Marrakech, Marruecos 04

Día 05: Marrakech

Consigo desvanecerme entre el calor de las sábanas en cuanto suena el despertador, muy temprano a las 4:30 am, todavía en Essaouira. 

* Y si alguna vez quise detener el tiempo, fue ahí, en esa cama.

Recojo mis cosas que son pocas, guardo mis dos souvenirs preciosos y empieza mi camino a casa, que esta vez, por suerte, será lento.

Saad y yo volvemos concentrados en el camino de vuelta, viendo fantasmas, soñando con que no amanezca nunca… en silencio. No sé si por ser tan temprano o por intentar callar demasiadas cosas.

Llegamos a Hay Targa cuando todo aún duerme y me siento la peor huésped del mundo, al no haber avisado a Faissal de que regresaba a su casa. Él me recibe recién levantado haciéndome sentir que todo está bien, que debiera ser así, me permite ser gato y volver en libertad. Sin explicaciones.

El resto del día lo paso en una rutina tranquila. Desayuno en familia, voy a la Medina en coche y después en moto. Me acomodo y convivo en esa tienda con la música alta (música que pude haber escuchado en directo, pero esa… es otra historia), compro fulares para todo el mundo y hago Skypes con mi familia quien se peina y arregla para hablar con Faissal sin dirigirse palabra.

Pero noto que entre él y yo hay algo que cambia. Una mirada diferente. No es mejor, ni peor. Es otra. O quizás quien ya sea otra soy yo, en ese país.

– ¿Recuerdas la dirección de mi casa? – me dice en algún momento – Ojalá un día vuelvas y aparezcas por sorpresa.

Pero durante el día el segundero me asfixia por necesidad de visitar la Plaza Jemaa el-Fna. La plaza es el centro de la Medina donde se concentran todos quienes son como yo en un lugar tan turístico como auténtico. La pasé a prisa, la visité con Ángel desde una terraza, pero aún así mi subconsciente me castiga al sentir que sin haber vivido esa plaza (como a mí me gusta vivir las cosas), es como no haber estado en Marrakech. 

Pero tampoco me arrepiento, porque he vivido otra vida. He conseguido ganarme la confianza de Faissal y ya soy quien de moverme sola en cualquier autobús en la noche, lugar donde tuve que sacar de entre la gente alguna de mis espinas.

Nos vamos a cenar en el coche 6 personas (se une Fouzia, madre de Saad y Hajar), no estoy del todo cómoda. Hay la tensión de una posible discusión en la familia, pero por supuesto no iba a preguntar qué había pasado. Solo espero y deseo que no haya sido por mi culpa. Me concentro en empezar a descifrar quién seré de nuevo en cuanto todo esto asiente dentro.

La cena a las afueras (muy lejos) deliciosa. Me embobo mirando al bebé Ali, el único ajeno a esa posible discusión y a mi desbordante melancolía. En el viaje de vuelta lo cargo sobre mi regazo porque creo que ya entiendo el lugar que ocupo en ese coche, en esa familia.

No regresamos por el mismo lugar. Saco el mapa y veo que estamos yendo dirección a la Medina… pero nunca nos habíamos acercado tanto en coche.

Empiezo a hacerme una ligera idea de a dónde vamos. Me olvidé en su tienda unos pocos dátiles y té de menta que compré en el mercado, algo que no me importaba dejar allí. Pero Faissal, dándose cuenta y sin hablarlo conmigo estaba a punto de atravesar la Medina por donde no pueden ir los coches para recuperar mi pequeño tesoro.

No suelen ir los coches que no saben, pero él sí. Él había sido criado allí, vivido su soltería y montado su negocio en el centro del centro del centro. Por lo que entramos con la misma confianza con la que me guió por todas las calles estrechas de las diferentes zonas de la Medina, de la misma forma que me descubría restaurantes secretos y azoteas preciosas… Como la de su taller, donde me dejó subir sola esa tarde para apreciar lo que tenía frente a mi: una vista de 360º de Marrakech.

