Kumugima, Indonesia 03

Día 03: Kumugima

Se acabó la tontería.

Empieza el juego.

Bob me recoge muy temprano en la furgoneta a la que entro veloz como quien no puede salir de una incubadora. Me refugio de nuevo en cristales tintados mientras hacemos los últimos recados antes de partir.

También debemos aprovisionarnos de víveres para 3 días y para ello el lugar apropiado el mercado. Sabía que todo lo que me imponía de Wamena estaba allí, al sol y sombra de todas esas calles.

Pero quiero dejar atrás la tontería, así que respiro fuerte y abro la puerta. Rompo de un golpe la urna de cristal decidia a no volver a ser esa que se esconde. Nunca más.

A ojos de todos emerjo del infra mundo como un monstruo mitológico. Todas las miradas recorren mi cuerpo de extranjera, como si me hubiese equivocado de parada, como si me hubiese perdido en mi destino.

Pero no.

Piso fuerte al bajar, guardo la cámara de fotos y cojo el saco vacío dispuesta, ya sí, a ayudar a Bob con las compras.

Al acabar la furgoneta nos deja tirados en un cruce de caminos (a nosotros dos y a todos nuestros bártulos), hasta que aparecen cuatro personas que nos ayudan a cargar las cosas.

Al empezar me piden que me quite las botas porque la primera parte del camino está enlodado. Y una vez pasado lo peor, ya puedo calzarme. Pero sería la única que lo hiciese, los demás (incluído Bob) irán descalzos. Y yo no quiero ser diferente.

Aunque nadie sabe lo importante que es para mí no hacerme ningún corte en los viajes (y menos en esta zona tan remota del planeta), corro el riesgo por esa primera impresión. Y no hablo de ropa bonita y maquillaje, hablo de que no quiero ser la única que llegue calzada a Kumugima, el poblado donde viviré los próximos tres días con una familia de la tribu de los Dani.

A medida que nos acercamos tomo conciencia del riesgo. Riesgo a no ser bienvenida, a que Bob me lleve a shows impostados. Miedo a los insectos, a qué comeré y cuáles serán las condiciones de higiene.

Pero a cambio puedo mitigar este brillo occidental, alejar el ruído del mundo, ver el cielo sur estrellado, escuchar alguna historia y conocer un poco más a esta tribu de las montañas.

En cuanto llegamos, antes de ir a conocer a los demás, nos instalamos. Nos dejan una honai para Bob y para mí. Dentro montamos nuestra tienda (sí, dormiremos juntos en una tienda de campaña y sé que esta puntualización sólo tiene todo el sentido, por la empatía, para las mujeres).

Cuando me siento preparada, me dirijo a la cocina, la honai más de grande en cada poblado, donde se hace vida social.

Entro agazapada.

La-uk, neru la-uk – digo nada más poner un pie en el interior que está lleno de humo

Entro discreta, silenciosa, no demandando aceptación, confiando que con tres días por delante pueda conseguirla.

Voy conociendo los roles y los nombres. Salomina, quien quiso cargar mis zapatos en el viaje al poblado, es la mujer del jefe Paul. Ella tiene 16, él 35 y aunque está aceptada la poligamia, Paul no tiene pensado volver a casarse.

Paul estuvo 2 años viviendo en casa de Bob en la capital mientras estudiaba agricultura, sí en la universidad. El abuelo, el Gran jefe de varios poblados es animista y al parecer tiene un fuerte poder sobrenatural a la hora de conectar con los muertos. Antonius (jefe del poblado de al lado) le trajo a Bob un cerdo, como promesa.

Tengo ya mil ciento diez picaduras de quien sabe qué. Mi ducha diaria se reduce a mojarme con un cubo en un salto de agua (sin demasiada privacidad) y el baño es hogar de incontables especies de arañas. También tuve que endurecer el corazón para no apartar la mirada (por no ser irrespetuosa) cuando mataban con flecha y arco a un cerdo bebé, el cual no moría al primer impacto.

Tuve que comerlo, tuve que ofrecer cigarrillos como regalo, sabiendo que con ellos ayudaba a enfermarlos. Viviré tres días decalza envitando pisar mierda de cerdo, o lo más importante, hacerme ninguna herida.

Pero, como se decía en esa película maravillosa, si fuera fácil no sería divertido. Así que vine a este poblado remoto a recibir una descarga eléctrica, un respirar muy fuerte, a ponerlo todo patas para arriba.

Vine a sentir que estoy viva en vida.

Escrito en Ampana el 13-05-2019

Sobre experiencia en Kumugima el 8 -05-2019

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1 Comment

  1. peep jordan mayo 15, 2019 at 8:22 am

    Tengo miedito, Sara. Arañas, barro, gente que habla con los muertos… ¿no podías ir a Cancún como todo el mundo?

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