron saliendo uno a uno de mi mochila. 

En cuanto llego al hotel sucumbo a la nada. Aparece una tristeza extraña, un agotamiento inexplicable, un adormecimiento sutil. He perdido mi poder y con ello pareciese que también toda mi fuerza. Me siento vacía.

Me desinflo entre almohadas, me acurruco en una cama caliente en un pueblo congelado. Como mis emociones y sentidos. Ya no tengo ningún objetivo, no sé qué hago en ese país, y menos, en este lugar donde la nieve persiste en las sombras de cada camino, y la gente, cerrada y desconfiada, me hielan cada gota del torrente sanguíneo.

Así que duermo cuando es de día y me levanto cuando ya es de noche, cuando ya puedo conocer el cielo estrellado de las montañas del Atlas. Pero me siento enferma. No identifico qué me pasa, podría ser el frío o el cansancio,… o lo que siente alguien cuyo sistema inmune deja de luchar. Y me mediqué. A ciegas.

Quedé protegida en el hotel, me alimenté e intenté escribir y escudriñar qué estaba pasando en el fondo de mis entrañas. Intenté descifrar si era físico o emocional hasta que cerca de la medianoche encontré la respuesta: el problema estaba en la altitud de ese lugar, y en el sobreesfuerzo al trepar para completar mi misión.

Sonreí aliviada al entenderme. Me mecí sabiendo que mi aventura en el Atlas estaba a punto de acabar y que en cuanto amaneciese tendría que coger el primer coche hacia Marrakech. Mi cuerpo necesitaba mas oxígeno, mi alma mas calor.

Me voy, me rindo (no me importa hacerlo cuando es por bienestar egoísta) y me subo a un coche con los primeros rayos del sol, con todo el vacío en mis bolsas, con toda mi emoción contenida, con todo mi cuerpo herido. 

Sintiéndome decepcionada dejo caer bruscamente la mochila en el maletero, cuando escucho un ruido ahogado. Abro mis ojos mientras miro mi mochila inerte. Lo reconozco perfectamente, lo había escuchado miles de veces el día antes. Ese sonido se marcó en mi mente como banda sonora de todo lo ocurrido antes de sentirme débil y me recuerda que he vivido una de las experiencias más significativas de mi vida, aunque ahora me sienta sin fuerzas y derrotada. 

Si no estuviesen congeladas hubiesen brotado lágrimas de colores al escuchar el sonido de un patito de goma extraviado que decidió quedarse en algún punto de mi mochila, sin yo saberlo. Un patito que prefirió acompañarme en mi regreso, que decidió por mí que por qué no, que incluso alguien como yo se merece también un regalo.

Y me lo habéis dado vosotras: 

Juana Crugeiras, Raquel Horta, Sandra Bretal, Alberto Vilar , Alicia Horta, Yoli Blanco, Raquel Duque, Bea Calavia, Laura Doval, Tania García, Yoli González, Javi Marinero, Dolo Salnés, María Salnés, Pili Fandiño, Rebe Mella, Mari Lolo, María Martínez, Óscar Sieira

¡GRACIAS!

* por hacer que tenga tanto que contar.

SARA HORTA. Escrito en Santiago de Compostela el 18-01-20

Sobre experiencia en Aroumd el 28-12-19

(Pincha aquí para ver mis historias destacadas sobre este viaje en Instagram)

2 Comments

  1. pepito enero 20, 2020 at 1:13 pm

    Para que luego la gente no crea en Papá Klaus y resulta que sí existe, que no es un señor con barba blanca sino una jovencita morena de piel aceituna, que no va en un carro tirado por renos sino en un taxi y que no se cuela por las chimeneas a escondidas sino que va de frente y a plena luz del día y no se llama Klaus sino Sara. Qué grande eres!

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