Uluwatu, Indonesia 11

Días 17, 18 y 19: Uluwatu

Y este será el post menos interesante de mi viaje, pero necesito concluir esta historia. Porque aquí y durante dos días disfruté, cambié lo intenso por lo fácil.

Y aunque tiempo después sigo sin sacar una conclusión, sé seguro que hice lo que tenía que hacer y también todo lo que no tenía que hacer… quizás el vivir suponga cometer errores, y en este caso me enorgullece decir que los míos fueron por vivir de más que por vivir de menos.

Esto es lo que significó Uluwatu para mí.

Aquí llego cargada de melancolía. Me mata. En estas tres semanas no fui quién de derramar una sola lágrima, y no por falta de emoción, sino por una contención involuntaria. Tampoco sentí que ocurriese la magia al décimo día. No llegué a sentir ese punto de inflexión que siento cuando ya conquisto un país.

Quizás fue esa itinerancia al querer conocer tres culturas diferentes y alejadas lo que me hizo sentir que no formaba parte de ninguna; o quizás porque Indonesia es tan amable que ya formé parte de ella desde que puse el primer pie en este país; o quizás por sentir dolor en las alas, por heridas al querer volar alto y arriesgar.

Pero ahora, subida al avión que me llevará de vuelta a Bali, tengo que decidir cómo pasar mis últimos días. Decisión de si ir antes o después, de dónde dormir, de si confiar. Decidir por una vez en mi vida disfrutar y ser despreocupada.

Y creo que este viaje me enseñó que no soy capaz… aunque sí estuve muy cerca.

Finalmente decido ir a Uluwatu a hacer vida de surfista sin subirme a una tabla, a dormir en una casa sin pagar, a hablar de recuerdos de cuatro años atrás, a aprender con mucho tiempo y distancia sobre quien no fui capaz de descifrar, a recuperar el tiempo, a quitarme espinas, a arreglar mis fallos, a curar heridas en una brisa salada dentro de una Indonesia que no siento más como Indonesia.

Y necesité resguardarme en banalidades y mendigar duchas antes de llegar, porque me voy a Uluwatu sin saber qué me espera allí. No leí nada sobre Bali, en principio solo significaba para mí una sala de espera para salir de esta realidad.

Encontré mucho más.

Me sorprende al llegar. Tuve que adaptarme a lo fácil, que por el choque, me parecía difícil. Pero me acostumbré rápido gracias a un recuerdo que se vuelve real mientras conozco (sin pretenderlo) a la cuarta tribu de este viaje: los surfistas de Bali.

Motos, motos, tablas de surf, playas con olas, playas sin olas, playas con monos, piscinas, cervezas, protectores solares y nasi goreng. El mar, omnipresente. Olas, sol, gente guapísima, pelo quemado del sol, parafina. Surfistas que toman el sol y miden el viento, que ven atardeceres sobre piscinas infinitas. Fiestas salvajes en Single Fin que acaban a la una de la madrugada, hacer botellón en un supermercado y en otro acabar bailando en la calle cuando todo cierra. Olas siempre, incluso proyectadas en cualquier lugar que se aleje de la arena y la salitre. 

También ser consciente de cómo aquí el único problema que existe es el de si al día siguiente habrá o no habrá olas, problemas modernos de gente descubierta que cruzan océanos para imponer su cultura urbana por encima de todo y todos quienes en algún momento existieron aquí antes de que Uluwatu fuese Uluwatu.

Pero veo también que los indonesios les hacen sitio, aceptándolos, no sabiendo si es porque generan ingresos o porque igual prefieren crear y alimentar este microcosmos en una zona acotada, protegiendo así otros muchos Uluwatus que seguro habrá en esta zona de Indonesia.

También aquí, por fin, encontré a un alma gemela. Me doy cuenta de que en todos los viajes que hice sola, en TODOS, encontré a una y siempre mujer. Siempre viaja también sola.

La encontré sin buscarla en una cala escondida cuando me estaba forzando una pausa mientras intentaba coger aire. Me senté a su lado a la mínima palabra (como habían hecho antes conmigo) y tomé con ella mi primera cerveza, aflojando músculo, en la playa de Uluwatu. 

Compartí cuarto sin que cerrasen las puertas, me dejé llevar en moto piel con piel, conocí templos, intercambié cosas, lo pagué todo, comí carne, bebí alcohol, nadé en piscinas por la noche y bailé… por fin quise bailar en la noche en Indonesia. 

*Y nos dejamos llevar… como si fuésemos animales, en un incontrolable deseo de no perder más el tiempo.

Matando saudades.

Antes de decir adiós al volver. 

(Siempre ese dolor…)

Pero pasó el tiempo y sigo descompuesta, incluso mi cara es otra. Sé que este viaje que había programado como “fácil” me rompió todos los esquemas por dentro, metió sus garras y apretó clavándome las uñas en todo lo que todavía no está muerto.

Pero no me hirió. 

Quizás solo estrangulaste un poco, Indonesia, pero en cuanto soltaste (y siempre lo haces) tomo más aire que nunca, más fuerza que antes, más decisión siempre.

Así que te agradeceré que me lo hayas puesto difícil, que me hayas dado un dulce para el final, que me hayas dejado demostrar que puedo contigo, a pesar del idioma, del clima, la religión o la cultura: me sustento, me sostengo y sobrevivo por mi misma.

Y esa es quizás la droga más dura, pero aunque pasen sus efectos y la velocidad del planeta me haga entrar de nuevo en la rueda, haré esfuerzos por recordarme que sí puedo. Que sí sé. Que sí lo aguanto todo.

Que tengo una intuición y empatía que rompe fronteras, que soy capaz de entender y que me entiendan, que genero lazos, que tomo tierra y vuelo, y eso… si lo hago a miles de kilómetros estando sola dañada y dolida, ¿qué puedo llegar a hacer en la vida real con tanta gente que me impulsa y me quiere? ¿qué puedo llegar a conseguir?

Pues quizás lo que algún día esté dispuesta a decidir.

Pasé de ser la del pelo lacio en Papúa a la del pelo rizo en Indonesia. Pasé de ser la Sara que se encierra y se protege a la que salta con fe (y miedo). La Sara que al final se deja cuidar y la que se sacude toda duda de que es imposible que todo lo ocurrido aquí, no fuese obra del destino. Aquí vine a aprender cómo levantarme tras tropezar con las piedras yendo descalza y descubierta. La Sara que vuelve siempre a su realidad vertiginosa… siendo más mujer.

E igual tuve que venir tan lejos para aprender lo que es la vulnerabilidad y la inconsciencia.

Pero me recompondré Indonesia, ya verás. Lo sé porque me ayudaste a vestir mi piel y cambiaste mi mirada al ser observada por ojos negros en las montañas, azules en las islas y castaños en el interior.

Y solo yo sé lo poderosa que puedo llegar a ser cuando llevo puestos mis ojos verdes de verano.

Terima kasih Indonesia

Escrito en Santiago de Compostela el 16-06-19

Sobre experiencia en Uluwatu el 22, 23 y 24-05-19

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1 Comment

  1. pepito junio 18, 2019 at 12:18 pm

    Mi droga es este blog… estoy enganchado a tus ojos verdes y los pelos lacios o rizados, pies que pisan arena o caca y esa comedura de tarro infinita que me parto contigo jajaja besooooos

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