En lo alto, viendo las montañas del Atlas estando tan lejos pude despedirme de esa brisa, escapando del ruido estando en el mismísimo caos.

Recordando todo lo que había pasado entre la nieve.

Esas montañas fueron testigo y mi piel se dejó besar por un diciembre en el desierto, cuando una flecha atravesó a esta turista embobada y romántica a la que ya no le importa dejar caer la sangre de un corazón agujereado.

En el coche en la noche, en cuanto veo a Faissal aparecer de entre las sombras con todas mis bolsas, siento que nunca podré agradecer todo lo que está haciendo por mí. Porque aunque no le di más que problemas, trabajo y gasto, me cuida como un hermano mayor que nunca tuve.

Abrazo fuerte a su bebé grande, cuidar a quien más quiere es lo mínimo que puedo hacer por él. E igual gracias a esa reciprocidad empecé a querer un poco a un pequeño ser humano. Algo que no es fácil.

Abracé más fuerte a ese niño bueno, despistado, soñador. Un ángel. Un bebé que me observa y no llora, porque quizás es el primero que ve más allá de mi piel y huesos.

Mientras atravesamos la Medina siento que me despido de todo, de todas las vidas a las que jugué vivir en solo 5 días… hasta que desembocamos en la Plaza Jemaa el-Fna.

Sí, esa plaza que creí no vivir lo suficiente la estoy cruzando en un coche que simula a mis ojos el más lujoso carruaje de oro, con todas mis bolsas, escoltada por dos hadas madrinas, mujeres fuertes que me aprisionan los hombros; con un amuleto sobre mi regazo y con el capitán que lo dirige todo en ese país.

Ni Faissal, el único que descifraría mis palabras, podría entender el por qué esta agradecida española, agotada, que trasnocha y trepa montañas estaba a punto de llorar, simplemente por viajar en coche.

Por lo que me tragué todas las lágrimas, hasta que Haja Fatima (su madre) me agarró una mano. Tuve que apretar a Ali fuerte contra mí mientras agarro firme y con cariño la de ella, sin mirarla. 

Si giraba mi cabeza posiblemente lloraría, porque ella fue la única persona capaz de conseguirlo en ese país. 

Pero en esa cultura no está permitido llorar, por lo que durante unos minutos ella y yo fuimos las mujeres más fuertes del planeta agarrándonos la mano, reprimiendo todo lo que quería salir. Solo entre ambas sabíamos que nos estábamos diciendo te quiero en esa despedida.

* Y desde aquí te abrazo todavía.

Sí, Haja, sueño con aparecer un día y timbrarte por sorpresa. Sé que cocinarás para mí, que Faissal me sonreirá sin hablar demasiado y que Hajar querrá hacerlo pero no sabrá. O sí. Ali ya gateará, caminará o hablará (según lo que tarde en volver) y aunque no se acordará de mí, le enseñaré nuestras fotos siendo bebé y le diré que lo quise durante una noche. Que él y su familia tendrán siempre una casa en Compostela o donde sea que la vida me lleve.

Quiero (necesito) volver a África. Aunque me agites y vomites, volveré a ti siempre. A disfrazarme, a desvestirme, a ser tránsfuga y a sucumbirte. 

En esa África que me enseña a decir te quiero en cada despedida. 

Y me despedí de quién fui allí: mi yo enfermo y recuperado, mi yo desconfiado pero que desafía, mi yo explorador y enamorado. Agradecido, emocionado. Mi yo de África

Mi yo real

O mi yo equivocado

Porque esto es África, la carnal y sangrienta África. 

* Donde todo puede ser real y mentira al mismo tiempo.

Shukran Marruecos

شكرا جزيلا بلدي التاني المغرب

SARA HORTA. Escrito en Santiago de Compostela el 30-01-20

Sobre experiencia en Essaouira el 30-12-19

1 Comment

  1. pepito enero 31, 2020 at 3:29 pm

    Sin comentarios… me gusta tanto leerte que hasta me quedo triste cuando te despides.

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